¿CAMINO HACIA EL INTEGRISMO?
El pontificado de Benedicto XVI está derivando
peligrosamente del conservadurismo al integrismo. Las
constantes concesiones que hace a los movimientos
tradicionalistas anclados en Trento y contrarios al
Concilio Vaticano II lo ponen de manifiesto. Más que de
una estrategia de diálogo y acercamiento a ellos para
atraerlos de nuevo a la Iglesia católica, el papa está
dando muestras inequívocas de que comparte con ellos su
concepción preconciliar del catolicismo y de que
pretende legitimarlos teológicamente sin contrapartidas.
Y para ello está dispuesto a revisar y corregir el
Concilio Vaticano II, del que él mismo fue asesor
teológico.
Dos documentos recientes vienen a demostrarlo. Uno es el
motu proprio que autoriza la vuelta a la misa en
latín conforme al rito del Misal Romano promulgado por
San Pío V en 1570, después del concilio de Trento, en
respuesta, según palabras del papa, a las “deformaciones
de la liturgia, en el límite de lo soportable”. Esta
medida ha sido acogida con satisfacción por la
Fraternidad San Pío X –creada por monseñor Lefebvre-,
cuyo secretario general la considera “un avance capital
en la restauración de la Tradición”.
Yo creo que la vuelta al latín en la liturgia católica está
en clara contradicción con el concilio Vaticano II,
partidario de revisar todos los ritos íntegramente, si
fuere necesario, para que recobren nuevo vigor, y de
reformar la liturgia conforme a las circunstancias y a
las necesidades de nuestro tiempo. Yo me pregunto:
¿volverán los seguidores de Lefebvre a introducir en
ritual tridentino la oración “por los pérfidos judíos”,
que aboliera Juan XXIII?
Entre las cuestiones teológicas que, según la Fraternidad
de San Pío X, deben ser abordadas en el diálogo con
Benedicto XVI como condición necesaria para su
acercamiento a Roma se encuentran la libertad religiosa
y el ecumenismo. Y, por supuesto, el Concilio Vaticano
II, que es, a juicio de los lefebvrianos, una de las
causas fundamentales de la grave crisis de la Iglesia
Católica, reconocida por el cardenal Ratzinger en
múltiples ocasiones
Pues bien, para contentar a los tradicionales, el
ecumenismo y el Vaticano II han sido objeto de revisión
en el documento de la Congregación para la Doctrina de
la Fe en torno a Ciertos aspectos de la doctrina
sobre la Iglesia, que acaba de hacerse público con
la aprobación del papa.
Siguiendo la lógica excluyente de la declaración Dominus
Iesus, de la misma Congregación, cuando era su
presidente el actual Pontífice, y recurriendo al
esquemático género literario del catecismo
(preguntas-respuestas), intenta demostrar que el
Concilio Vaticano II no supuso cambio alguno en la
doctrina sobre la Iglesia y que la Iglesia Católica es
la verdadera y única Iglesia de Cristo, con exclusión
expresa de las Iglesias orientales, porque no reconocen
la autoridad del “Obispo de Roma y Sucesor de Pedro”, y
de las Comunidades cristianas nacidas de la Reforma, a
quienes ni siquiera reconoce como “Iglesias” porque no
tienen la sucesión apostólica mediante el sacramento del
Orden.
Tales respuestas desnaturalizan el espíritu inclusivo del
Concilio, falsean objetivamente su letra y se sitúan en
las antípodas de la actitud dialogante de Juan XXIII y
Pablo VI. Con una actitud tan excluyente como la de la
declaración se rompen todos los puentes de comunicación
del catolicismo con las demás iglesias cristianas y se
hace imposible, en la práctica, el diálogo ecuménico -ya
de por sí muy deteriorado-. Lo que resulta más
preocupante si cabe, ya que dicho diálogo era una de las
prioridades del pontificado de Benedicto XVI.
La conclusión de esta secuencia de actuaciones no puede ser
más desesperanzadora, pues, como afirma Raimon Panikkar,
“sin diálogo, el ser humano se asfixia y las religiones
se anquilosan”, y, añado yo, los creyentes pueden
revivir el viejo espíritu de las guerras de religiones.
Además, el Concilio está por encima de cualquier instancia
autoritativa en la Iglesia y, por supuesto, sobre la
interpretación distorsionada que pueda ofrecer una
Congregación, en este caso la de la Doctrina de la Fe.
Más aún si se trata de un Concilio Ecuménico como el
Vaticano II, el más numeroso de toda la historia, que
reunió a todos los obispos del mundo, contó con la
presencia de observadores de todas las iglesias
cristianas y aprobó una serie de documentos de obligado
cumplimiento para todos los católicos, empezando por el
papa, el primero en desarrollarlo y aplicarlo.
Creo que existe un amplio consenso entre los teólogos, las
teólogas y los obispos en que el Concilio Vaticano II
cambió, sustancialmente, la doctrina anterior sobre la
Iglesia. Ésta no se considera como sociedad perfecta,
jerárquica y desigual por voluntad divina (así la
definieron los papas León XIII y Pío X, entre otros). Se
autocomprende, más bien, como misterio, pueblo de Dios y
comunidad de creyentes, en la que todos los cristianos,
del papa a los creyentes de a pie, son iguales por el
bautismo.
Se ponían así las bases para la democratización de la
institución eclesiástica, que hasta entonces se
estructuraba al modo estamental a través de la oposición
clérigos-laicos, jerarquía-pueblo, Iglesia
discente-Iglesia docente, más propia del Medioevo que de
la modernidad.
El cardenal Suenens, uno de los padres conciliares que más
impulsaron la reforma, calificó el Concilio de
“revolución copernicana”. Para el cardenal Montini,
luego Pablo VI, el Vaticano II fue un concilio “de
reformas positivas, más que de castigos, de
exhortaciones más que de anatemas”.
Para ello hubo que vencer las resistencias de los
contrarreformistas de la Curia y de no pocos obispos
tridentinos. Quizás estuviera pensando en ellos Juan
XXIII cuando en el discurso de apertura del Concilio
afirmaba: “Inflamados del celo religioso, carecen de
rectitud de juicio y de pondera-ción en su modo de ver
las cosas. En la situación actual de la sociedad sólo
ven ruinas y desastres. Andan diciendo que nuestra
época, comparada con las anteriores, es mucho peor, se
comportan como si la historia, que es maestra de la
vida, no tuviera nada que enseñarles”.
Anticipándose en varias décadas al actual clima de diálogo
interreligioso e intercultural, el Vaticano II optó
por el diálogo multilateral: diálogo con la
historia, tras siglos de haber vivido de espaldas a
ella; diálogo en el interior de la propia comunidad
católica, amenazada de incomunicación; con las iglesias
cristianas, a quienes reconoce como hermanas en la
diferencia y dentro del respeto al pluralismo; con la
cultura moderna y en concreto con el ateísmo, a quien
considera interlocutor necesario; con las religiones no
cristianas, que valora como caminos de salvación.
Las concesiones litúrgicas de Benedicto XVI a los
tradicionalistas, la interpretación preconciliar del
Concilio Vaticano II y la minusvaloración de las otras
confesiones cristianas colocan a la Iglesia católica en
la senda del integrismo y la hacen perder credibilidad.
El precio a pagar por ello es el aislamiento y el
alejamiento de la sociedad.
Juan José Tamayo
El
País, 14 de julio de 2007
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