LA IGLESIA, SACRAMENTO DE SALVACIÓN
Capítulo 1
Una
nueva forma de entender la Iglesia
El concilio Vaticano II dijo, repetidas veces, que la
Iglesia es “sacramento universal de salvación” (LG 1, 2; 48,
2; 59, 1; GS 45, 1; AG 1, 1; 5, 1).
Esta designación conciliar de la Iglesia como sacramento fue
una novedad en la doctrina de Magisterio eclesiástico. En
las enseñanzas oficiales, anteriores al Concilio, jamás se
había dicho que la Iglesia es “sacramento”.
Esta idea se venía utilizando, por algunos teólogos
centroeuropeos, en los años que siguieron a la segunda
guerra mundial. Seguramente el más destacado a este respecto
fue O. Semmelroth, cuyas enseñanzas sobre este asunto fueron
decisivas en el Vaticano II. Y también autores de la talla
de K. Rahner, E. Schillebeeckx, H. De Lubac, E. Mersch,
entre otros.
Como es lógico, si estos autores fueron los promotores de
esta forma de comprender a la Iglesia, eso quiere decir que,
al hablar de la Iglesia como sacramento, estamos ante una de
las ideas renovadores (provenientes de Centroeuropa), que
asumió el Vaticano II, frente a las ideas conservadoras, que
tenían sus más eficaces defensores en los teólogos de la
Curia Romana.
¿En qué estuvo aquí la novedad o, mejor dicho, la
innovación? Como es bien sabido, los teólogos de la Curia
Romana habían preparado, antes del Concilio, un “Esquema”
sobre la Iglesia en el que ésta era presentada como
“sociedad perfecta”. La preocupación fundamental que se
expresaba en el “Esquema” de la Curia se centraba en afirmar
la autoridad de la Iglesia y el significado de salvación
que tiene el aparato institucional de la misma.
Dicho de otra forma, lo que se pretendía era presentar a la
Iglesia como una institución que tiene dos características
determinantes: lo autoritativo y lo jurídico. De ahí que los
seres humanos (según esta idea) podemos alcanzar la
salvación en la medida en que nos sometemos al ordenamiento
jurídico de la autoridad eclesiástica romana.
Esto es lo que los teólogos de la Curia Vaticana pretendían
conseguir del Concilio. Ahora bien, esta manera de entender
a la Iglesia fue rechazada por el Vaticano II, ya que no se
aceptó el “Esquema” de los teólogos de la Curia.
Y (lo que es más importante), en lugar de dicho “Esquema”,
el Concilio aprobó la propuesta de los teólogos
centroeuropeos, concretamente de los obispos alemanes, que
presentaron a la Iglesia como “sacramento de salvación”.
Como es lógico, si la idea de la Iglesia como sacramento fue
la alternativa a la idea de la Iglesia como sociedad
autoritaria y jurídica, eso quiere decir que la nueva forma
de entender la Iglesia, tal como la presentó el Vaticano II,
no va por el camino que lleva al poder autoritario, sino que
presenta a la Iglesia desde otro punto de vista. Se trata de
la Iglesia que se ha de entender, no desde lo jurídico, sino
a partir de lo sacramental. Pero, ¿qué nos viene a decir
esto?
El “ser” y el “hacer” de la Iglesia
Para comprender correctamente lo que representa y lleva
consigo la afirmación de la Iglesia como sacramento, lo
primero que se debe tener presente es lo que ya indicó el
gran especialista en esta materia, O. Semmelroth. Al decir
que la Iglesia es “sacramento de salvación”, el
concilio Vaticano II no pretendió ofrecer una definición de
la esencia de la Iglesia, sino más bien indicar cómo debe
ser su modo de actuar.
Es decir, lo que está en juego, en esta afirmación
conciliar, no es tanto lo que la Iglesia es en sí, sino el
modo de su actuación en este mundo. Sin olvidar que esto, en
última instancia, afecta y determina lo que es la esencia
misma de la Iglesia. O sea, el “ser” se comprende aquí a
partir del “actuar”.
La Iglesia es lo que tiene que ser cuando actúa como tiene
que actuar para que los humanos encuentren salvación y
solución para sus vidas. Lo cual quiere decir que, a partir
de la comprensión de la Iglesia como sacramento, no cabe
decir que la Iglesia tiene un ser predeterminado
ontológicamente, que siempre ha sido, es y será el mismo.
Una Iglesia que actúa de forma que en ella los hombres no
encuentran solución a sus problemas últimos y definitivos,
no encuentran solución a sus preguntas más determinantes, y
no ven en ella esperanza alguna, esa Iglesia no es que actúe
mal, sino que no es ya la Iglesia que Dios quiere, es decir,
la Iglesia que tiene su origen en Jesús y que prolonga en el
tiempo y en la historia la presencia de Jesús en el mundo.
Dicho más claramente, la Iglesia deja de ser la Iglesia
cuando actúa en esta vida de manera que en ella la gente ya
no ve un signo de esperanza y de futuro, la esperanza y el
futuro que se refiere a esta vida, pero que también
trasciende esta vida y es capaz de dar un sentido pleno a la
vida de las personas.
No existe, por tanto, una esencia permanente e inmutable de
la Iglesia. Porque la historia de los hombres no es
inmutable, sino cambiante. De ahí que la Iglesia, por más
que tenga el deber de conservar un pasado y una tradición
que le ha sido dada, nunca puede olvidar que su ser está
siempre orientado a un fin que históricamente cambia, se
modifica, sufre profundas transformaciones y, por tanto,
exige modificaciones y las debidas adaptaciones.
Cuando el papa Juan XXIII habló en el Concilio del necesario
aggiornamento de la Iglesia, se refería a una
cuestión en la que estaba, y sigue estando, en juego el ser
o no ser de la Iglesia.
Porque una Iglesia que se queda trasnochada y que resulta
anacrónica y, por eso mismo, inadaptada a la cultura y a la
capacidad de comprensión de los hombres y mujeres de cada
tiempo y de cada cultura, por eso también deja de ser la
Iglesia que Dios quiere y pierde su razón de ser, por más
que visiblemente y ante determinados sectores de la
población continúe teniendo plausibilidad y hasta éxitos más
o menos engañosos y, en todo caso, efímeros.
He aquí la consecuencia inevitable, y al mismo tiempo
altamente esperanzadora y exigente, de la comprensión de la
Iglesia como sacramento.
José M. Castillo
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