Cardenal Martini:
un concilio sobre el divorcio
Tiene la cara más delgada,
pero sus ojos, intensamente azules, la iluminan ahora mucho
más. Me mira fijamente, como para reconocerme. Hace muchos
años que no nos vemos, aunque sí nos hemos escuchado y hemos
podido intercambiar a distancia sentimientos y reflexiones.
Han pasado trece años
desde aquel debate “La paz y el nombre de Dios”. El
subtítulo era: “qué puede unir hoy a católicos y laicos”.
Él planteó una premisa (formular premisas es una costumbre
muy suya, con idea de delimitar mejor el tema). Dijo:
“No estoy aquí para
hacer proselitismo, por tanto no hablaremos de fe ni de
teologías, sino de ética y de convicciones”.
En cuanto comenzó la
discusión nos dimos cuenta de que estábamos de acuerdo en
todo, su ética era también la mía, sólo que él la recibía
desde lo alto y yo desde la autonomía de mi conciencia. Los
dos nos planteábamos el problema del enfrentamiento entre el
sentimiento religioso y la modernidad laica y relativista.
Desde entonces, la figura
del arzobispo de Milán ha sido para mí un punto de
referencia y he seguido su labor pastoral directa con los
creyentes y su diálogo constante con los no creyentes.
He leído sus libros y, en
particular, las Conversaciones nocturnas en Jerusalén.
Y ahora el que acaba de salir, Estamos todos en la
misma barca, un largo diálogo con Luigi Verzè,
fundador del Hospital de San Rafael de Milán y de la
universidad que lleva ese mismo nombre.
Este binomio Martini-Verzè
ha extrañado a muchos amigos del cardenal. El fundador de
San Rafael es un personaje de notable iniciativa, pero tiene
muy poco en común con Martini. ¿Por qué le ha elegido a él
como interlocutor? El cardenal responde de este modo:
“Don Luigi y yo somos
muy diferentes, tanto en carácter como en formación;
nuestras biografías son muy distintas y también lo son
nuestras visiones políticas y sociales. Lo que no sé es si
don Luigi y yo tenemos las mismas soluciones frente a unos
desafíos que cada vez son más difíciles. Pero estamos juntos
en la misma barca, la barca de la Iglesia, a pesar de todas
nuestras diferencias. Nos une un gran amor a la Iglesia, una
ardiente pasión por Jesucristo como Verbo encarnado, y el
deseo de que la Iglesia afronte y comprenda la sociedad
moderna”.
La explicación es clara,
las diferencias entre los dos se notan en el libro, pero hay
un objetivo común: llamar la atención de los católicos sobre
problemas que ya no pueden postergarse por más tiempo. Le
pido a Martini que enumere estos problemas, por orden de
importancia.
“El primero, la actitud
de la Iglesia frente a los divorciados, después la elección
de los obispos, el celibato de los religiosos, el papel de
los laicos y las relaciones entre la jerarquía eclesiástica
y la política. ¿Le parecen problemas de fácil solución?
¿Podrían interesar también a un laico no creyente como
usted?”.
El cardenal, antes de
recibirme, venía de reunirse con una cincuentena de
sacerdotes llegados de los alrededores de Milán. Querían
escuchar sus palabras de fe y de esperanza en medio de una
sociedad cada vez menos cristiana y cada vez más
indiferente. ¿Indiferente respecto a qué? le pregunto.
“Ya no hay una visión
única del bien. La tendencia dominante consiste en defender
el interés particular y el del propio grupo. Quizá pensamos
que somos buenos cristianos porque alguna vez vamos a misa o
dejamos que nuestros hijos se acerquen a los sacramentos.
Pero el cristianismo no es eso, no es solamente eso. Los
sacramentos son importantes cuando son la culminación de una
vida cristiana. La fe es importante si avanza junto a la
caridad. Sin la caridad la fe se vuelve ciega. Sin la
caridad no hay esperanza y no hay justicia”.
Usted, cardenal Martini,
ha subrayado muchas veces la importancia de la caridad, pero
quizá haga falta definir con exactitud lo que usted entiende
por esta palabra. No creo que se limite a hacer el bien al
prójimo.
“Hacer el bien, ayudar
al prójimo es desde luego un aspecto importante, pero no es
la esencia de la caridad. Hace falta escuchar a los otros,
comprenderlos, incorporarlos a nuestro afecto, reconocerlos,
quebrar su soledad y ser su compañero. Amarlos, en
definitiva. La caridad no es limosna. La caridad que predicó
Jesús consiste en ser plenamente partícipes de la suerte de
los otros. Comunión de espíritus y lucha contra la
injusticia”.
En su libro
Conversaciones nocturnas en Jerusalén dice usted que los
pecados son numerosos y la Iglesia ha hecho una lista bien
larga de ellos, pero, en su opinión, el verdadero pecado del
mundo – usted lo dice así, si no recuerdo mal – el verdadero
pecado del mundo es la injusticia y la desigualdad. Y si he
comprendido bien sus palabras, la caridad consiste en luchar
contra la injusticia.
“Jesús dice que el
reino de Dios será de los pobres, de los débiles, de los
excluidos. Y dice que la Iglesia debería haber tenido por
misión estar cerca de ellos. Esta es la caridad del pueblo
de Dios que predicaba su Hijo, que se hizo hombre para
nuestra salvación”.
Cardenal, ¿qué entiende
usted por pueblo de Dios? ¿Son los laicos católicos el
pueblo de Dios?
“Toda la Iglesia es
pueblo de Dios: la jerarquía, el clero, los fieles…”
¿Y los fieles tienen un
papel activo en el gobierno de la Iglesia, en la
participación, en la administración de los sacramentos, en
la elección de sus pastores?
“Desempeñan ciertamente
una función, pero deberían ejercitarla con mucha mayor
plenitud. Con demasiada frecuencia se trata sólo de un papel
pasivo. Ha habido épocas en la historia de la Iglesia en las
que la participación activa de las comunidades cristianas
fue mucho más intensa. Cuando antes me he referido a esa
creciente indiferencia, pensaba precisamente en este aspecto
de la vida cristiana. Aquí tenemos una laguna, una deserción
silenciosa, especialmente en la sociedad europea y en la
italiana”.
¿Se refiere a la falta de
asiduidad en la asistencia a los sacramentos, a la misa o a
la escasez de vocaciones?
“Esos son sólo los
aspectos externos, no los esenciales. La esencia es la
caridad, la concepción del bien común y de la felicidad
común. Felicidad no sólo para nosotros, sino para los otros
y no sólo en el presente inmediato, sino también para los
hijos y los nietos, para las generaciones que han de venir.”
¿Y la Iglesia
institucional trabaja lo suficiente en esta dirección?
“Trabaja mucho, pero
tendría que trabajar mucho más.”
Cardenal Martini, me
gustaría plantearle una pregunta un tanto delicada. Un
famoso escritor católico, Vittorio Messori, ha escrito
recientemente que la Iglesia institucional, es decir, el
Vaticano con su Secretaría de Estado, sus nuncios repartidos
por todo el mundo, la organización de la Curia y todo eso,
no puede condenar los vicios privados de los poderosos. Su
cometido es propiciar acuerdos, concordatos o afrontar
problemas puntuales, de poder a poder. La Iglesia estableció
acuerdos con Hitler, con Mussolini, con Pinochet, con
Franco, con Craxi. Si los hubiese juzgado públicamente por
sus comportamientos o por su moralidad no habría podido
desarrollar esa misión política que le es propia. El
problema, en el peor de los casos –según Messori–, atañe al
confesor, suponiendo que alguno de esos poderosos se
confiese. De todos modos, el problema de la salvación
afectaría sólo al clero con responsabilidad pastoral, los
párrocos y los obispos que se ocupan de las almas. ¿Está
usted de acuerdo con esta distinción entre instituciones
vaticanas y clero con actividad pastoral?
“En realidad no estoy
muy de acuerdo, la distinción que hace Messori nos retrotrae
a una fase en la que persistía todavía el poder temporal y
el Papa era, antes que nada, un soberano; pero aquel poder,
gracias a Dios, terminó y no va a ser restaurado. Y es una
suerte que ya no exista. Es verdad que persiste la
estructura diplomática de la Santa Sede, pero está formada
por sacerdotes, cuya finalidad última es la de testimoniar
el anuncio del evangelio y su contenido profético. Añado que
esa estructura diplomática me parece excesivamente
redundante y que se lleva gran parte de las energías de la
Iglesia. No siempre ha sido así. Durante muchos siglos en la
historia de la Iglesia esta estructura ni siquiera existía y
en el futuro podría ser reducida de modo importante o
incluso desmantelada. La finalidad de la Iglesia es dar
testimonio de la palabra de Dios, del Verbo encarnado, del
reino de los justos que ha de venir. Todo lo demás es
secundario.”
¿Pero las Iglesias
protestantes no tienen también estructuras similares? ¿No
son necesarias para garantizar la libertad religiosa y el
espacio público que la Iglesia necesita para difundir sus
valores?
“Las Iglesias
protestantes no disponen de estructuras tan centralizadas y
tan poderosas como la nuestra. Tienen una organización muy
diferente. Son, desde este punto de vista, más débiles que
la Iglesia católica, pero, en contrapartida, son más
cercanas a los fieles.”
El problema que usted
señala, desde luego, existe, pero ¿afecta a los obispos?
Quizá la figura del Papa, que sólo se da en la Iglesia
católica, sea una reminiscencia de ese poder temporal.
“El Papa es ante todo
el obispo de Roma. Para nosotros los católicos es el vicario
de Cristo en la tierra y le debemos afecto, respeto y
obediencia, pero sin olvidar nunca que la Iglesia apostólica
se sostiene sobre dos pilares: el Papa y su comunión con los
obispos. Recuerdo que en el consistorio previo al último
cónclave, hubo un debate preliminar para dibujar una especie
de perfil del futuro pontífice. Cuando me tocó a mí hablar
dije que teníamos que elegir al obispo de Roma. Con eso
quise decir que tenía que prevalecer la capacidad y la
vocación pastoral sobre la diplomática o la teológica.”
¿Eso dijo usted? ¿Que
ustedes en el cónclave iban a elegir al obispo de Roma?
“¿Le parece una
herejía? Sin embargo, es una constante en la doctrina y la
tradición evangélica.”
Pasaba el tiempo y los
temas que me hubiera gustado discutir con el cardenal
Martini seguían siendo muchos. No quería cansarlo demasiado
y así se lo hice saber. Pero me dijo que podíamos continuar.
Había un tema que me tocaba la fibra sensible. Le comenté
que, leyendo su último libro, me había parecido captar
cierta tendencia suya a proponer otro concilio, una especie
de Concilio Vaticano III. ¿Es que se ha debilitado el empuje
del Concilio Vaticano II? ¿Hay que retomar aquel discurso y
llevarlo aún más allá? La respuesta que me dio me pareció
muy innovadora y bastante imprevista.
“No pienso en un
Vaticano III. Es cierto que el Vaticano II ha perdido una
parte de su empuje. Pretendía que la Iglesia afrontase la
sociedad moderna y la ciencia, pero este afrontamiento ha
sido sólo marginal. Estamos todavía lejos de haber abordado
este problema y hasta parece que hemos vuelto la mirada
hacia atrás más que hacia delante. Hay que retomar el
impulso y para hacer esto ni siquiera haría falta un
Vaticano III.
Aclarado esto, sí soy
partidario de otro concilio, e incluso lo estimo necesario,
pero sólo sobre temas específicos y muy concretos. Me parece
también que sería necesario poner en práctica lo que se
sugirió e incluso lo que fue decretado ya en el Concilio de
Constanza: convocar un concilio cada veinte o treinta años
sobre un solo tema, o dos a lo sumo.”
Pero esto sería una
revolución en el modo de gobernar la Iglesia.
“A mí no me lo parece.
La Iglesia de Roma se llama apostólica y no por casualidad.
Su estructura es vertical, pero, al mismo tiempo, también
horizontal. La comunión de los obispos con el Papa es un
órgano fundamental de la Iglesia”.
¿Y cuál sería el tema del
concilio que usted propone?
“La relación de la
Iglesia con los divorciados. Afecta a muchísimas personas y
familias y, desgraciadamente, el número de familias
implicadas será cada vez mayor. Habrá que afrontarlo con
inteligencia y con previsión.
Y hay también otro tema
que un próximo concilio debería abordar: el de la
trayectoria penitencial que es la propia vida. Mire, la
confesión es un sacramento extraordinariamente importante,
aunque hoy esté exangüe. Cada vez son menos las personas que
lo practican, pero, sobre todo, se ha convertido en algo
casi mecánico: se confiesa un pecado, se recibe el perdón,
se recita alguna plegaria y ahí termina todo, en la nada o
poco más. Hay que devolver a la confesión una esencia que
sea verdaderamente sacramental, un recorrido por el
arrepentimiento y un nuevo programa de vida, una relación
constante con el confesor, en definitiva, una dirección
espiritual.”
Nos levantamos. Me dijo
que había leído mi último libro El hombre que no creía en
Dios y que había encontrado algunas sintonías con su
propia idea del bien común. Se lo agradecí. Me siento muy
cerca de usted, le dije, pero no creo en Dios y lo digo con
plena tranquilidad de espíritu.
“Lo sé y no estoy
preocupado por usted. A veces, los no creyentes están más
cerca de nosotros que muchos devotos de simple apariencia.
Usted no lo sabe, pero el Señor sí”.
Estuve tentado de
abrazarlo, pero, temblorosos como estamos ya los dos,
podríamos haber terminado en el suelo.
Eugenio Scalfari
La Repubblica,
18 de junio de 2009
NOTA sobre las personas
que intervienen o se citan en el texto:
Carlo Maria Martini
(Orbassano, Turín, 1927): Cardenal jesuita y arzobispo de
Milán (1979-2002). Tras su jubilación, se retiró a Jerusalén
para retomar una de sus pasiones: los estudios bíblicos.
Cercano, sencillo, optimista, crítico, abierto a la cultura
y al mundo, es una de las voces más respetadas en el seno de
la Iglesia. Actualmente, el Parkinson que padece le ha
obligado a regresar a Italia.
Eugenio Scalfari
(Civitavecchia, Roma, 1924): Periodista, político y
escritor, especializado en cuestiones de economía política,
a las que aplica un enfoque de carácter ético y filosófico.
En Italia es el abanderado de la lucha por el laicismo,
frente a cualquier intento de injerencia confesional.
Diputado por Milán del Partido Socialista Italiano, en 1976
fundó el diario La Repubblica, el principal periódico
italiano de información general.
Luigi Verzè
(Illasi, Verona, 1920): Sacerdote italiano, presidente de la
Fundación San Raffaele del Monte Tabor. Es el fundador de la
Universidad San Rafael, del Hospital San Rafael, así como de
diversas instituciones sanitarias radicadas en Milán. Se
dice también que es amigo personal del presidente Berlusconi.
Es coautor, junto con el cardenal Martini, de
Estamos
todos en la misma barca.
Vittorio Messori
(Sassuolo, Módena, 1941): Periodista y escritor italiano,
especializado en cuestiones religiosas. Fue el primer
periodista autorizado a realizar una larga entrevista al
Papa Juan Pablo II, que se publicó con el título de Cruzando
el umbral de la esperanza (1994).
El texto original
italiano puede consultarse en
este enlace.
Traducción y notas: Juan V. Fernández de la Gala