Jesuitas.
Los 'marines' del Papa
Desde su despacho, mucho antes de que amanezca, el papa
negro de los jesuitas divisa cada mañana los dominios
del papa blanco en Roma. Las ventanas de ambos son las
primeras en iluminarse en el Vaticano. Las separan unos
centenares de metros. Luego ofician misa en soledad. Son
los dos hombres más poderosos de la cristiandad. Unidos
a través de la historia por un sólido vínculo de
complicidad y también de sospecha. A lo largo de cinco
siglos, sus relaciones han sido tormentosas. De amor y
odio. Un papa disolvió la Compañía de Jesús en 1773, y
otro, Juan Pablo II, la sometió con mano de hierro en
1981 y a punto estuvo de disolver su caballería ligera.
Sus monjes soldado universales, inquietos y disciplinados.
Universitarios y políglotas. Humildes y soberbios al
tiempo. Entrenados física y mentalmente como marines por
los Ejercicios Espirituales de San Ignacio. Siempre a
disposición del pontífice en los cinco continentes; en
vanguardia; en el filo de la navaja.
Los
soldados papales descubrieron a los pobres. Se pusieron
de su lado. La Iglesia no estaba preparada para esa
revolución
El
sector más avanzado anhela el regreso de los jesuitas al
liderazgo de la Iglesia; que marquen de nuevo el camino
Arrupe no dominaba el untuoso y sibilino lenguaje de la
curia. Era un vasco directo y cabezota. No se entendía
con Wojtyla
Tras
la sangría de vocaciones, sólo hay en España un
noviciado con 19 internos. El más joven, de 20 años; el
mayor, de 42
Se
saben distintos. Definen su trabajo como "estar en la
frontera". Lo explica el padre Héctor de Vall, de 72
años, rector del Pontificio Instituto Oriental, situado
en un elegante palacio semioculto tras la basílica de
Santa María la Mayor, de Roma, que busca servir de
puente entre las iglesias de Oriente y Occidente:
"Nuestro voto de obediencia al Papa es para la misión; el
Santo Padre te puede enviar a la frontera intelectual o
geográfica que considere oportuna. En un principio,
disponía de los jesuitas, un grupo de gente muy
especializada, que sabía latín y tenía una carrera
civil, para que fueran a los confines del planeta. Hace
un siglo, la frontera suponía estar en el mundo de la
ciencia, porque los científicos eran ateos. Y los
jesuitas, como científicos, debíamos demostrar que la fe
no era contraria a la razón; hoy, nuestra frontera es la
lucha por la justicia, la paz, la ecología, los derechos
humanos".
Esa
búsqueda febril que tantos problemas les ha
proporcionado en el Vaticano. Desde aquel 1974 en que la
Congregación General de la Compañía decidiera que, para
los jesuitas, el servicio a la fe debía ser inseparable
de la promoción de la justicia en el mundo. Un
terremoto. Su Mayo del 68. Los soldados papales,
martillo de protestantes, confesores de papas, aliados
de reyes, educadores de ricos, descubrían a los pobres.
Y se ponían de su lado. Contra las dictaduras,
denunciando el racismo en Estados Unidos, con los más
desfavorecidos en Nicaragua y El Salvador. En los
barrios marginales. Entre los refugiados. Una
refundación rápida y profunda.
Más
allá del críptico lenguaje eclesiástico, ¿qué significa
en la actualidad "la promoción de la justicia"? Contesta
Jon Sobrino, de 68 años, forjador de la teología de la
liberación en Centroamérica y uno de los miembros más
queridos en la Compañía:
"¿Qué es justicia para esas mayorías a las que se les niega
una vida digna? ¿Qué es justicia para las mujeres
maltratadas y oprimidas? ¿Qué es justicia donde hay
apartheid? ¿Qué es justicia si Estados Unidos consume el
28% del oxígeno de la Tierra? La promoción de la
justicia no se puede definir. Es vida y dignidad para
todos. Algo que clama al cielo. Nuestra misión".
La
Iglesia no estaba preparada para esa revolución. Para
ese atracón de libertad. Pasar del traje talar al mono
de obrero sin escalas. Ya en la Nochebuena de 1955, el
jesuita José María Llanos había dado un portazo al
régimen del general Franco y se había instalado en una
chabola de El Pozo del Tío Raimundo, en Madrid, junto a
un grupo de compañeros de la Compañía. Una experiencia
similar a la que habían protagonizado los curas obreros
en Francia y que iba a transformar la mentalidad de
muchos jesuitas jóvenes en España.
Llanos y sus hermanos no habían aterrizado en ese
suburbio para convertir a nadie; organizaron una escuela
profesional, una guardería, una escuela de educación
nocturna, y dinamizaron el clandestino movimiento
sindical. Marcharon codo con codo con los vecinos.
Construyeron una capilla en una chabola. Hoy es una
iglesia en la que aún se trabaja por el barrio.
"Aquel espíritu sigue entre nosotros", comenta Higinio
Pi, de 41 años, que medio siglo después representa una
nueva generación de jesuitas en El Pozo.
"En aquel momento, los jesuitas querían saber qué pasaba en
la calle, vivir como la gente normal, padecer lo mismo.
Y salieron del centro de las ciudades y las parroquias.
Hoy, las necesidades de la sociedad son distintas;
trabajamos para ver cómo acoger a los inmigrantes que
acaban de llegar. Estamos a pie de obra; investigamos de
dónde vienen y la incidencia social que provocan.
Nuestro fin no es enseñarles el catecismo; expresamos
nuestra fe al luchar contra la injusticia. Nuestro
trabajo con la inmigración no es asistencial; consiste
en saber quién viene y por qué. Hay una parte muy
interesante de los jesuitas como think tank para conocer
mejor la inmigración. Y también en la cooperación al
desarrollo y la cultura por la paz. Nuestro fin no es
dirigir; no queremos figurar, sino iniciar proyectos,
dejar paso a otros y seguir adelante".
"Es la manera de ser de la Compañía", explica un veterano
jesuita. "Analizamos la realidad del lugar donde estamos
y respondemos en consecuencia. Vamos por libre. Somos
los free-lancers de la Iglesia. Llegamos a un sitio y
ponemos en práctica lo que nadie antes ha hecho. Como
Llanos en El Pozo: no sabía qué iba a hacer, no tenía
instrucciones de uso, se encontró una realidad y le dio
una respuesta".
A
este mismo territorio llegaría en 1974 otro jesuita
proscrito. Hoy, a sus 96 años, José María Díez Alegría
conserva una lucidez, memoria y sentido del humor
envidiables. Doctor en Derecho y Filosofía, licenciado
en Teología, profesor de Ética en la Universidad
Gregoriana de Roma, hermano de dos generales de Franco,
es considerado un precursor de la teología de la
liberación en la Compañía.
"Tengo dos doctorados universitarios, pero el doctorado
de mi vida ha sido El Pozo", explica sentado en un
decrépito sillón de la residencia de ancianos de la
Compañía en Alcalá de Henares (Madrid), donde
transcurren los últimos compases de su vida. Díez
Alegría nunca ha perdido la sonrisa. Ni en los tiempos
más difíciles. "Hay que tomarse menos en serio; los
obispos podían tomar nota".
Represaliado por el Vaticano en 1973 por su libro "Yo
creo en la esperanza", una desnuda autobiografía en la
que reflejaba su visión crítica de la Iglesia y el
sacerdocio y que negó a pasar por el trámite de la
censura vaticana, el padre Díez Alegría había
comprendido ya una década antes que…
"Cristo denunció la riqueza injusta; estuvo con los pobres
y criticaba el capitalismo salvaje. Y, en ese sentido,
yo estaba a favor del diálogo con los comunistas, y lo
decía en mis clases en Roma. No soy un comunista
dictatorial, pero creo en un socialismo democrático.
Llevaba mucho tiempo fichado. Tras el lío del libro, me
obligaron a abandonar la cátedra y dejar la Compañía,
pero el padre Arrupe, nuestro general, se portó muy
bien; dijo que, aunque yo ya no fuera jesuita, podría
vivir siempre en casas de la Compañía. ¡No, nunca pensé
en dejar el sacerdocio! Me fui a El Pozo. Era un jesuita
sin papeles. Aquello sentó muy mal en el Vaticano. Los
conservadores nunca se lo perdonaron a Arrupe".
Los
jesuitas eran los primeros que se habían quitado la
sotana y marchado a vivir en pisos. Leían a Marx (la
biblioteca de la Gregoriana guarda 47.000 libros sobre
el tema). Profundizaban en las religiones orientales. Se
mezclaban con gentes de todas las razas y creencias.
Vestían taparrabos en la selva de Brasil y túnicas en la
India. Rezaban al estilo zen en Japón. Y avanzaban más
rápido que ninguna otra orden en su visión de Dios. Sin
embargo, fue su compromiso con la teología de la
liberación en Centroamérica el detonante de su ruptura
con el Papa.
Jon
Sobrino sitúa el inicio de la teología de la liberación
entre los jesuitas en 1969:
"Ese año, el padre Ignacio Ellacuría convocó unos
ejercicios espirituales en El Salvador, donde se
reunieron 200 jesuitas que hicieron una profunda
autocrítica ante Dios. Arrodillados ante los pueblos
crucificados del mundo, se preguntaron cuál era su parte
de culpa para que estuvieran así y qué podían hacer para
bajar de la cruz a los oprimidos de la Tierra. En la
vida hay un camino que va a los honores y otro que va a
la pobreza y los oprobios. Ellacuría escogió este
último. Y detrás, muchos jesuitas en América, y luego,
en África y en Estados Unidos.
Esa aspiración se concretó en la Congregación General de la
Compañía en 1974: allí cambió nuestra forma de ver a
Dios, a los hombres y a nosotros mismos. El padre Arrupe,
nuestro general, era muy reacio al experimento. Nos
pedía prudencia. Decía que estábamos demasiado en el
cambio social, en lo político, y nos olvidábamos de lo
espiritual. En 1976 me llamó a Roma; hablamos durante
una semana, nos conoció y cambió de idea. Nos animó a
seguir adelante.
No era un camino de rosas. Muchos jesuitas dieron su vida.
Dieciséis en Centroamérica. El primero, Rutilio Grande,
en 1977". El mismo Ellacuría sería asesinado por los
militares salvadoreños en 1989 junto a otros cinco
compañeros y dos trabajadoras de la Universidad
Centroamericana. "Yo estaba fuera de El Salvador y me
salvé por los pelos. Con la muerte de Ignacio Ellacuría
perdimos un gran referente. Ya nada sería lo mismo".
Casualmente, el mismo día que Ignacio Ellacuría caía
bajo las balas del Ejército, su hermano, el también
jesuita José Ellacuría, era expulsado de Taiwan por la
dictadura del país acusado de actividades ilegales y de
comunista.
"Frente a la explotación y la pobreza, la respuesta de los
jesuitas en Taiwan no fue la caridad, sino la creación
de una estructura obrera organizada. Decidimos luchar
por los derechos de los trabajadores. Yo creé el primer
sindicato independiente del país. El Gobierno me tenía
pinchado el teléfono y la policía registraba mi oficina.
Hubo encierros y huelgas de hambre. Pero seguimos
adelante. Si te metes en el camino de la justicia, es
como si coges un cable de alta tensión".
José
Ellacuría, de 78 años, sonrisa perenne, cabellera blanca
e ironía jesuítica, sigue trabajando por los olvidados y
por la paz en Euskadi. Hoy, desde la comunidad de
Loyolaetxea, en Guipúzcoa, donde junto a otros tres
jesuitas, Pedro, Manu y Txema, dan techo, amor y
esperanza a hombres y mujeres que acaban de salir de la
cárcel. "Esto es una comunidad de vida". Está dispuesto
a morir con las botas puestas. "Los Ellacuría somos muy
guerreros".
A
mediados de los setenta, el sector más conservador de la
Iglesia comenzaba a rebelarse contra los excesos de la
Compañía. Se avecinaba la contraofensiva integrista en
Argentina, Italia y, especialmente, la España del
nacionalcatolicismo. La Conferencia Episcopal hizo
llegar sus agravios a Pablo VI y más tarde a Juan Pablo
II. La mayoría de los jesuitas que trabajaban en
Centroamérica eran españoles. Muchos de ellos vascos.
Los nuncios de todo el mundo enviaban a diario mensajes
alarmantes al Vaticano sobre las actividades de los
jesuitas. El dossier secreto de quejas (que aún sigue
sin conocerse) aumentaba en Roma. Sólo el cardenal
Tarancón dio la cara por ellos, como confirma el que
fuera su mano derecha, el jesuita José María Martín
Patino. Se olfateaba la tormenta. En 1981, los jesuitas
caían en desgracia en Roma.
Un
papa polaco que jamás pisó las selectas aulas de su
Universidad Gregoriana en Roma: su particular fábrica de
cardenales -"Juan Pablo II, de teología, cero", dice un
jesuita navarro- les iba a humillar a conciencia.
Desconfiaba del liderazgo del papa negro, el español
Pedro Arrupe, que, con sus portadas en Time o Stern y
sus apariciones televisivas, eclipsaba su estrellato
mediático.
Wojtyla, un sacerdote producto de la guerra fría, nunca
comprendió los devaneos de los jesuitas con los
marxistas. La creciente democracia interna en el seno de
la Compañía. Sus posiciones a favor de la contracepción.
Su forma individualista de actuar. Esa "fidelidad
creativa" de la que presumen. Les quería más monjes y
menos hombres.
"Más
que desconfiar, Juan Pablo II nos desconocía; la imagen
que tenía de la vida religiosa era muy distinta de la
que llevamos los jesuitas", afirma Ignacio Echarte, de
56 años, una de las figuras importantes en la dirección
de la Compañía en Roma.
"No somos de vida contemplativa, no cantamos en el coro, no
estamos aislados del mundo. Estamos a la intemperie,
donde hay barro y ahí te manchas".
"Pero es que si no fuéramos flexibles, no seríamos
jesuitas", añade el padre José María de Vera, también
destinado en la curia de Roma. "Si no estuviéramos en el
mundo ni cambiáramos según las circunstancias de tiempo
y lugar, no seríamos jesuitas: seríamos monjes. Y
estaríamos en un convento”.
En
1981, el momento de debilidad de la Compañía fue
aprovechado por el Opus Dei y otros movimientos neocons
para arrebatarles los puestos clave en la curia
vaticana. El poder. El favor del Papa. El Opus consiguió
en tiempo récord la beatificación de su fundador. Y una
posición de privilegio en el catolicismo.
Mientras, la Compañía de Jesús dejaba de ser noticia.
Muda y prudente durante más de dos décadas. Mirada larga
y pies de plomo. Resistencia pasiva. Hacer lo de
siempre, pero sin ser noticia. Sin hacer ruido.
Esperando su momento. Sin desgastarse en enfrentamientos
con la jerarquía. Ni siquiera por la beatificación del
padre Arrupe, aplazada sine die por el Vaticano. O la de
Ellacuría. Dos personajes incómodos para el Vaticano.
Aguantar. Pura astucia jesuítica. Una vez más.
Porque en el vaticano, muchos jerarcas habían olvidado
que la Compañía ha sobrevivido durante 467 años a
decenas de pontífices. A guerras, disoluciones y
expulsiones. Juan Pablo II falleció en 2005. Y hoy, el
sector más avanzado del catolicismo anhela el regreso de
los jesuitas al liderazgo de la Iglesia. Que den un paso
al frente. Y marquen de nuevo el camino.
Su
relación con el nuevo papa, Benedicto XVI (éste, sí, un
teólogo de prestigio), se ha suavizado. Incluso ha
nombrado a un jesuita, Federico Lombardi, de 65 años,
como su jefe de prensa, en lugar del opusdeísta Joaquín
Navarro Valls. Y fulminado al líder del grupo
neoconservador Legionarios de Cristo Rey, el sacerdote
mexicano Marcial Maciel, por sospechas de pederastia.
"Algo que Juan Pablo II nunca hubiera hecho. Tal como están
las cosas en la Iglesia, el Papa no puede prescindir de
nadie, y menos aún de la Compañía", afirma un jesuita
español, "y Ratzinger nos está dando coba. Bueno, en
realidad, una de cal y otra de arena, porque también ha
sancionado a Jon Sobrino por sus escritos y nos ha
dolido mucho a todos. Cada jesuita es todos los
jesuitas".
El
próximo mes de enero, 200 de ellos llegados de todo el
mundo elegirán en Roma un nuevo general en su
Congregación General número 35 que sustituirá a
Peter-Hans Kolvenbach, papa negro desde 1983. Puede
haber llegado el momento de los jesuitas, aunque nadie
en la Compañía de Jesús más extendida y universal de
todos los tiempos se aventure a pronosticar el resultado
del cónclave negro. Puede pasar de todo.
La
Curia General de la Compañía de Jesús, en el número 4
del Borgo Santo Spirito de Roma, es un enorme y frío
palazzo en cuyo sombrío interior, el sacerdote holandés
Peter-Hans Kolvenbach, de 78 años, dirige a 20.000
religiosos (sacerdotes y hermanos), 200 universidades,
700 colegios y miles de obras sociales, culturales y
religiosas en 127 países.
No
hay que equivocarse, esto no es el Vaticano. Aunque
estemos a un tiro de piedra de San Pedro. Aquí no hay
pompa ni ceremonia. Ni monseñores de áurea cruz
pectoral. Todo es sobrio y austero. Una mezcla de
monasterio y ministerio. El portaaviones al que llegan y
del que despegan a diario jesuitas de todo el mundo con
encargos políticos y religiosos. Delicadas misiones en
cualquier lugar del planeta. Desde Afganistán o Kenia
hasta Bruselas o Washington.
En el
Borgo Spirito Santo no hay obras de arte ni muebles de
estilo. El silencio es absoluto. La madera oscura de los
interminables pasillos brilla como un espejo. Huele a
sacristía. No hay un alma por el laberinto de corredores
y despachos. En algunos rincones, bellos aguamaniles de
mármol con toallas de lino. Grandes estancias
fantasmales con decenas de albas, las vestiduras blancas
de las que se pertrechan los sacerdotes para decir misa,
silentes en colgadores de bronce. Capillas insospechadas
en los rincones. Y en cualquiera de ellas, algún jesuita
de paso oficiando en soledad. Retratos dolorosos de san
Ignacio de Loyola, el fundador de la Compañía: "Ignacio"
a secas para sus hijos.
El
mismo despacho del general, en la cuarta planta, no
tiene más ornamento que un pequeño lienzo de Ignacio
obra de Sánchez Coello que se transmite de general a
general. En esta cuarta planta viven 70 jesuitas en
comunidad. En áridas estancias amuebladas con
cuarteleras camas metálicas.
Son
los hombres que gobiernan la Compañía junto a Kolvenbach.
El estado mayor del hombre prudente (el más jesuita de
los jesuitas) que salvó a la Compañía de las iras del
anterior papa. El consejo de administración de esta
singular multinacional se reúne a las ocho de la mañana
de lunes a sábado en una biblioteca de la tercera planta
del palacio. Sobre baratas sillas de oficina, el
general, sus 12 asistentes por zonas geográficas del
mundo, el consejero de formación, el delegado de las
Casas Romanas y el director de comunicación repasan la
actualidad del mundo y de la Compañía.
Se
habla de nombramientos. Sólo Kolvenbach viste sotana,
una anticuada, de estilo oriental, recuerdo de sus 20
años en Líbano; el resto, ni alzacuellos, un gesto poco
habitual en la curia vaticana, donde el clergyman es de
rigor. El estilo es relajado y fraternal. Se habla en
inglés, español y un curioso italiano curial entreverado
de latín. El general relata su reciente viaje a Cuba y
su encuentro con Fidel Castro, antiguo alumno de la
Compañía.
Kolvenbach, adicto al consenso, poco amigo de
entrevistas y siempre temeroso del efecto de sus
palabras en el Vaticano, maneja en privado un ácido
sentido del humor. Una ironía muy jesuítica. Hoy, los
asistentes ríen con ganas al escuchar sus desventuras en
el avión con un papagayo disecado que le regalaron en
una de sus escalas centroamericanas: "En cuanto pude, se
lo largué a un padre y me lo quité de encima".
Cuentan los jesuitas de Roma que durante su pontificado,
Juan Pablo II salía muy de mañana los domingos para
visitar todas y cada una de las parroquias de la Ciudad
Eterna. Y a esa hora siempre estaba arrodillado en el
portalón del Borgo el padre Arrupe, predecesor de
Kolvenbach, en señal de sumisión al Papa. Y que Juan
Pablo II nunca hizo frenar su Mercedes para saludar al
papa negro. Los lazos entre los dos hombres estaban
rotos.
Arrupe nunca entendió el untuoso y sibilino lenguaje de
la curia. Que cuando dice sí quiere decir no. Era un
vasco directo y cabezota. No se entendía con Wojtyla,
que incluso dejó de recibirle. Por fin, en 1981, Juan
Pablo II, aprovechando una trombosis cerebral del
general de los jesuitas, daba un golpe de Estado en la
Compañía, apartaba del poder al sector progresista
heredero de Arrupe y nombraba un delegado personal,
Paolo Dezza, líder de los conservadores. Lo explica un
jesuita de la curia romana:
"El Papa tenía una lista de los jesuitas izquierdistas que
no quería que fueran generales; no quería que la
Compañía siguiera la línea de Arrupe y contagiara al
resto de órdenes religiosas, y por eso intervino la
Compañía y puso a Dezza para que preparase la sucesión
hacia alguien más de su gusto. Fue un escarmiento para
la Compañía y para el resto de órdenes religiosas".
Para
Juan Masiá, un jesuita significado como progresista por
sus análisis de la bioética contrarias a las esgrimidas
por la Conferencia Episcopal Española:
"La intervención suponía un paso más en la marcha atrás que
dio Juan Pablo II frente a la Iglesia del Concilio
Vaticano II, con la represión de los teólogos
progresistas, el control de las revistas, libros y
universidades católicas, y el nombramiento de obispos
afines. Juan Pablo II tenía alergia a Arrupe".
Pudo
haber sido peor. Diversas fuentes confirman que el Papa
pensó en disolver la Compañía o, incluso, poner al
frente de la misma a un religioso no jesuita que podía
haber sido el obispo español Eduardo Martínez Somalo, un
profesional de la diplomacia vaticana cercano al Opus.
El
protectorado del Papa en la Compañía duraría dos largos
años, hasta la congregación general de 1983, en la que
sería elegido Kolvenbach en primera votación. Una
sorpresa para todos. Los jesuitas habían optado por un
papa gris, de perfil bajo; un sacerdote ajeno a Roma y
sus intrigas y a la teología de la liberación para no
provocar a Juan Pablo II. Tenía la difícil misión de
restaurar la comunicación con el Papa. Y evitar una
desbandada de los jesuitas. Para conseguir ese cometido
contaba con una larga experiencia como mediador en
Oriente Próximo y mucha mano izquierda. Y como él mismo
ha asegurado: "Aprendí vaticanés; cuando se visita un
país extranjero, tienes que hablar el idioma de ese
país".
"Al padre Kolvenbach no le conocía nadie en la Compañía; de
hecho, días antes de la congregación nos mandaron
preparar las 10 biografías de los candidatos con más
posibilidades y no estaba la suya. El último día,
alguien nos dijo que había que hacer una número 11; era
la de Kolvenbach, el provincial de Oriente Próximo. La
Compañía eligió a alguien que tuviera posibilidad de
restañar las heridas con el Papa", explica el padre José
María de Vera.
Desde
la enorme terraza que cubre el cuartel general de los
jesuitas se domina el Estado vaticano, la majestuosa
cúpula de la basílica San Pedro y, del otro lado, un
cuidado jardín oculto tras los muros del Borgo Santo
Spirito, por cuyo empedrado ruedan las naranjas.
Paseamos por este cuidado triángulo verde junto al padre
José María de Vera, de 78 años, director de comunicación
de la Compañía. Cumple a la perfección el perfil del
jesuita: educado, culto y astuto. Madrileño, licenciado
en Derecho, Filosofía y Teología, toda su carrera
transcurrió en Japón hasta que, en 1994, Kolvenbach le
llamó a su lado.
"Lo primero que hizo el padre Kolvenbach, al ser elegido
general en 1983, fue cargarse la oficina de prensa de la
Compañía que tanto había sobrexpuesto a los medios al
pobre padre Arrupe y tanto había irritado a Juan Pablo
II. Kolvenbach pensaba que la información había sido una
de las bases de los problemas de los jesuitas con la
Santa Sede. En 11 años no dimos una sola noticia".
El
Padre De Vera recuerda sus primeros pasos en la
Compañía. Cuando en la España de la posguerra había
siete noviciados. Y en el suyo de Aranjuez, 72 novicios.
Tiempos en que nuestro país era la cantera de una
Compañía con 36.000 miembros. Años de rígida disciplina
militar, de timbres y estrictos horarios. De distancia
absoluta entre los propios jesuitas. La Compañía, al
mando de un gélido canonista flamenco, John Janssens,
les imponía hablarse de usted, no tocarse, no mirarse a
los ojos, manifestar una indiferencia total incluso
hacia los padres. Eran jesuitas. Los elegidos. Esa
parafernalia fundamentalista saltaría en pedazos tras el
Concilio Vaticano II (1962-1965) y el rompedor
generalato de Pedro Arrupe (1965-1981), el hombre que
había sobrevivido a la bomba atómica sobre Hiroshima.
Tras
la sangría de vocaciones de los setenta-noventa, hoy
sólo subsiste en España un pequeño noviciado con 19
internos. El más joven, de 20 años; el mayor, de 42. Los
aspirantes a soldados del Papa viven en un chalé anónimo
a las afueras de San Sebastián. Las habitaciones son
mínimas, desnudas y sin baño. No hay televisión, sus
salidas están limitadas y la cerveza es un lujo. Los
aspirantes a jesuitas son educados y angelicales.
Atildados en su ropa deportiva. Hablan a media voz
mientras almuerzan puré de verduras y macarrones con
chorizo. Se ocupan de las tareas domésticas.
El
maestro de novicios es el padre Juan Antonio Guerrero,
de 48 años, un tipo sensato y con aire de místico. Aquí
pasarán los novicios dos años a su cargo en un ambiente
de silencio, trabajo y oración.
"Un tiempo de desconexión para empezar de nuevo", explica
el maestro; "la cuestión es que ajusten su vida a la de
Cristo en amor, sufrimiento y pobreza. Mi trabajo es
configurar su disco duro a nuestro sistema operativo".
En
esos dos años, sin vacaciones, los novicios realizan
tareas en psiquiátricos, asilos y hospitales; llevan a
cabo un mes de ejercicios espirituales en completo
silencio, rezan dos horas al día, estudian inglés,
aprenden a escribir y expresarse en público, y ayudan en
parroquias marginales. La última prueba antes de
terminar este primer periodo de formación es la llamada
peregrinación: los novicios son abandonados en algún
lugar de nuestra geografía sin dinero y deben subsistir
durante tres semanas, mezclarse con los pobres e
inmigrantes, trabajar en la construcción o los
invernaderos, hasta llegar a un destino convenido.
Para
ser jesuitas aún les quedarán 10 años más en los que
estudiarán Filosofía, Teología y otra carrera civil. Y
viajarán por el mundo. Y entonces sí, tras realizar la
tercera probación, un año más al estilo del noviciado,
realizarán el voto de obediencia al Papa "exclusivamente
para las misiones", aclaran. Y comenzarán a usar de por
vida las iniciales S. J. (Societatis Jesu) detrás de su
nombre.
A 1
de enero de 2007, 13.491 personas cumplían esa condición
en todo el mundo, 10.000 menos que en 1965. Y, lo que es
peor, con una media de edad de 65 años. Las residencias
de jesuitas ancianos están a rebosar. Y las vocaciones
se dan con cuentagotas, a excepción de en la India, la
última gran cantera de los jesuitas. En Navarra, una de
las tradicionales factorías de jesuitas, el más joven
tiene 70 años.
Ya no
es raro encontrar colegios de la Compañía sin más
jesuitas que el director. Por ejemplo, el colegio
madrileño de Santa María del Recuerdo, el más
prestigioso de la Compañía en España, con 2.500 alumnos,
sólo tiene 20 jesuitas en nómina. "Y la mayoría no está
a tiempo completo", explica su director, el padre
Isidoro González Madroño, de 59 años. "Y me parece bien
que no haya un exceso de clericalismo en el colegio. Lo
que hoy es imprescindible es la colaboración con los
laicos: poner nuestra marca y que sigan otros". La misma
Universidad de Deusto, el campus de los jesuitas más
grande de Europa, cuenta con una veintena de profesores
jesuitas para 11.000 alumnos.
Una
sequía de vocaciones que está provocando un intenso
debate en la Compañía. Los jesuitas comienzan a
plantearse qué misiones, instituciones, colegios,
universidades, publicaciones, radios, parroquias deberán
abandonar en un futuro inminente y en cuáles deberán
centrarse. Ya es imposible que atiendan a todo. El
general que salga de la Congregación del próximo mes de
enero deberá hacer luz al respecto. Y concretar el papel
de los laicos y las mujeres en una Compañía de Jesús sin
jesuitas.
Una
nube de polvo cubre el aula magna donde se celebrará el
cónclave negro, en el Borgo Spirito Santo de Roma, a
partir del próximo 6 de enero. Un grupo de albañiles y
pintores trabaja contrarreloj para adecentar la curia de
cara a la Congregación General.
A
finales de diciembre comenzarán a aterrizar en Roma los
200 jesuitas que elegirán al nuevo general. Un tercio
llegará de Asia y África; otro tercio, de América, y el
resto, de Europa. Previamente se están celebrando
reuniones de jesuitas en todo el mundo para dibujar el
perfil del candidato. El padre Pep Buades, de 41 años,
delegado de migraciones y uno de los valores emergentes
en la Compañía, esboza un retrato robot:
"Un hombre abierto, con sentido de libertad, pero que no
vaya de héroe; que sane heridas y tienda puentes;
dispuesto a llevarse un capón pero que no provoque. Que
conozca el mundo y la compañía universal, políglota, con
un sentido social fuerte, que haya estado en los
servicios centrales de Roma y mantenga una buena
relación con la Santa Sede".
Sobre
todo, eso, que se lleve bien con el sumo pontífice. No
hay que olvidar que, ante todo, son los marines del
Papa. Siempre dispuestos a todo. Siempre en vanguardia.
Como reza su credo: "A mayor gloria de Dios".
JESÚS RODRÍGUEZ
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