GALILEO GALILEI
Estamos celebrando el
Año
Internacional de la Astronomía al conmemorarse
que en el año 1609 Galileo Galilei apuntó por primera vez al
cielo con un telescopio. Fue el comienzo de 400 años de
descubrimientos que aún continúan.
Me
gusta tener mi propia galería de cristianos ilustres, que no
sólo incluye a algunos santos de mi particular devoción,
sino a hombres y mujeres que han vivido en medio de la
polémica o cuyas vidas no siempre han sido ejemplares, pero
que están iluminadas por la dignidad especial que concede a
una persona el haberse dejado la piel por ser consecuente
con su conciencia.
Hay
muchos cristianos de a pie que pueden estimularnos en
nuestra lucha diaria por ser fieles al evangelio en el siglo
XXI. Entre ellos está
Galileo Galilei, investigador y buscador de la
verdad, condenado por la Iglesia y reconocido luego como uno
de sus hijos ilustres.
Galileo es un paradigma para nosotros ante esta
efervescencia de la investigación científica y de los
cambios sociales que vivimos. Nos impresiona su legado
principal, que fue la puerta de grandes avances en la
comprensión del cosmos. Pero no es menos importante su
itinerario espiritual y de fe.
Es
difícil conocer cómo vivió Galileo esa condena de su obra y
sus descubrimientos. Todavía influenciados por esa falsa
leyenda del "eppur si muove" (‘y sin embargo se mueve’),
frase que se atribuye a Galileo al pronunciar la fórmula de
abjuración que le impuso el Santo Oficio, es preciso
descubrir al hombre real. ¿Cuál fue su reacción íntima, cómo
respondió interiormente al Señor desde su arresto
domiciliario, cómo encajó el abandono o la traición de
antiguos amigos y benefactores tras la sentencia de la
Inquisición?
No
todos renegaron de él. Casi ciego y necesitado de ayuda, un
hombre de la talla de
San
José de Calasanz envió a vivir con él a dos
escolapios que le asistieran en sus trabajos y aprendieran
de su sabiduría. Es un ejemplo de que no todos los católicos
de entonces vieron con buenos ojos aquella condena.
También existen hoy "galileos" en la Iglesia, silenciados,
condenados, apartados de la docencia o la pastoral...
Galileo y su historia nos iluminan, tanto para pensarnos dos
veces cuando condenamos a alguien cuanto para vivir con
paciencia y confianza en el Padre ante el castigo injusto o
ayudar al silenciado.
Juan Yzúel
ECLESALIA,
21/09/09