¿SER
TODAVÍA CRISTIANOS?
Entrevista a Jesús Espeja
El libro
de Jesús Espeja «¿Ser todavía cristianos?» (Editorial San Pablo)
sitúa a la Iglesia y la vivencia de la fe cristiana en el
momento presente, partiendo de la descripción del proceso
seguido desde el Concilio Vaticano II.
Es una aportación muy clarificadora del contexto cultural,
social y eclesial que nos envuelve. A la vez, resulta entrañable
y muy estimulante como expresión de una fe de íntima
identificación con Jesucristo, de vida comunitaria y de acción
profética
y apostólica en el momento actual.
El Concilio Vaticano II fue un viento renovador en la vida de la
Iglesia. ¿Qué aportaciones le parecen más positivas?
Primero,
la mirada positiva del mundo «teatro de la historia humana,
con sus afanes, fracasos y victorias». El concilio no
ignora que «el mundo sigue esclavizado bajo la servidumbre
del pecado», pero corrige una visión maniquea y dualista que
en la tradición latina durante siglos prácticamente identificaba
mundo y pecado. Según la visón conciliar, muy conforme al
realismo de la encarnación, podemos decir que no hay salvación
fuera de este mundo.
Segundo,
una reforma de la Iglesia en triple vertiente. Tomando
conciencia de que ella es parte de este mundo con sus gozos y
esperanzas, alegrías y tristezas; no puede ser «pueblo de Dios»
si no es pueblo de seres humanos sometidos a los vaivenes de la
historia.
Al expresar el misterio de la Iglesia con la imagen «pueblo de
Dios», sugirió que todos los bautizados tienen la misma
dignidad; consiguientemente hay que desmontar el clericalismo
–casta por encima de los demás– y superar la división entre
cristianos llamados a la santidad y otros de segunda clase.
Ya en orden a la misión evangelizadora, la Iglesia es entidad
referencial; no debe actuar en función de sí misma sino en
función y al servicio del mundo como signo e instrumento del
reino de Dios.
Tercero,
paso de una moral prioritariamente perceptiva y de ámbito
individual, a una moral prioritariamente indicativa, que
salvaguarde y promueva el reclamo de autonomía y libertad que
lanza el mundo moderno.
El Concilio supuso también una actitud de simpatía y diálogo con
el mundo moderno, con la sociedad actual. ¿Cómo se ha ido
plasmando esa actitud y cómo se da hoy?
Siguiendo el diagnóstico que hizo el entonces cardenal Ratzinger
en la entrevista «Informe sobre la fe», 1985, hay dos
periodos en el postconcilio: uno hasta esa fecha, y otro en las
dos últimas décadas. En el primero, la Iglesia se manifestó con
un decidido talante de apertura y diálogo hacia el mundo moderno
siguiendo la orientación de la encíclica «Ecclesiam suam»,
1964, que marcó al Vaticano II y sigue teniendo actualidad.
Pero en el segundo periodo el magisterio oficial de la Iglesia,
preocupado por salvaguardar la identidad cristiana en un mundo
cada vez más secular, viene optando en sus documentos por la
seguridad y las certezas.
En la sociedad española hay excesiva crispación.
Por parte de algunos sectores sociales hay demasiadas reservas
hacia una presencia pública de la Iglesia; con ribetes de un
laicismo trasnochado pretenden que la religión católica pase del
monopolio al expolio. Y hay también por parte de la Iglesia
reticencias para reconocer y aceptar la autonomía de las
realidades sociopolíticas, hasta dar la impresión de que se
añora una pasada e inaceptable situación de cristiandad.
Cuando el mundo quiere ser más mundo, la Iglesia sólo tiene una
salida: ser verdaderamente Iglesia, testigo significativo de
Jesucristo al servicio del mundo.
La razón de ser de la Iglesia es vivir y anunciar el Evangelio
de Jesucristo. ¿Qué resistencias ofrece la cultura moderna al
mensaje humanizador del Evangelio?
Nuestra cultura, polarizada por la racionalidad instrumental,
posterga a las personas en aras del mayor rendimiento económico.
Está generando un modelo de ser humano productor y consumidor. Cuando
no producen ni consumen, las personas quedan reducidas a escoria
desechable. Los factores antihumanitarios cierran las
puertas al Evangelio como ampliación del horizonte humano.
En la sociedad española, hay otros dos factores. Según los
estudios sociológicos en los últimos años continúa la
disminución de católicos practicantes. Agnósticos o
indiferentes, la mayoría fueron bautizados en la Iglesia y son
postcristianos; lo cual es una agravante porque creen conocer
bien el cristianismo y lo juzgan trasnochado.
Por otro lado, la Iglesia, portavoz del Evangelio –en buena
parte por su vinculación a las derechas conservadoras– para
muchos evoca sin más una espiritualidad evasiva, promesa de vida
eterna más allá de la muerte, reacción contra todos los cambios
a veces necesarios en la sociedad; se piensa que nada tiene que
aportar.
Pero, muchos valores modernos, como los Derechos Humanos, son
positivos y con un verdadero contenido evangélico. ¿Cómo los
viene contemplando y promoviendo la Iglesia?
La Declaración
de los Derechos humanos
en 1948 no fue obra de la Iglesia; su principal redactor fue un
gran jurista y agnóstico. Juan XXIII aceptó esa
Declaración apuntando al mismo tiempo los deberes.
En ese pronunciamiento, a pesar de sus limitaciones, se diseña
ya una ética secular con su propia consistencia. Lejos de anular
esa ética, sin duda obra del Espíritu que «con admirable
providencia guía el curso de los tiempos», el Evangelio la
potencia, pues según la fe cristiana los derechos humanos tienen
algo de divino.
En teoría la Iglesia viene promoviendo los derechos humanos, y
en la práctica es indiscutible su aportación de beneficencia
para satisfacer sus exigencias.
Pero en esa misma práctica son destacables tres aspectos que
postulan más atención.
·
La defensa de esos derechos no debe limitarse a pronunciamientos
genéricos y puntuales; la Iglesia debe comprometerse en el
cambio de aquellas estructuras que impiden la satisfacción de
esos derechos; tiene que incidir en el empeño por generar una
organización sociopolítica donde todos y todas puedan vivir con
la dignidad de personas.
·
Los derechos no son de la Iglesia, sino de las personas y de los
pueblos.
·
Atención especial merecen hoy los derechos humanos dentro de la
misma Iglesia: derecho a ser uno mismo y pensar por su cuenta
sin romper la comunión, derechos de los laicos y especialmente
de la mujer.
¿Cómo ha contemplado la Iglesia –Ministerio Pastoral y Laicos–
el sistema económico dominante que hoy atraviesa una profunda
crisis?
Hoy se ha impuesto el neoliberalismo económico cuya
ideología da prioridad al lucro sobre la dignidad de la
personas. Esta ideología se opone directamente al evangelio de
la fraternidad. En principio y en teoría la enseñanza oficial de
la Iglesia viene denunciando esa ideología, pero a veces uno
tiene la impresión de que en la práctica de vida, en el servicio
pastoral, ministros ordenados, laicos y religiosos seguimos
dentro del sistema vigente y funcionando con su misma ideología.
Urge una ruptura de práctica existencial con esa ideología.
Según el evangelio, es difícil que un rico, acostumbrado y
obsesionado en acaparar sólo para sí, acepte como valor
fundamental compartir lo que es y lo que tiene con los demás,
especialmente con quienes no tienen porque no pueden y porque no
saben.
Pero si la comunidad cristiana no emprende este camino de
conversión evangélica, será en nuestra sociedad como sal
insípida.
¿Hay posibilidad de encuentro entre los defensores de una ética
humanista sin Dios y los cristianos inspirados por la ética
evangélica?
Por mis encuentros y colaboración especialmente con
intelectuales cubanos que se dicen ateos, creo que sí. Ellos me
han enseñado que se puede ser humanista sin creer en Dios ni
tener una religión.
El Dios de Jesucristo no se impone desde fuera y por la fuerza;
por mi parte tampoco lo soportaría. Por supuesto, no me es
indiferente que los hombres y mujeres, mis hermanos, dejen
aflorar en sus vidas a ese Dios que, según mi fe cristiana, ya
los habita, pues creo que esta fe amplía el horizonte humano y
da nuevo impulso para una plena humanización; pero celebro que
todos seamos libres.
He comprobado que algunos de estos que se confiesan ateos tienen
una idea más exigente de la divinidad que los mismos creyentes
religiosos. Por lo demás ¿hemos pensado suficientemente que,
según el concilio, el ser humano «tiene una ley escrita por
Dios en su corazón en cuya obediencia consiste la dignidad
humana y por la cual será juzgado personalmente»? Se puede
fundamentar una ética humanista sin tener que recurrir a
creencias religiosas.
Debemos preguntarnos si la divinidad que, a través de los
cristianos han percibido muchos que hoy se llaman ateos
–agnósticos o indiferentes– coincide con el Padre de Jesucristo.
El humanismo no puede llegar a su radicalidad sin un Absoluto
que avale la dignidad inviolable de todo lo humano, que sea
Centro de referencia, ¿por qué debo ser bueno con una persona
que significa para mí un peligro?, ¿por qué no voy a defenderme
incluso con la violencia eliminando a ese enemigo?, ¿por qué
tengo que perdonar al que me ofende? Sólo si descubro en el
otro la huella de un Absoluto que ha escrito en su frente «no
matarás», es posible un humanismo hasta las últimas
consecuencias.
Los cristianos creemos que ese Absoluto es Alguien, que es
amor y no sabe más que amar, cuya imagen somos todos los seres
humanos.
Es posible que humanistas ateos, actuando desde su conciencia,
den otro nombre a este Absoluto, cuando ignorando o
malinterpretando el evangelio de Jesucristo y el significado de
la Iglesia «buscan no obstante a Dios con sincero corazón y
se esfuerzan, bajo el influjo de la gracia, en cumplir con obras
su voluntad, conocida mediante el juicio de la conciencia».
Lo que sí está claro es que los seres humanos, si pretenden ser
y actuar como centro absoluto, el desarrollo que vayan logrando
a la postre se vuelve contra la misma humanidad.
¿Qué puede y debería aportar en estos momentos al mundo de hoy
el Evangelio y la fe cristiana?
Hacer inolvidable a Jesucristo, «recreando» su conducta
que incluye tres notas inseparablemente unidas.
·
Intimidad con Dios que es amor, sin discriminaciones.
·
Compromiso histórico por construir la fraternidad, una sociedad
donde todos y todas puedan sentarse como seres libres y hermanos
en la única mesa de la creación.
·
Opción preferencial por los excluidos de esa mesa común.
Finalmente, ¿nos podría trazar las pinceladas fundamentales de
un cristiano auténtico e integral en el momento presente?
En una sociedad rabiosamente humanista y ansiosa de felicidad
frecuentemente se percibe a Dios y a la Iglesia como rivales de
lo que significa placer, bienestar, felicidad. Hay que practicar
el evangelio como una propuesta de vida, de bienestar y de
felicidad para todos. Una propuesta de vida y no de muerte.
Una propuesta de humanización no dominando a los otros, sino
trabajando para que también los otros puedan vivir y ser
felices.
En una sociedad insolidaria, hay que romper con la lógica
individualista del consumismo en nuestra coherencia de vida
personal y en el compromiso por cambiar las estructuras
injustas. Es imprescindible dejarnos impactar por el
sufrimiento de los excluidos, acoger el clamor de las víctimas,
y hacer que su voz sea conciencia crítica en nuestra forma de
vivir y en nuestros empeños por construir una sociedad cada vez
más justa.
En una sociedad postcristiana, hay que personalizar la fe,
madurar como creyentes, formar la conciencia, ofrecer una
conducta evangélica donde se reflejen a la vez la
experiencia de Dios revelado en Jesucristo y el apasionamiento
por la dignificación de todos los seres humanos con todos los
vivientes y su entorno creacional.
En una sociedad plural donde las palabras y promesas apenas
tienen valor, hay que hacer visible la identidad cristiana de
modo creíble. No creyéndonos superiores a los demás sino
modestamente y en diálogo con los otros –religiosos o no– para
caminar con ellos hacia la verdad completa. No tanto con
discursos intelectuales y sublimes teorías sino en una
práctica existencial de compromiso a favor de todos, desde
los pobres e indefensos, viviendo con espíritu de pobres,
compartiendo cuanto somos y tenemos para construir la
sociedad fraterna.
Actitudes y conducta que sólo se garantizan desde una fe viva,
entendida no sólo como creencias sino como encuentro personal
y comunitario con Jesucristo que da un horizonte nuevo y
nueva orientación a la existencia.
Sin la experiencia personal y comunitaria del Dios revelado en
Jesucristo, que mira siempre a la humanidad con amor y
esperanza, dando vida y aliento a todos y a todo, no hay futuro
para la Iglesia.
Entrevista realizada por la
Redacción de Noticias Obreras (HOAC)