A
LA IGLESIA DE DIOS QUE ESTÁ EN ESPAÑA
Somos conscientes de que este escrito es un procedimiento
extraordinario, pero nos parece que también es
extraordinaria la causa que lo motiva: la pérdida de
credibilidad de la institución católica, en toda Europa,
y que en buena parte es justificada, está alcanzando
cotas preocupantes. Este descrédito puede servir de
excusa a muchos que no quieren creer, pero es también
causa de dolor y desconcierto para muchos creyentes. A
ellos nos dirigimos principalmente.
La Iglesia fue definida desde antiguo como santa y pecadora, “casta
prostituta”. Crisis graves no han faltado nunca en su
historia, y la actual puede dolernos pero no
sorprendernos.
Toda crisis es siempre una oportunidad de crecimiento, si
sabemos en estos momentos “no avergonzarnos del
Evangelio” y amar a nuestra madre. Sabiendo que el amor
a una madre enferma no consiste en negar o disimular su
enfermedad sino en sufrir con ella y por ella. Si
deseamos una Iglesia mejor no es para militar en el club
de los mejores, sino porque Jesucristo se la merece.
1.- No hay aquí espacio para largos análisis, pero
nos parece claro que la causa principal de la crisis es
la infidelidad al Vaticano II y el miedo ante las
reformas que exigía a la Iglesia. Ya durante el Concilio
se hicieron durísimas críticas a la curia romana. Más
tarde Pablo VI intentó poner en marcha una reforma de
esa curia, que ésta misma bloqueó.
Es muy fácil después convertir a un papa concreto en cabeza
de turco de los fallos de la Curia. Pero nosotros
preferimos expresar desde aquí nuestra solidaridad con
Benedicto XVI, a nivel personal y a pesar de las
diferencias que puedan existir a niveles ideológicos:
porque sabemos que los papas no son más que pobres
hombres como todos nosotros, que no deben ser
divinizados. Y que si algún error grave se cometió en
todos los pontificados anteriores fue precisamente el
dejar bloqueada esa urgente reforma del entorno papal.
2.- Una de las consecuencias de ese bloqueo es el
injusto poder de la curia romana sobre el colegio
episcopal, que deriva en una serie de nombramientos de
obispos al margen de las iglesias locales, y que busca
no los pastores que cada iglesia necesita, sino peones
fieles que defiendan los intereses del poder central y
no los del pueblo de Dios.
Ello tiene dos consecuencias cada vez más perceptibles: una
es la doble actitud de mano tendida hacia posturas
lindantes con la extrema derecha autoritaria (aunque
sean infieles al evangelio e incluso ateas), y de golpes
inmisericordes contra todas las posturas afines a la
libertad evangélica, a la fraternidad cristiana y a la
igualdad entre todos los hijos de Dios (tan
clamorosamente negada hoy).
Otra consecuencia es la incapacidad para escuchar, que hace
que la institución esté cometiendo ridículos mayores que
los del caso Galileo (porque éste, aunque tenía razón en
su intuición sobre el movimiento de los astros, no la
tenía en sus argumentos; mientras que hoy la ciencia
parece suministrar datos que la Curia prefiere
desconocer: por ejemplo en problemas referentes al
inicio y al fin de la vida). La proclamada síntesis
entre fe y razón se ve así puesta en entredicho.
3.- Pero más allá de los diagnósticos, quisiéramos
ayudar a actitudes de fe animosa y paciente para estas
horas negras del catolicismo romano. Dios es más grande
que la institución eclesial, y la alegría que brota del
Evangelio capacita hasta para cargar con esos pesos
muertos.
No vamos a romper con la Iglesia, ni aunque hayamos de
soportar sus iras. Pero tememos la lección que nos dejó
la historia: las dos veces en que el clamor por una
reforma de la Iglesia fue universal y desoído por Roma,
están relacionadas con las dos grandes rupturas del
cristianismo: la de Focio y la de Lutero. Ello no
significa que la ruptura fuese legítima: sólo queremos
decir que no pueden tensarse las cuerdas demasiado.
Tampoco vamos a romper, porque la Iglesia a la que amamos
es mucho más que la curia romana: sabemos bien que
apenas hay infiernos en esta tierra donde no destaque la
presencia callada de misioneros, o de cristianos que dan
al mundo el verdadero rostro de la Iglesia.
Durante gran parte de su historia, la Iglesia fue una
plataforma de palabra libre. Hoy nadie creerá que un
santo dulce como Antonio de Padua pudiera predicar
públicamente que mientras Cristo había dicho “apacienta
mis ovejas”, los obispos de su época se dedicaban a
ordeñarlas o trasquilarlas.
Ni que el místico san Bernardo escribiera al papa que no
parecía sucesor de Pedro sino de Constantino, para
seguir peguntando: “¿hacían eso san Pedro o San Pablo?
Pero ya ves cómo se pone a hervir el celo de los
eclesiásticos para defender su dignidad”. Y terminar
diciendo: “se indignan contra mí y me mandan cerrar la
boca diciendo que un monje no tiene por qué juzgar a los
obispos. Más preferiría cerrar los ojos para no ver lo
que veo”...
Precisamente comentando este tipo de palabras, escribía en
1962 el papa actual (en un artículo titulado “libertad
de espíritu y obediencia”): “¿es señal de que han
mejorado los tiempos si los teólogos de hoy no se
atreven a hablar de esa forma? ¿O es una señal de que ha
disminuido el amor, que se ha vuelto apático y ya no se
atreve a correr el riesgo del dolor por la amada y para
ella?”.
Así quisiéramos hablar: no nos sentimos superiores, pues
conocemos bien, en nosotros mismos, cuál es la hondura
del pecado humano. La Escritura enseña que el destino
del profeta no es el protagonismo sino la incomprensión;
y ante eso nos obligan las palabras del apóstol Pablo:
“si nos ultrajan bendeciremos, si nos persiguen
aguantaremos, si nos difaman rogaremos”. Pero nos
sentimos llamados a gritar porque también hay allí una
imprecación impresionante que tememos tenga aplicación a
nuestro momento actual: “¡por vuestra causa es
blasfemado el nombre de Dios entre las gentes!”.
“Fijos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe”
sabemos que podemos superar estos momentos duros sin
perder la paciencia ni el buen humor ni el amor hacia
aquellos que nos hacen sufrir. Este es el testimonio que
quisiéramos dar con estas líneas.
Juan Antonio
Estrada, Imanol Zubero
y más de 500
firmas