CAÑIZARES: LA INVERSIÓN
DE LOS DERECHOS HUMANOS
Como es sabido, el cardenal Antonio Cañizares ha hecho
recientemente unas declaraciones a la televisión autonómica
catalana (TV3) en las que, reconociendo que “son totalmente
condenables” los abusos sexuales de niños que se han
cometido en colegios católicos de Irlanda (y de otros
países, también en España), ha afirmado que “no es
comparable lo que haya podido pasar en unos cuantos
colegios, con los millones de vidas destruidas por el
aborto”. Como es lógico, esta afirmación ha dado pie a que
mucha gente piense que el cardenal ve peor abortar que
abusar de niños.
No voy a entrar en la polémica que las declaraciones de
Cañizares han suscitado. Sólo quiero fijarme en una de las
razones que ha aducido el cardenal para justificar lo que ha
dicho.
Su punto de vista es que un Gobierno que permite el aborto
(por más que sólo sea en determinados casos) indica con eso
“el desconoci-miento de la dignidad de la persona y el
desconocimiento de los derechos humanos”.
A mí me parece que los dirigentes de la Iglesia deberían ser
muy cautos cuando hablan de derechos humanos. Porque
precisamente el Estado de la Ciudad del Vaticano, como
Estado asociado a Naciones Unidas que es, a estas alturas no
ha firmado los Tratados Internacio-nales sobre derechos
humanos, aprobados en la Asamblea General de la ONU el 16 de
diciembre de 1966.
Con lo que el Vaticano está afirmando que, en definitiva, no
acepta la Declaración Universal sobre derechos humanos
aprobada el 10 de diciembre de 1948. Y es que, en última
instancia, la Iglesia católica sigue manteniendo y enseñando
una teología que es incompatible con los derechos humanos.
Con un ejemplo basta: según las enseñanzas de la Iglesia,
las mujeres no tienen, ni pueden tener, los mismos derechos
que los hombres. Con lo que, de entrada, se hace imposible
aceptar el artículo primero de la Declaración.
Por otra parte, es conveniente saber que la Iglesia católica
está organizada jurídicamente según el modelo de las
antiguas monarquías absolutas en las que todo el poder
estaba concentrado en un solo hombre, el soberano, que, en
el caso de la Iglesia, es el papa.
Para quienes puedan manejar el Código de Derecho Canónico,
remito a los cánones 331, 333, 1404, 1372 y 1442. A la vista
de lo que se dice en esa legislación, en la Iglesia católica
nadie tiene derecho a nada.
Porque, si es que hablamos de “derecho” en sentido propio,
una persona tiene un derecho sólo cuando, si se ve privada
de ese derecho, puede hacer una demanda, es decir poner una
denuncia, con garantías de conseguir aquello de lo que esa
persona se ve privada. Pero en la Iglesia no se puede hacer
eso.
Así las cosas, lo peor que pueden hacer los clérigos es
echar mano de los derechos humanos cuando les conviene para
justificar plantea-mientos que, si el asunto se piensa en
serio, enseguida se da uno cuenta de que, en realidad, lo
que hacen con frecuencia los apologistas eclesiásticos de
los derechos humanos es incurrir en una auténtica
“inversión” de los mismos.
Es decir, se invocan los derechos humanos para justificar la
privación de tales derechos. O, al menos, para dar a
entender que es más contrario a esos derechos el aborto que
el abuso sexual de niños. Decir semejante cosa es, por lo
menos, un despropósito que no tiene pies ni cabeza.
Primero, porque los documentos de Naciones Unidas sobre
derechos humanos nunca hablan de los derechos del embrión o
del feto, sino de los derechos del niño, es decir, del
nacido.
Segundo, porque un cardenal, que se pone a hablar de
derechos humanos, se expone a que le digan (con fundamento)
que arregle primero los asuntos de su propia casa (la
Iglesia) y entonces podrá empezar a pensar si es pertinente
que se meta a organizar los asuntos que corresponden a la
casa del vecino (el Estado).
Tercero, porque un dirigente religioso, como cualquier otro
ciudadano, puede expresar sus opiniones sobre asuntos que
conciernen a todos los ciudadanos, pero lo que no puede
hacer es dar a entender o insinuar que los “pecados” son
“delitos”. Pero resulta que abundan los clérigos que, cuando
se refieren al aborto, hablan de “crimen”, “asesinato”,
“homicidio”..., es decir, usan términos que son más propios
del Derecho que de la Religión.
Cuarto, si hablamos de la Iglesia y los derechos humanos, lo
más escandaloso no es lo que algunos clérigos dicen sobre
este asunto, sino lo que no dicen. Los silencios de la
Iglesia sobre las violaciones de los derechos humanos son
uno de los asuntos más turbios que hemos vivido en los
últimos tiempos. Baste pensar en los silencios de los papas
ante las atrocidades que han cometido tantos dictadores con
los que el Vaticano ha mantenido excelentes relaciones.
Quinto, el momento que ha elegido Cañizares para hacer estas
decla-raciones, en las que ataca duramente al Gobierno del
PSOE, da motivo para sospechar que, detrás del tema del
aborto, hay un interés electoralista. Es curioso que, en
vísperas de elecciones, suele salir algún alto mandatario de
la Iglesia diciendo cosas que favorecen claramente a la
derecha política.
Es un hecho que, desde hace algunos años, es frecuente que
las intervenciones públicas del papa y de no pocos obispos
dan que hablar y hasta generan polémicas que enfrentan a los
ciudadanos.
No sabemos si estas polémicas y enfrentamientos ayudan a los
ciudadanos a ser mejores ciudadanos y, en el caso de los
creyentes, a ser mejores creyentes. Lo que sí sabemos con
seguridad es que, con este tipo de comportamientos, los
“hombres de Iglesia” están consiguiendo tres cosas:
1) Que se hable bastante del papa y de los obispos.
2) Que la población (y la Iglesia) esté cada día más
dividida y hasta enfrentada.
3) Que una enorme franja del tejido social se sienta cada
día más alejada de la Iglesia, de la Religión y de Dios.
No sé si con todo esto, los obispos consiguen que haya menos
abortos y más respeto a los niños. No sé si por este camino
vamos a llegar a la anhelada meta de un mundo más habitable
y más humano. Lo que sí sé es que la Iglesia está cada día
más desprestigiada y va aumentando el número de personas que
no quieren saber nada ni de la Religión ni de Dios. Lo que
hace pensar que a los obispos les está saliendo el tiro por
la culata.
José M. Castillo