FUNERAL por JOSÉ MARÍA MARDONES
SALUDO
Queridos hermanos: nuestro hermano y amigo, Txema, nos ha
dejado. Presentemos su vida, su persona, sus afanes,
su esperanza y también sus debilidades, al Padre de
la Vida, que hace 62 años le creó para conducirle a
la plenitud.
Nos sentimos todos muy unidos a él, a Dios que es Padre y
Madre, a quien damos gracias por el regalo de la
vida de Txema.
RESUCITÓ
Resucitó, resucitó, resucitó, aleluya. Aleluya,
aleluya, aleluya, resucitó.
La muerte, dónde está la muerte, dónde está mi
muerte, dónde su victoria.
Gracias sean dadas al Padre que nos pasó a su reino, donde
se vive de amor. Alegría, alegría hermanos, que si
hoy nos queremos, es que resucitó.
Si con él morimos, con él vivimos, con él cantamos,
aleluya.
PERDÓN
Señor Jesús, tú que eres fuente de vida y
resurrección, Señor, ten piedad.
Cristo, que nos enseñaste a vivir confiados en el
amor del Padre, Cristo, ten piedad.
Señor, que eres camino, verdad y vida, Señor, ten
piedad.
EL SEÑOR ES MI PASTOR
(Salmo 22)
El Señor es mi pastor, nada me falta.
En verdes prados me apacienta,
me conduce hacia fuentes de descanso y repara mis
fuerzas.
Me guía por caminos de justicia por el amor de su
nombre.
Aunque pase por cañadas oscuras, no tengo miedo a
nada,
pues tú estás junto a mí, tu vara y tu cayado me dan
seguridad.
Tú preparas ante mí una mesa frente a mis
adversarios,
me unges la cabeza con perfume, y mi copa está
rebosante.
Sí, tu gracia y tu bondad serán mis compañeras
todos los días de mi vida,
y
viviré en la casa del Señor por siempre jamás.
Carta de Pablo a los romanos
(8, 31-39)
¿Cabe decir más? Si Dios está a favor nuestro, ¿quién podrá
estar en contra?
Aquel que no escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó
por todos nosotros ¿cómo es posible que con él no
nos lo regale todo?
¿Quién será el fiscal de los elegidos de Dios? Dios, el que
perdona. Y ¿a quién tocará condenarlos? Al Mesías
Jesús, el que murió, o, mejor dicho, resucitó, el
mismo que está a la derecha de Dios, el mismo que
intercede en favor nuestro.
¿Quién podrá privarnos de ese amor del Mesías?
¿Dificultades, angustias, persecuciones, hambre,
desnudez, peligros, espada?
Dice la Escritura: Por ti estamos a la muerte todo el día,
nos tienen por ovejas de matanza (Sal 43,23).
Pero todo eso lo superamos de sobra gracias al que nos amó.
Porque estoy convencido de que ni muerte ni vida, ni
ángeles ni soberanías, ni lo presente ni lo futuro,
ni poderes, ni alturas, ni abismos, ni ninguna otra
criatura podrá privarnos de ese amor de Dios,
presente en el Mesías Jesús, Señor nuestro.
Evangelio de Juan
(20, 11-18)
María se había quedado junto al sepulcro, fuera,
llorando. Sin dejar de llorar, se asomó al sepulcro
y vio dos ángeles vestidos de blanco sentados uno a
la cabecera y otro a los pies, en el lugar donde
había estado puesto el cuerpo de Jesús.
Le preguntaron ellos:
-Mujer, ¿por qué lloras?
Les dijo:
-Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han
puesto.
Dicho esto, se volvió hacia atrás y vio a Jesús de
pie, pero no sabía que era
Jesús. Jesús le preguntó:
-Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?
Ella, pensando que era el hortelano, le dice:
-Señor; si te lo has llevado tú, dime dónde lo has
puesto y yo me lo llevaré.
Le dice Jesús:
-María.
Volviéndose ella, le dijo en su lengua:
-Rabbuni
(que equivale a «Maestro»).
Le dijo Jesús:
-Suéltame, que aún no he subido con el Padre para
quedarme. En cambio, ve a decirles a mis hermanos:
“Subo a mi Padre, que es vuestro Padre, mi Dios y
vuestro Dios».
María fue anunciando a los discípulos:
-He visto al Señor en persona, y me ha dicho esto y
esto.
HOMILÍA
Querido Txema: te has ido sin despedirte. Te has ido
sin decir nada. Cosa bien rara en ti, porque eras de
comentar y razonar mucho las cosas.
Ayer, cuando estábamos viendo el partido de fútbol de la
selección, comentabas con pasión las incidencias. Al
equipo suplente lo veías flojo, tus comentarios
espontáneos mostraban tu desagrado. Luego, en un
momento dado, hiciste unas respiraciones extrañas,
que nunca antes había oído. Lo tomé a broma.
“¡Txema, qué andas!”. Lo repetí varias veces. Ante tu
silencio, me acerqué, palpé tu cuerpo y me di cuenta
de la gravedad del momento.
Enseguida vino un equipo del Samur, Hicieron lo indecible
por reanimarte, pero todo fue en vano. A las seis y
cuarto certificaron tu fallecimiento.
Esta mañana sonó tu despertador a las 7,30. Otros días lo
apagabas tú. Hoy no has podido hacerlo. Lo he hecho
yo. Tu habitación sigue igual. Allí estaba en el
suelo tu cartera gruesa, tus pertenencias, tus
libros, tus escritos, tus recuerdos todos. Sólo
faltabas tú. Tú ya no estabas.
Esta última semana, Txema, estabas dedicado con ilusión a
la elaboración de un libro: “Las nuevas imágenes de
Dios”. Me diste los tres primeros capítulos para que
los revisara. Lo hice y te dí mi impresión en la
mañana de ayer.
Dios no es alguien terrible, decías, sino un Padre con
entrañas de misericordia. Dios es amor y todo lo
hace por amor. Quiere envolvernos en su amor,
invitándonos a acoger y desarrollar esta potencia
creadora.
No hay cosa más nefasta, decías, que una mala imagen de
Dios. Detrás de muchos conflictos humanos y
psicológicos subyace un problema religioso. Por eso
te dedicaste en cuerpo y alma a iluminar nuestras
mentes de acuerdo con una teología y antropología
serias.
Gracias, Txema, por tu ingente labor. Gracias por ser un
faro potente en nuestra condición de itinerantes
hacia la plenitud.
Sin duda, querido José María, subrayarías aquellas palabras
del ilustre Miguel de Unamuno que exclamaba: “Si del
todo morimos todos, ¿para qué todo? ¿para qué? No
quiero morirme, no; no quiero, ni quiero quererlo;
quiero vivir siempre y vivir yo, este pobre yo que
me soy y me siento ser ahora y aquí”.
Querido Txema: hoy nos has trastocado el fin de semana.
Ahora deberíamos haber estado en un día de retiro en
las Matas. Querías darnos luz sobre el misterio de
la Resurrección. Y tú, sin duda, ya lo has
experimentado. Pero estamos ahora celebrando en este
lugar tu despedida definitiva.
Eras especialmente devoto de Romanos, 8, 31 a 39: si Dios
está a favor nuestro, ¿quién podrá estar en contra?
¿quién podrá privarnos de ese amor del Mesías?
¿dificultades, angustias o la misma muerte? Pero
todo eso lo superamos de sobra gracias al que nos
amó.
Tú, Txema, como la Magdalena de Juan, te empeñaste en
buscar a Jesús, el viviente, y experimentaste al
fin, como ella, que el Maestro o Rabbí nazareno se
volviera sobre ti y te llamara por tu nombre: ¡¡Txema!!
Para acabar, querido Txema, permíteme poner en tus labios
estas palabras de despedida.
“La débil luz de mi existencia se ha apagado y mi
habitación se ha quedado vacía. Llevo conmigo los
recuerdos todos. No lloréis. Sólo os pido una
palabra amable y una sentida plegaria.
Dejo la playa de la vida y me adentro en el ancho mar.
Abandono la ciudad de los vivos y me sumerjo en el
Ser que sustenta mi vida. Me han llamado por mi
nombre y dejo todo y me voy.
Cuando la flauta suene penetrante y sus notas anuncien
vuestra partida definitiva, no sintáis miedo alguno
en vuestras entrañas. Saldrá la estrella de la tarde
y el crepúsculo se abrirá tras el pórtico del Rey.
Adiós, hasta que la luz sin ocaso nos envuelva a todos en
una gran fiesta de hermanos.”
PRECES
Por todos los fieles difuntos, especialmente por Txema,
para que gocen y descansen eternamente en los brazos
amorosos del Padre Dios.
Por todos los creyentes, para que vivan dando gracias a
Dios por la vida y sepan acoger el misterio de la
muerte, con la esperanza de quien camina a su patria
definitiva.
También te pedimos por nosotros, familiares y amigos de
Chema, para que sigamos unidos a él y su recuerdo
nos anime a seguir buscando la plenitud en el camino
hacia el Padre.
ANÁFORA
Verdaderamente es justo darte gracias,
Padre de Jesús y Padre nuestro.
Si Tú nos acompañas a lo largo de la vida,
¿cómo vamos a perdernos en la muerte?
Si tu presencia hace pleno nuestro ser,
¿cómo vamos a hundirnos en la nada?
Señor Dios nuestro,
reconocemos que al final de nuestra vida,
tan difícil de comprender,
atisbamos el fondo de nuestra humanidad.
¿Cómo comprender que este inevitable fin
es el comienzo de otra cosa en la continuidad de la vida?
¿Cómo aceptar que la hora de nuestra muerte
es la hora de un encuentro pleno con el único amor?
Tú sólo eres, Señor, la respuesta a esta angustia.
Te damos gracias, Padre,
porque tu hijo Jesús, resucitado da sentido a nuestra vida.
Por eso, queremos proclamar tu gloria.
Padre, tu hijo Jesucristo puso su tienda entre nosotros
para compartir nuestra vida
y para que nosotros compartiéramos la tuya.
Vivió como nosotros vivimos, murió como todos morimos,
pero con la certeza de que Tú le acompañabas
hasta el seno mismo de la muerte.
Ofrendó su larga noche para vivir tu amanecer luminoso,
por eso se convirtió en el viviente.
Te rogamos, pues, Padre de bondad que envíes tu espíritu
sobre este pan y este vino, de manera que sean para
nosotros
Cuerpo y Sangre de Jesucrito, hijo tuyo y Señor nuestro.
El mismo, la víspera de su pasión,
mientras estaba a la mesa con sus discípulos,
tomó pan, te dio gracias, lo partió y se lo dio diciendo:
tomad y comed todos de él, porque esto es mi cuerpo,
que será entregado por vosotros.
Del mismo modo, tomó el cáliz lleno de vino,
te dio gracias con la plegaria de bendición
y lo pasó a sus discípulos diciendo:
tomad y bebed todos de él porque este es el cáliz de mi
sangre,
sangre de la alianza nueva y eterna,
que será derramada por vosotros y por todos los hombres,
para el perdón de los pecados.
Haced esto en memoria mía.
Te bendecimos, Padre, porque Jesús, nuestra vida,
vive resucitado y glorioso junto a ti y junto a nosotros.
Te ofrecemos, Padre de los vivientes, la memoria de Cristo,
junto con nuestra vida humana,
la comunidad de los que creen en Ti
y la de aquellos que no te conocen.
Hoy, Padre, queremos encomendarte a Txema.
Te damos gracias porque sabemos que eres fiel
y vuelves a dar vida a los que amas.
Gracias por la resurrección de tu hijo Jesús
y por la promesa de nuestra futura resurrección.
Te encomendamos, Señor, a todos los presentes.
Te rogamos que nos conserves el corazón abierto a la
esperanza.
Te pedimos que no rehusemos la muerte y que la aceptemos
como semilla de vida, como la aceptó tu hijo Jesucristo.
Con Cristo, con él y en él, a Ti, Dios Padre omnipotente,
en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria,
por los siglos de los siglos. Amén.
PADRENUESTRO
Nuestro destino es el hogar del Padre.
Será la plenitud de lo que ya nos es posible vivir ahora,
pues le llamamos “Padre” a Dios y nos sentimos hijos suyos.
Unámonos a Txema,
que tantas veces rezó con nosotros esta oración.
LA MUERTE NO ES EL FINAL
Tú nos dijiste que la muerte no es el final del camino,
que, aunque morimos no somos carne de un ciego destino.
Tú nos hiciste, tuyos somos, nuestro destino es vivir
Siendo felices contigo, sin padecer ni morir.
Cuando la pena nos alcanza por un hermano perdido,
cuando el adios dolorido busca en la fe su esperanza,
en tu palabra confiamos con la certeza que Tú
ya le has devuelto a la vida, ya le has llevado a la luz.
Cuando, Señor, resucitaste, todos vencimos contigo.
Nos regalaste la vida, como en Betania al amigo.
Si caminamos a tu lado, no va a faltarnos tu amor,
porque muriendo vivimos vida más clara y mejor.
Madrid, 24 de junio de 2006
Funeral presidido por su compañero Pedro Olalde