SED DE VENGANZA
Con tanta frecuencia es “noticia” en los medios de
comunicación la venganza, que fácilmente ya nos pasa
desapercibida. Es como si vistiéramos una coraza ante la
barbarie, como lo hacemos ante la hambruna, la
corrupción política o el silencio ante los culpables
reales de los desajustes económicos mundiales.
Sin embargo en esta semana especialmente teñida por
noticias que piden ajusticiamiento de culpables, nos
hiere de forma insoportable el caso de Troy Davis.
Troy tenía 42 años y había pagado ya 20 años de
reclusión en una prisión del Estado de Georgia (uno de
los estados más segregacionistas de EEUU), condenado
desde 1991 a ser ejecutado con la inyección letal
acusado de la muerte de un policía. Siete de los nueve
testigos que declararon en su contra se habían
retractado reconociendo que tuvieron presiones por parte
de la policía en sus declaraciones iniciales. Sin
muestras de ADN que le inculparan, sin pruebas fiables
de balística sobre el arma en cuestión. Posiblemente
inocente, o quizás, culpable de esa locura.
Pero, ¿qué nos pasa a los seres humanos que para ejercer
la justicia necesitamos de la venganza y la crueldad
sobre los que consideramos culpables? Hemos avanzado de
forma deslumbrante en miles de aspectos de nuestra
humanidad y nuestra inteligencia es capaz de llegar a
lugares recónditos, sin embargo seguimos anclados en
mecanismos tan destructivos que avergonzarían a
cualquier animal no racional si tuviera la capacidad de
analizarnos.
Unos días antes de la ejecución, tuve el desagrado de
ver en el telediario al hijo y a la esposa del Mark
Savannah, el policía que murió supuestamente a manos del
joven de 22 años, Davis, de raza negra. Había tanto odio
en sus ojos y en los de la madre; los dos deseosos de
asistir a la ejecución, para por fin descansar.
Me pregunté quién les educó en la venganza, haciendo de
ellos dos seres atados al resentimiento, o el odio,
ligando la satisfacción de su vida a la ejecución de
alguien.
¡Cuánto sufrimiento inútil! ¡Qué absurdo acrecentar el
dolor inevitable que ya la vida nos va poniendo en el
camino! ¡Qué desastre moral y psicológico el tener que
recurrir a los tormentos, las torturas, las ejecuciones
de culpables o de inocentes (lo mismo da), el someter a
los que consideramos culpables, en definitiva, al
linchamiento social!
Anoche pensando en Troy, intentaba comprender qué ha
supuesto en un chico de 22 años llegar a hacerse un
hombre de 42 entre rejas, en la más absoluta y cruel
privación de la libertad. Sin familia, sin relaciones
afectivas, sin apenas, o quizás ningunas, llamada
telefónica de una amiga o amigo para contarle cuatro
tonterías y reírse un rato. Sin poder ver las hojas de
los árboles caer preparando el otoño, sin contemplar los
tonos de verde que la luz del sol va marcando según se
hace presente entre la naturaleza. Sin ver el mar cómo
acaricia la arena suave o bruscamente. ¡Qué poco habrá
reído, abrazado, besado! Ya llevaba 20 años muriendo
diariamente ante el único testigo de las injusticias de
las prisiones: sus muros. No necesitaban matarlo por su
supuesta monstruosidad; veinte años de prisión han de
haber hecho su propia labor.
Quisiera lanzar un grito fuerte a la sociedad que
convocara a jueces, psicólogos, psiquiatras, educadores
sociales, pedagogos, sanadores humanos de la
profundidad, mujeres y hombres inteligentes y
preocupados por la humanidad sin otro interés que ese:
buscar juntos cómo dar respuestas sanas a los que no se
comportan sanamente con sus semejantes y dañan. Que
buscásemos entre todos caminos nuevos para la redención.
No quiero negar el desánimo que socialmente siento ante
estas noticias. Esta mañana Amnistía Internacional me
mandaba un mensaje que titulaba: “Una muy mala noticia”,
y dentro, un lema: Yo también soy Troy Davis. Es cierto,
hemos muerto algo todos los humanos. Hemos perdido otra
batalla de nuestra altura moral y de la razón. Los que
matan a sus semejantes siempre mueren en sus asesinatos.
En estos momentos rememoro la Palestina del tiempo de
Jesús y su injusticia y me pregunto cómo supo Jesús ver
entre el desastre y la injusticia opresora que algo
nuevo surgía y estaba presente: el Reino de un Dios solo
Justicia y Amor que era promesa y anuncio de esperanza,
pero también realidad.
Y he sentido que ese Reino sigue presente y vivo en
medio de nuestros dolores y sinsentidos, creciendo
lentamente entre las firmas de petición de perdón, entre
los que han pasado la noche con velas encendidas para
hacerse más presentes, o en tantas otras luchas que no
son noticia, pero que están. En los pasos diarios que
todos podemos dar para que cambien las cosas.
Este puede ser un medio para animar a tantas y tantos
que han marchitado vidas entre prisiones de amargura y
escuchar sus dolores; que tomen la palabra y hablen
ellos. Así sabríamos de sus propias bocas qué inútiles
son esos mecanismos para ejercer la justicia, cómo
rompen las vidas, cuántos inocentes caen en sus trampas.
Quizás entenderíamos que solo repara, que solo
reinserta, que solo equilibra y regenera la libertad, el
per-dón, el don de la oportunidad, aun inmerecida, pero
siempre nueva oferta de oportunidad.
Faltan esos testimonios en los medios de comunicación,
en las redes sociales, en las webs, en cualquier espacio
que dé lugar para crear reflexión. Debemos obligarnos a
buscar entre todos nuevas formas de tratar lo que daña y
hace mal a otros, pero sin represión, sin coerción.
Desde parámetros nuevos reinventados y escuchando a los
que lo han vivido en sus carnes y quizás puedan aportar
otros modos.
Matilde Gastalver