A NUESTROS HIJOS
No tengo hijos. Pero, obviamente, soy hijo, junto a
otros siete hermanos. Pero si me faltan hijos
biológicos, los tengo espirituales o por vínculos de
parentesco. Los sobrinos son 16. Sobrinos nietos,
14, de los cuales nueve menores de cinco años.
Cuando se habla del legado a los hijos hay quien
inmediatamente piensa en dinero. Está bien que los
padres quieran hacer algunos ahorros pensando en el
futuro de sus vástagos. Pero… ¡cuidado! No es dinero
lo que un hijo espera principalmente de sus padres,
aunque no sepa expresarlo. Es amor, amistad, apoyo y
sobre todo ejemplo de vida. Thomas Mann decía que un
buen ejemplo es el mejor legado de los padres a los
hijos.
Aunque los padres, zarandeados por la rueda de la
fortuna, dejen a sus descendientes gruesas fortunas,
éstas no debieran ser el principal legado. Nada más
peligroso para un joven que centrar su autoestima en
la cuenta bancaria o en el patrimonio familiar. Es
el camino mejor para volverse arrogante, prejuiciado
y vulnerable a las drogas. Sobre todo a la cocaína,
cuyo efecto anaboliza la prepotencia. Al primer
revés, el heredero se irá al abismo, por no estar
preparado para enfrentar la realidad.
Quien no se siente valorado subjetivamente corre el
peligro de querer alimentar su autoestima a través
de valores financieros y patrimoniales. El tener
suplantando al ser. Como el deseo tiene hambre de
infinito, el tamaño de la ambición suele tener la
medida de la profundidad de la frustración. En la
Roma antigua los filósofos aconsejaban considerar lo
necesario como suficiente. Un sabio consejo para
saber lidiar con la avasalladora pulsión consumista
que asola el mundo.
Educación y espiritualidad
El mejor legado para los hijos es, sin duda, una
buena educación. No me refiero sólo a la
escolaridad, que es imprescindible. Las encuestas
comprueban que, en el mercado del trabajo, el nivel
del salario corresponde al de la escolaridad.
Conocimiento es poder.
La educación ética debiera ser el principal legado a
los hijos. Y ésta proviene del ejemplo de los
padres. Éstos deben escoger: ¿infundir en los hijos
actitudes de competitividad o de solidaridad? El
profesor Milton Santos, de la USP, enfatizaba la
importancia de perseguir los bienes infinitos, no
sólo los finitos. Esta advertencia cobra especial
importancia en este mundo desimbolizado,
desencantado, en que vivimos, donde se carece de
apertura a los valores trascendentales.
En su Metafísica de las costumbres, advierte Kant:
"Todo tiene o precio o dignidad. Lo que tiene precio
puede ser sustituido por su equivalente; al
contrario, lo que no tiene precio, ni por tanto
equivalente, es lo que tiene dignidad". En otras
palabras, el saludable orgullo de ser ético se
contrapone a la miserable satisfacción de ser
astuto.
Un niño no debe ser orientado al consumo sino al
aprendizaje, a los juegos y fantasías. Un joven será
tanto más ciudadano cuanto más se le inculquen
esperanzas altruistas, ideales, sentido de vida y
utopías.
Todo niño es mimetista. Si sus padres dicen que toda
persona merece respeto y al mismo tiempo tratan a la
doméstica como esclava virtual, con seguridad que el
hijo hará lo mismo cuando sea adulto. Y lo mismo en
lo tocante a la preservación o degradación
ambiental.
El legado moral consiste en evitar que el hijo se
haga prejuiciado, mentiroso, envidioso, y sepa
tratar a cada ser humano con pleno respeto a su
dignidad y a sus derechos. Sobre todo, que tenga
espíritu crítico y disposición de hacer el mundo
menos desigual y más justo.
Todos seguimos el episodio reciente, en Rio de
Janeiro, en que un joven no respetó la señalización
de "prohibido el tránsito" en un túnel en obras y
mató a Rafael, de 18 años, hijo de la actriz Cissa
Guimarães. Según el noticiero el padre del joven
homicida habría sobornado a los policías encargados
de castigarlo. De tal padre tal hijo.
Esto vale también para otros sectores de la vida.
¿Cómo vamos a quejarnos por el hijo obeso si los
padres se llenan en la mesa, engullendo azúcares y
grasas saturadas?
Con frecuencia me consultan padres de adolescentes
acerca de cómo actuar ante la indiferencia religiosa
de sus hijos. Mi primera reacción es decir que la
pregunta llega con diez años de retraso. Si los
hijos tuvieran 6 u 8 años, y no 16 o 18, yo sabría
qué aconsejarles: oren con ellos, lean y comenten la
Biblia, tomen en serio el carácter religioso de
fechas como Pascua, Navidad o, en caso de que no
sean cristianos, las efemérides propias de su
denominación religiosa.
Y ejercítenlos en la cada vez más rara virtud de la
tolerancia. Dios no tiene religión. Enseñen a sus
hijos a no considerar la diferencia como
divergencia.
Por ley natural los padres mueren o transviven antes
que sus descendientes. Pregúntense: ¿qué imagen
dejarán ustedes en la memoria de sus hijos?
Acuérdense de sus propios padres y abuelos. ¿Qué
legados positivos y negativos grabaron ellos en su
memoria afectiva? ¿Dejaron nostalgias?
La parábola
Un hombre muy rico, atacado por una grave dolencia y
advertido por los médicos, convocó a sus hijos y
nietos para comunicarles la herencia que les iba a
dejar. Se presentaron todos, ansiosos, en el
hospital. Y formaron un gran corro alrededor del
lecho.
Dada la orden, el abogado del enfermó abrió un
maletín y distribuyó a los herederos cajas de
fósforos, una para cada uno. Decepcionados, se
miraron de reojo y al abrir la cajita encontraron
unas pequeñas semillas. El hombre, tomando en sus
manos una de las cajas, explicó: "Esta semilla es la
del amor; ésta, de la solidaridad; esta otra, de la
compasión; ésta, de la amistad; y aquélla, del
perdón. Si ustedes saben cultivarlas van a ser
felices". Y añadió: "La fortuna que acumulé será
destinada a obras sociales".
Frei Betto
Adital
Traducción de J.L.Burguet