Un mundo en emergencia
Nos envuelve la noche
de
una crisis global que no afecta igual a todo el mundo:
la noche de la injusticia, de la pobreza, del hambre de
millones de seres humanos que provoca migraciones
masivas; la noche de la corrupción y la impunidad; la
noche de la compraventa de mujeres y niños; la noche
ecológica que amenaza la vida del planeta; la noche en
la defensa real de los derechos humanos; la noche de las
grandes utopías, de las instituciones, de las grandes
religiones, de la institución eclesial, de la
disminución y envejecimiento de las congregaciones
religiosas; la noche del individualismo egocéntrico, de
la desconexión con los otros, lo otro y con la Fuente
de la Vida; la noche del sentido, la noche de la
ausencia de Dios.
Para transitar en la noche de nuestro tiempo necesitamos
surcar el cielo de estrellas
que la iluminen:
La
estrella de la consciencia,
del darse cuenta
que es aprender a percibir lúcidamente la realidad
propia y la de lo que nos rodea tal como es, no
con etiquetas de nuestra mente, ni con fantasías que nos
oculten lo que no queremos ver. Tony de Mello ponía en
la consciencia el elemento imprescindible del
crecimiento, para él la espiritualidad era la
consciencia y el pecado la inconsciencia.
Cultivemos una consciencia lúcida para alumbrar
los rincones oscuros del planeta, para hacer visible la
espalda del mundo, para denunciar los náufragos del
sistema y llamar la atención para que no sean engullidos
o escondidos. Eso reclama de nosotr@s cultivar una
espiritualidad de ojos abiertos, lúcidos, de
honradez con la realidad fáctica y con lo real que aún
está en esperanza, en potencia para desplegarse.
Practiquemos el discernimiento para descubrir los
mecanismos de alienación, de presión, de intimidación,
de control de todos los poderes fácticos (medios de
comunicación, poderes económicos, sociopolíticos y
religiosos), que pretenden domesticar y acallar las
voces críticas.
Como nunca necesitamos despertar del sueño de
nuestra inconsciencia, de nuestro egoísmo individualista
para despertar a la verdad de lo que somos, a la
consciencia de la Unidad Profunda que nos constituye
como el fondo último de nuestro ser, ahí nos
descubriremos hijos y hermanos.
La
estrella de la pasión por la vida,
por toda vida por insignificante que parezca,
especialmente por las vidas más amenazadas.
Este es el desafío más urgente de nuestro tiempo y no
podemos hablar de "espiritualidad" al margen de este
reto.
Dar vida fue la pasión de Jesús. De tal manera debió ser
así que el evangelista Juan pone en su boca, como
expresión del sentido de su vida, estas palabras:
"Yo he venido para que todos tengan vida y vida
abundante" (Jn 10,10). Dar vida, protegerla,
sanarla, cuidarla, defender su dignidad, denunciar todo
lo que la amenaza y luchar contra ello fue en definitiva
lo que le llevó a perder su propia vida y es el talante
que hoy necesitamos cultivar para poder alumbrar la
noche de nuestro tiempo.
Esta pasión por la vida reclama también de nosotros un
éxodo de una espiritualidad demasiado antropocéntrica a
una espiritualidad biocéntrica. Cuidar toda vida,
protegerla, alentarla es un reto ineludible si queremos
salvar el planeta y salvarnos nosotros en él.
La
estrella de la compasión:
la
noche es peligrosa para los sin hogar, para los que
duermen al raso sin protección alguna, indefensos ante
los salteadores de turno de todos los tiempos.
Hoy tirados al raso mal heridos de muerte están
continentes enteros. África es uno de los escandalosos.
Por eso, en este tiempo de noche, urge encender la
estrella de la compasión en nuestro corazón para que se
deje afectar por el dolor y movilice nuestro cuerpo con
un amor operativo que hace de nuestros pies pies que
inician y reclaman una movilización ciudadana hacia un
nuevo orden internacional más justo. Entonces se
convertirán en pies samaritanos y nuestras manos serán
manos sanadoras.
La
estrella de la búsqueda.
En
la noche no se ve claro, los caminos no se distinguen
con precisión, el miedo puede paralizar nuestros pies y
hay que aprender a caminar con poca luz, convirtiendo
nuestros pies en buscadores con otros, peregrinos en
búsqueda de sentido, arriesgando a roturar senderos de
una paz que se besa con la justicia, abriendo caminos
nuevos hacia otro mundo posible.
Una búsqueda hacia el encuentro con nosotros
mismos, con los otros, lo otro y el misterio que
llamamos Dios.
Caminar no como quien lo tiene todo claro y va dando
lecciones a los otros, sino como modestos buscadores
de la verdad siempre inasible, sabiendo vivir en la
inseguridad, uniendo nuestros pasos vacilantes a otros
pasos, de compañeros de camino, para juntos ofrecernos
nuestros modestos senderos de luz, pero capaces de
iluminar el paso de cada día.
La
estrella de la contemplación.
Necesitamos cultivar no sólo unos ojos que vean la
realidad sino que sean capaces de contemplar, en medio
de la noche la presencia de la Luz: una luz que brota de
lo profundo de lo Real, del fondo del ser donde el Dios,
fuente de vida, amor estructurante, lo sostiene todo;
una luz que nos descubre nuestro ser esencial: hijos
amados y hermanados con todos y con todo.
La
noche reclama personas capaces de cultivar la
experiencia mística, de ver la presencia del Dios
invisible en medio de las realidades sencillas y
cotidianas, en lo profundo del corazón de cada ser
humano, de cada realidad viviente, de cada palmo de
nuestra tierra, en el misterio insondable del universo
preñado de gracia.
Es
tiempo de noche
por eso nos animamos a cultivar en
nuestras personas y comunidades la luz de la estrella de
la consciencia, de la pasión por la vida, de la
compasión, de la búsqueda, de la contemplación.
Emma Martínez Ocaña