ANTE LA MUERTE DIGNA
El recorrido legislativo de este importante asunto ha
ayudado a madurar su contenido legislativo como el de la
opinión pública, siendo como es un asunto espinoso.
En efecto, el Parlamento andaluz abrió la senda a la
regulación de la muerte digna contando con el apoyo del
PP y la opinión razonable de los obispos andaluces a una
ley -la andaluza- pionera en estos temas.
Después se debatió en las Cortes de Aragón, con una
postura episcopal claramente contraria por miedo a que
dicha propuesta supusiera una puerta a la eutanasia, sin
valorar ni destacar los puntos positivos y asumibles
desde la defensa de la dignidad del ser humano.
En cuanto a Rouco Varela, mantuvo la postura de no
advertir en la norma una legalización encubierta.
Por tanto, unos antecedentes que no auguraban este
rechazo frontal a una regulación necesaria. Ha sido el
pasado lunes 28 cuando el portavoz de la Conferencia
Episcopal Española ha llamado a la desobediencia civil
contra esta ley
(Derechos de las Personas ante el Proceso Final de la
Vida) con una virulencia ya clásica en él pero
impropia de quien representa a la postura cristiana
católica, y todo basado solamente en la sospecha
de una legalización subrepticia de la eutanasia que le
animó lo suficiente como para apelar al derecho a la
insumisión y a la objeción de conciencia al tiempo que
ponía en cuestión la legitimidad de los poderes
públicos.
¿Qué ha pasado para que la jerarquía católica cierre
filas con dureza en contra de este asunto, en su día
aprobado en Andalucía sin tantas rasgaduras de
conciencia?
Antes de seguir en el tema, quisiera recordar a los
lectores que la vara estrecha de medir de Martínez
Camino no la usa para consigo mismo, un ejemplo poco
cristiano que debería serlo por el puesto de
representatividad que le regaló Rouco Varela: cuando se
aprobó la primera ley del aborto por Aznar y la última
por Zapatero, jamás tuvo una palabra para Juan Carlos I
por sancionar las sucesivas leyes, requisito
imprescindible para que la ley pudiera aplicarse y
surtir sus efectos. Aún peor, se mostró superficial
cuando tuvo que responder públicamente a esta cuestión,
mostrando su incoherencia moral. Y pretende así el
monseñor que “haciendo pública esta postura, ayude a un
pausado debate público y a un juicio ponderado de los
ciudadanos”…
De cuando Rouco Varela afirmó que “no se puede hablar de
ley de eutanasia” manteniendo el compromiso con el
Gobierno de no abrir nuevos frentes en las relaciones
Iglesia-Estado antes de la visita del Papa en agosto, a
estas declaraciones incendiarias que avalan a una
Conferencia Episcopal que da por hecha la cobertura
legal a conductas eutanásicas, va un abismo.
La verdad es que poco importan las presiones evidentes
de la ultraderecha a la derecha de Rouco; importa mucho
más la imagen poco evangélica de las actitudes que
tenemos que soportar a una jerarquía monolítica que
prima la institución eclesial y sus estructuras por
encima de cualquier otra consideración.
Lo importante de toda ley, incluida la Ley de Muerte
Digna, es su finalidad. Y existe una clara diferencia
entre la eutanasia (muerte dulce) y la ortatanasia
(muerte justa o recta) que supone no emplear medios
desproporcionados para mantener la vida, disminuyendo el
sufrimiento con tratamientos paliativos aún a costa de
acortar la existencia.
Con antecedentes como el de Andalucía, no se puede, en
nombre de Dios, echar mano de las sospechas y los
recelos para lanzar un escrito episcopal, con su
Secretario de ariete, con afirmaciones incendiarias y
muy desafortunadas dando por hecha la legalización de la
eutanasia.
En todo caso, la precipitación calculada o torpe, deja
al descubierto la falta de coherencia evangélica, pues
la Conferencia española solo se rasga las vestiduras en
estos temas del aborto y la eutanasia, y de manera
parcial, pues nada dicen de la pena de muerte ni de
otros mandatos evangélicos que ahora mismo están siendo
conculcados de manera gravísima.
Si se añoran nuevas cruzadas, ahí tienen al materialismo
neoliberal causante de la crisis, a la tragedia de
millones de seres humanos desangrados por el
incumplimiento de los Objetivos del Milenio que ven cómo
se desvían recursos para la ayuda al desarrollo para
sanear los Mercados causantes de esta crisis.
Repasen sus eminencias el evangelio y las conductas de
Jesús, su inquebrantable fe en los “malos”, sus
advertencias a los “buenos” así como su insobornable
denuncia de las actitudes que mantenían un sistema
injusto envuelto en legalidad divina. No lo harán,
claro, porque se acordarían de José Antonio Pagola más
que de Jesucristo, y esa cruzada la tienen muy avanzada.
Ya les vale.
Gabriel Mª Otalora