CINCO COMPAÑEROS
EN
EL CAMINO DEL ENVEJECER
A Jesús le faltó saber por propia experiencia lo que es
envejecer y habló poco de esa etapa de la vida. Sólo en
la escena de Tiberiades, después de su resurrección,
encontramos unas palabras muy reveladoras dirigidas a
Pedro:
“Cuando eras joven, te ceñías e ibas a donde querías; cuando seas
viejo, extenderás los brazos y otro te ceñirá y te
llevará a donde no quieras”
(Jn 20,18).
El acento del aviso está puesto en una diferencia básica
entre la juventud y la vejez: la pérdida de la autonomía
y de la libertad de movimientos, es decir, el paso de la
activa a la pasiva.
Empezamos a entender algo de esa constatación de Jesús
cuando barruntamos (o nos lo hacen barruntar los de
alrededor) que nos ha llegado la hora de dejar
responsabilidades, cambiar de ritmos y reducir
actividad.
No es fácil hacer ese tránsito y quienes estamos en ello lo
sabemos. Como sabemos también que al ámbito de la misión
le rondan muchos “demonios”: nuestro activismo
compulsivo, nuestros deseos de eficacia y
reconocimiento, nuestras obsesiones por hacer valer lo
que hacemos y emprendemos.
Al llegar la vejez esos poderes del yo que quizá nos han
sostenido durante demasiado tiempo, empiezan a
tambalearse y nos vemos obligados, nos guste o no, a
apoyar nuestro envío en misión (que sigue vivo en
nuestro camino creyente) sobre otros suelos y a
ejercerlo de maneras nuevas.
Para ello nos urge hacer algo parecido a lo de aquel hombre
de la parábola que, antes de emprender la construcción
de la torre que había proyectado, se sentó a calcular si
disponía de recursos para poder acabarla (Lc 14,28-30).
Si aplicamos la parábola al cambio en el horizonte de la
misión, nos hacemos en seguida conscientes de que, por
más que busquemos y rebusquemos materiales en nuestro
almacén, nos urge encontrarlos más allá de nosotros
porque ya conocemos lo escaso de nuestros propios
recursos.
Vamos a dirigirnos al “almacén” de las historias de vida de
algunos hombres y mujeres de la Biblia buscando
inspiración y sabiduría para hacer el viraje vital que
esta nueva época está reclamando. En ninguno de ellos
encontraremos respuestas definitivas ni itinerarios
completos pero quizá nos ofrezcan una luz o un ángulo de
visión inesperado, un “ladrillo” que puede contribuir a
la tarea que tenemos entre manos de seguir construyendo
esa torre, siempre inacabada, de nuestra misión.
Desde esta clave, nos acercamos a estos personajes:
Noemí, la deslenguada
La visitamos en primer lugar porque su libertad para decir
lo que pensaba, expresar sus sentimientos y no ocultar
su amargura y sus reproches a Dios, la convierten en una
especie de “Job femenina”.
Después de los años vividos en Moab donde han muerto su
marido y sus dos hijos, vuelve a Belén viuda y sin
descendencia, con la sola compañía de su nuera Rut,
también viuda sin hijos. Cuando la ven sus antiguas
vecinas comentan:
- “¡Pero si es Noemí!” (y quizá murmuraron entre
ellas: “Con lo buena moza que era, qué lástima verla
ahora hecha una ruina… Cuántas arrugas, cuántas canas,
menuda artritis debe tener, no hay más que ver cómo
arrastra los pies…”)
Y ella se despacha con estas palabras:
-
No me llaméis Noemí, llamadme Mara, porque el
Todopoderoso me ha llenado de amargura. Llena me marché,
y el Señor me trae vacía. No me llaméis Noemí, que el
Señor me afligió, el Todopoderoso me maltrató (Rut 1,20-21).
Me recuerda las palabras de Lewis Black, un cómico
norteamericano, furioso de convertirse en sexagenario:
“Sesenta años no es lo que antes eran los 40; ¡son 60,
estúpidos!” y propone que, como a partir de los 22 años
empieza el declive, hay que dejar de celebrar el
cumpleaños porque, “después de esa edad no se puede
esperar más que tristeza, decadencia y la muerte”.
También Noemí está enfadada y no sólo con la vida, sino con
Dios y lo dice sin reprimir ni suavizar sus quejas;
pero nada de eso va a ser obstáculo para que el final
de su historia sea de plenitud y fecundidad.
Todos conoceremos a más de uno/a “noemís” que llegan
a la vejez descontentos, decepcionados de lo que han
vivido, negativos y pesimistas, retirándose de mala gana
de los lugares en que antes trabajaron. Les parece que
cuando ellos se vayan, todo lo que crearon con tanto
esfuerzo se vendrá abajo y por eso intentan mantener
durante el mayor tiempo posible el mando y el control.
De Noemí aprendemos a pasar por esa etapa de rebeldía, a
saber que no pasa nada por sacar fuera esos sentimientos
y que es bueno buscar algunas “vecinas/os” con quienes
desahogarlos porque se nos pudrirán dentro si los
reprimimos.
Lo mismo que ella, intentar entrar en ese nuevo “Belén” que
ahora toca y dejar a Dios ser en nuestra vida el Dios
que nos concede una fecundidad a su manera, que no a la
nuestra, y que puede poner en nuestros brazos un “hijo”
que ya no sea fruto de nuestros esfuerzos y trabajos,
sino de su gracia.
Barzilay de Galaad, el sensato
Encontramos a este personaje en 2Sam 19,32-39, apoyando
con sus recursos al fugitivo David que, en recompensa
por ello, le propone llevárselo con él a Jerusalén donde
él mismo será su proveedor. Pero Barzilay le contesta:
-
Pero ¿cuántos años tengo para subir con el rey hasta Jerusalén? ¡Cumplo
hoy ochenta años! Cuando tu servidor come o bebe, ya no
distingue lo bueno de lo malo, ni tampoco si oye a los
cantores o a las cantoras. ¿Para qué voy a ser una carga
más de su majestad? Pasaré un poco más allá acompañando
al rey, no hace falta que el rey me lo pague. Déjame
volver a mi pueblo, y que al morir me entierren en la
sepultura de mis padres. Aquí está mi hijo Quimeán, que
vaya él, y lo tratas como te parezca bien.
El rey entonces abrazó a Barzilay, lo bendijo y Barzilay se volvió a su
pueblo.
Cuánto sentido común y cuánto realismo el de este
hombre, consciente de sus límites, de su oído duro que
ya no es capaz de distinguir “a los cantores de las
cantoras” y decidido a no ser un estorbo para nadie.
También Qohélet describía con cierta amargura los
estragos de la vejez : a las cataratas les llama “el
nublado”; a las rodillas tambaleantes, “los
guardianes de casa”
que, a causa de su vacilación hacen que “den
miedo las alturas”; de la dentadura dice: “las
que muelen serán pocas y se pararán”; de las canas,
que son como el florecer del almendro
y
los oídos “puertas de la calle”, son los
culpables de que se apague “el ruido del molino”
y se debilite “el canto de los pájaros” (Ecl 12,
1-10)
¿No podríamos pedirles a los dos consejo acerca del momento
oportuno para retirarnos de algunas tareas, ceder paso a
otros, y encontrar con creatividad y modestia nuevos
espacios de relación y de trabajo más acordes con
nuestras fuerzas?
Estupenda contribución a la misión ésta de no crear
problemas a los que vienen detrás, y dejar fluir la
sucesión sin empeñarnos en prolongar más tiempo del
conveniente la actividad que durante un tiempo
desempeñamos, pero que ahora nos toca abandonar.
Jacob, el revestido de otro
En la
trama tejida por Rebeca para engañar a Isaac y conseguir
que bendiga a Jacob en lugar de a Esaú, la túnica del
hermano mayor juega un papel decisivo:
“Rebeca tomó el manto de su hijo mayor, el manto de
fiesta que tenía en el arcón, y vistió con él a su hijo
menor”
(Gen 27,15). El padre ciego “al oler el aroma del
traje, lo bendijo, diciendo:
‑
Aroma de un campo que bendijo al Señor es el aroma de mi
hijo: que Dios te
conceda el rocío del cielo, la fertilidad de la tierra,
abundancia de trigo y de vino. Que te sirvan los
pueblos, y se postren ante ti las naciones. Sé señor de
los hijos de tu madre, que ellos se postren ante ti.
Maldito quien te maldiga, bendito quien te bendiga.
(Gen 27,25-29)
Thomas Merton compone una preciosa oración sobre la escena:
“Vengo a Ti como Jacob con los vestidos de Esaú, es
decir, con los méritos y la Preciosa Sangre de
Jesucristo. Tú, Padre, que has querido parecer ciego en
la oscuridad de ese gran misterio que es la revelación
de tu amor, pon tus manos sobre mi cabeza y bendíceme
como a tu único Hijo.
Tú
has querido verme únicamente en Él, pero con ello has
querido verme tal como soy en realidad. Pues mi yo
pecador no es mi yo verdadero, no es el yo que Tú has
querido para mí, sino tan sólo el yo que yo he querido
para mí mismo. Y ya no deseo más este falso yo.
Ahora, Padre, vengo a Ti en el yo de tu propio Hijo,
porque es su Corazón el que ha tomado posesión de mí y
ha aniquilado mis pecados, y es Él quien me presenta a
Ti. ¿Dónde? En el santuario de su propio Corazón, que es
tu palacio, el templo donde los santos te adoran en el
cielo.”
Es probable que durante demasiado tiempo nos hayamos
afanado por recubrirnos en la misión con los “mantos” de
nuestros propios recursos, cualificaciones o valores,
pero llegan tiempos de lucidez que nos hacen descubrir
cuánto de nuestro “yo” iba implicado en las tareas que
emprendíamos y empezamos a sentir que nada de eso que
tanto perseguimos (reconocimiento, nombre, gratitud…)
tenía verdadero valor.
Es tiempo de revestir nuestra desnudez con el manto de
nuestro Hermano mayor y de que sea “su aroma” lo que el
Padre reconozca cuando nos acercamos a Él. Bendito manto
y bendito momento aquel en que reconocemos necesitarlo.
El “buen olor” que los demás percibirán será el de alguien
que no trata de disimular sus carencias y limitaciones,
porque bastante ocupado está con agradecer el saberse
amparado por Otro. ¿No estamos necesitando en la misión,
en vez de los consabidos protagonismos, más testimonios
de esta “suplantación”?
El
joven que escapó desnudo.
Podemos verle como una prolongación en el NT del personaje
anterior. Aparece al final de la escena del
prendimiento de Jesús en el huerto en el evangelio de
Marcos:
“Lo iba siguiendo un joven envuelto sólo en una sábana y le echaron
mano. Pero él, soltando la sábana, se escapó desnudo” (Mc
14,51-52).
Es un personaje extraño sobre el que hay tantas
interpretaciones como comentaristas. La forma de mirarlo
que propongo, aunque poco ortodoxa desde el punto de
vista de la exégesis, puede resultar sugerente:
contemplarlo como a alguien que disfruta de la libertad
de quien ya no posee nada: se ha desnudado (o ha sido
desnudado) de las “sábanas” que disfrazaban su verdadera
personalidad, ha dejado atrás apariencias, roles,
estatus sociales, viejos nombres y ahora es él mismo,
desnudo, vacío y libre en su auténtica identidad.
¿No nos sentimos atraídos por la posibilidad de vivir desde
esa perspectiva los despojos que la vejez trae consigo?
¿No será una forma alternativa de estar en misión la de
aparecer con esta libertad y desnudez de corazón ante
aquellos a quienes queremos anunciar algo de Jesús?
Lázaro, el que nunca hizo nada
Resulta llamativo que este personaje del evangelio de
Juan, no sea sujeto de ninguna acción excepto la de
“enfermar” y “morirse”, y que tampoco pronuncie ni una
sola palabra. Allí donde aparecen los hermanos de
Betania, son siempre las dos mujeres, Marta y María, las
que toman la palabra y la iniciativa. En la escena en
que Jesús se aloja en su casa, ni siquiera se nombra a
Lázaro (Lc 10, 38-42).
El
texto de Juan que hace referencia a él comienza
diciendo: “Había un enfermo llamado Lázaro de Betania…”
y son sus hermanas las que avisan a Jesús; a
continuación se narra su muerte y cuando Jesús ante su
tumba le ordena: “¡Sal fuera!” Lázaro, “el
muerto”, sale envuelto en sus vendas y es, una vez
más, un sujeto pasivo: “desatadlo y dejadlo ir”.
(Jn 11,44).
Tampoco en la celebración que viene a continuación asume
responsabilidad alguna y, mientras Marta servía y María
ungía los pies de Jesús, “Lázaro estaba sentado a la
mesa” (Jn 12,1).
Pero
de Lázaro, a pesar de su pasividad, el evangelio da
testimonio de cuánto lo quería Jesús y de que sollozó
ante su tumba (Jn 11,5.11.35). Así que no parecen ser
sus acciones, trabajos, compromisos o cualidades lo que
fundamentaron aquella amistad y podemos pensar que Jesús
lo amaba “porque sí”, más allá de que Lázaro “hiciera
cosas por él”.
Una de las actitudes más difíciles de "evangelizar” en
nosotros es la tendencia a creer que "valemos" ante Dios
por las cosas que hacemos y que son nuestros esfuerzos y
méritos los que atraen su favor y su gracia.
Todo el culto sacrificial de la antigüedad se basaba en
eso, así como la escrupulosa observancia de la Ley judía
por parte del mundo fariseo.
Jesús polemiza contra ellos, como lo hará después Pablo,
porque, debajo de esa obsesión por aparecer ante Dios
como perfectos cumplidores, no siempre está el deseo de
coincidir con su voluntad, sino más frecuentemente la
autosuficiencia de quien se apoya en sí mismo y se
cierra así la puerta a una gracia que es concedida más
allá de cualquier merecimiento.
¿No hay algo de eso en la secreta satisfacción con que
nos presentamos a partir de las cosas que hacemos
y de cuánto nos comprometemos? Como si fuera
nuestra agenda llena la que verdaderamente diera “peso”
y valor a nuestra vida.
Frente a los engaños que acompañan con frecuencia
nuestro “hacer” con sus tendencias insanas, el camino de
disminución de tareas en el que nos adentra la vejez
nos invita a fomentar el “ser” y el “estar” más que
“hacer”.
Lázaro “el pasivo” nos reorganiza los valores y nos
ayuda a reconocer con gozo que en nuestra vida, como en
la suya, todo es don gratuito y lo mejor de ella no
depende de nuestro esfuerzo: es un regalo del que somos
fundamentalmente “receptores”.
Este poema de Dulce María Loynaz puede ayudarnos
a corregir viejas costumbres de “hormiga” y a agradecer
que nuestra misión sea también ahora la de “cantar y
perfumar”:
Perdónenme el sol y la tierra
y los
pájaros del aire
y
todas las criaturas
simples y libres y luminosas.
No
fue el mío
el
pecado primaveral de la cigarra,
aquel
que se comprende y hasta se ama.
Fue
el pecado oscuro,
silencioso,
de la
hormiga,
fue
el pecado de la provisión
y de
la cueva
y del
miedo a la embriaguez y a la luz.
Fue
olvidar
que
los lirios que no tejen
tienen el más hermoso de los trajes,
y
tejer ciegamente,
sordamente,
todo
el tiempo que era
para
cantar y perfumar.
Dolores Aleixandre
RSCJ
Testimonio