LA ENCARNACIÓN
MIRANDO A LAS MUJERES
¿No ha llegado el tiempo de atreverse a releer los
relatos de la infancia, el anuncio de la Encarnación, la
concepción de Jesús y su nacimiento, en clave de la
auténtica María?
Es posible que el Evangelio nos dé pistas para no
quedarnos con una imagen femenina desencarnada,
asexuada, tan sumisa, de María, que oculta su libertad,
su decisión, su vigor, lo más propio del ser mujer.
Dos relatos evangélicos se inician con un alumbramiento,
y antes de él, necesariamente, el amor de una pareja, y
una relación sexual. No será así para abrirnos a la
reflexión de algo tan humano como es la vida de pareja,
la relación entre dos que se han de amar.
Atrevámonos a leer desde la piel de la mujer para dejar
que el Evangelio interpele algo tan humano como es la
sexualidad desde la propia mujer, queriendo hacer
justicia a lo que ella es en sí, con sus propios
derechos de gozo, de felicidad. Tal como anuncia el
ángel: ¡Alégrate, mujer!
Quizás nos toca a las mujeres, a las teólogas, a las
creyentes o no, de cualquier religión, de cualquier
estatus, de cualquier inclinación sexual, recuperar a la
auténtica Miryam.
Sería muy atrevido que estos bellos textos nos sirvieran
para afrontar las vivencias más íntimas de la mujer y
valorar si nuestra vida sexual ha sido rica o pobre,
satisfactoria o frustrante, si lo es para la mayoría o
no de las mujeres a lo largo de la historia e incluso
hoy. Si nos hemos sentido deseadas y respetadas,
descubiertas y abarcadas lenta y respetuosamente, con el
mimo y cuidado con el que se cogen los jazmines para que
no pierdan el aroma de sus flores, o arrebatadas y
manejadas, sin delicadeza ni cuidado, desde la falta del
respeto que no produce placer ni gozo ni satisfacción ni
sirve para el crecimiento y la autoestima, que no
acrecienta el amor ni el deseo, y que, en tal caso, se
acepta en silencio y sumisión frustrante.
No es ya el momento de que sean los hombres quienes
hablen de algo tan nuestro como es nuestra sexualidad,
es hora de que dejen de decirnos cómo ha de ser ésta, y
si ha de tener como único fin la maternidad.
Se acusa a las infieles y se las lapida, se juzga a las
que se enfrentan a la pobreza desde la prostitución, se
hacen conjeturas de lo que le llevó a uno a matar a su
ex pareja en un arrebato de celos, pero poco se
reflexiona desde lo que viven las mujeres, de lo que
sienten aun en el seno de una familia normal (¿a qué
llamamos normal?)
Vamos pues a María, Miryam en hebreo, de origen egipcio
“mer-imen” la amada de Amon (en tal caso con
connotaciones pasivas). Los hebreos tomaron el nombre y
le cambiaron su significado “Iam-mir, de iam, mar y
mir, espejo (sigue apuntando a la pasividad). Pero
¿no es el cielo el espejo del mar, no es del cielo de
donde recibe el mar sus tonos, viniendo a ser éste en
verdad su espejo?
Quizás no fue tan pasiva Miryam como la historia de la
Iglesia nos la ha querido legar porque existe otro
significado hebreo para este nombre: la rebelde y
contumaz, que significa, la que se mantiene firme en
sus comportamientos ideas o intenciones, a pesar de
castigos, advertencias o desengaños.
¿Por qué no va a ser igual de bello el elegir,
en lugar de esperar ser elegida o reflejar, en
lugar de ser reflejo? ¿Por qué no ha de tener la misma o
más importancia ser virgen que no serlo? Sólo puede
haber una diferencia después de perder la virginidad: la
satisfacción y plenitud o la frustración de sentirse
sólo utilizada para el gozo ajeno. Y en cualquiera de
los dos casos, se sobreentiende que lo que ha de seguir
es la maternidad.
No cobra humanidad el Evangelio y nos cuestiona la
nuestra si nos atrevemos a estas nuevas preguntas:
¿cómo sería Miryam, la madre de Jesús? ¿Cómo fue José
con ella, delicado, enamorado, pendiente del gozo y
satisfacción de Miryam o sólo de él mismo? ¿Cómo la amó
y respetó antes y después de su primera relación sexual?
¿La besaría en los ojos antes de besar su cuerpo entero?
¿La miraría con orgullo enamorado o la ocultaría con un
hiyab, chador, niqab, abaya, haik, melhafa o burka? ¿Se
implicaría en la maternidad y ternura necesaria para el
crecimiento sano de Jesús, queriéndose mantener igual de
enamorado?
El recuerdo más bello que guardo de la película de Mel
Gibson sobre la pasión de Cristo, es la escena donde
Miryam, viendo caer a Jesús por el peso de la cruz, trae
a su recuerdo la primera caída de Jesús siendo niño, la
forma en que lo toma en sus brazos y le besa. Toda su
ternura. Llora porque su hijo se ha hecho daño y a ella
le duele su dolor. ¡Qué bellas imágenes que nos traen al
recuerdo nuestras propias vivencias de maternidad!
Tendríamos que recuperar a María para darnos cuenta de
que quizás nos hemos equivocado, que Mateo y Lucas nos
quieren contar algo que aún no hemos descifrado. La
concepción de Jesús no pudo ser de otra forma de como
siempre ha sido cualquier concepción: sagrada y
misteriosa.
En ella se hace presente el Dios origen y creador
delicado de la vida, de cada vida, irrepetible, única. Y
la vida surge del seno de una mujer que debía de haber
gozado. Y eso es puro porque todo lo que surge de Dios
es puro y bello. Quienes no ven así, no ven como Dios.
Me quiero quedar con esa reflexión de nacimiento de
Jesús, de su encarnación, de su nacimiento no virginal
(o todo lo virginal que siempre es un nacimiento). Y
quiero vivir la Navidad no como nos la ofrecen las
grandes superficies, pero tampoco como nos enseñan los
dogmas del pasado, sino como nos enseña el Evangelio
para hoy, con la relación que nos muestra de Jesús con
todas y tantas mujeres, siempre desinhibido, libre,
acogedor, respetuoso.
Jesús amante de las mujeres, sin miedo a las mujeres,
sin verlas ni como enemigas ni como rivales, ni como
objeto morboso de un deseo. Sin estigmas. No,
simplemente, amadas como compañeras.
¿Dónde hizo Jesús este aprendizaje en una sociedad
agraria como la judía del siglo primero, de una aldea
como era Nazaret? ¿Qué vería y viviría en su propio
hogar? No lo sabemos. Nada podemos afirmar que no sea
más que especulación. Pero yo quiero creer que Jesús amó
a las mujeres y las respetó tanto, porque fue lo que vio
siempre en su humilde casa de Nazaret.
Ojalá la jerarquía de la Iglesia también aprenda a mirar
a las mujeres como hacía Jesús, quizás entonces en lugar
de convertirlas en vírgenes, las acepte sin más como
tales y le duelan todas las vejaciones históricas que
han tenido que vivir y siguen viviendo tantas mujeres.
Sin duda tendrá que pedir perdón porque ella ha
contribuido mucho y sigue haciéndolo cuando cierra
espacios para impedir el anuncio de gozo: ¡Alégrate
mujer, llena de gracia!
Acercamos así a la Navidad es recuperar el protagonismo
creador que Dios otorga a la mujer, el valor de la
sexualidad enriquecedora, la vivencia de la maternidad
si es deseada y el fruto de nuestras entrañas; vida y
carne nuestra para siempre. Así José ocupará un lugar
más importante; nadie le suple, ni Dios, que le ha
otorgado su virilidad como don, para vivirla con respeto
y entrega engendradora de vida, y en todo ello Dios se
encarna porque Dios es amor.
Matilde Gastalver