comentario editorial

“El mejor día de tu vida y el mío es cuando asumimos la responsabilidad total de nuestras actitudes. Ese es el día en que realmente crecemos” (John C. Maxwel).

24 de febrero. Domingo VII del TO

Lc 6, 27-38

Como queréis que os traten los demás hombres, tratadles vosotros a ellos (v 31)

En el orden animal, hombre incluido, como dice Yuval Noah Hariri en “Sapiens. De hombres a dioses” “Su estructura social tiende a ser jerárquica. Es miembro dominante, que casi siempre es un macho, se llama “macho alfa”. Otros machos y hembras muestran su sumisión al macho alfa inclinándose ante él al tiempo que emiten gruñidos, de manera no muy distinta a los súbditos humanos que se arrodillan y hacen referencias ante un rey. El macho alfa se esfuerza para mantener la armonía social dentro de su tropilla.

En una entrevista de Jesús Quintero a Fray José Fernández Moratiel (1944-2006), donde El Loco de la Colina le pregunta por la sabiduría, el dominico contesta: “Yo diría que la única necesidad es sencillamente saberse ser, saber vivir, pues con esa sencilla sabiduría que da el Cosmos, que da la naturaleza, y que nos da una flor y nos da un árbol. Ser verdadero, dando a esa expresión el significado de transparencia, de desnudez, la verdad es desnudez”.

Impedir el crecimiento de cualquier ser o cosa, es un atropello a la Naturaleza, a la vida, al Cosmos, al mundo entero. Y lo más grave de todo es que, haciendo daño a todo esto, el ser humano se está perjudicando a sí mismo.

Cuando el espíritu de la Humanidad se duerme en los laureles, y no trata a los demás debidamente, termina todo revelándose contra la misma Humanidad y padeciendo todos. Y entonces empiezan los gruñidos, la sumisión y los sometimientos a los machos alfa, o a las hembras, que tampoco escasean en algunos ambientes. Posiblemente menos, pero más feroces. Aunque en la mayoría de los casos, lo que más abunda es la tropilla.

Aquel mandato del Génesis XX, de “Creced y multiplicaos” no ha sido correctamente aprendido. Fue entendido más bien como “Daros toda la leña que podáis”. Así debió de entenderlo aquel superior de la abadía: “Queridísimos hermanos, hemos venido al claustro, para que nos amásemos, no para que nos amasemos”.

Sri Aurobindo (1872-1950), fue un maestro de yoga, poeta y filósofo indio que defendió la independencia de la India y del que algunos afirman que fue un descubridor de nuevos caminos de acercamiento a la divinidad y conocimientos sobre La Tierra y el universo. En su obra La aventura de la conciencia dijo:

“Ser y ser plenamente, tal es el sentido que la naturaleza persigue en nosotros…, y ser plenamente es ser todo lo que es”.

El conferenciante y asesor estadounidense John C. Maxwel (1947), decía: “El mejor día de tu vida y el mío es cuando asumimos la responsabilidad total de nuestras actitudes. Ese es el día en que realmente crecemos”. No aquel en que Dijo Jesús en Lc 6, 31: Como queréis que os traten los demás hombres, tratadles vosotros a ellos.

Y también que la gente se entere de lo que sucede. No nos suceda a nosotros lo que le sucedió a aquella persona que estaba escribiendo una carta, y alguien que observaba lo que hacía, le preguntó:

¿A quién escribes? Y a lo que el otro le respondió: Lo sabré cuando reciba la carta.

Yo quisiera crecer como crecieron en Marialba -hermoso nombre femenino- los muros de su basílica paleocristiana del siglo IV, la más antigua de España, y despertar de la solemne modorra en que ha estado dormida tanto tiempo. Mi canto te acompaña en tan lamentable desencuentro con las autoridades que con tan poco aprecio te han tenido. ¿Es que a pesar de los escasos kilómetros que te separan de ellas, no llegan a sus indiferentes oídos los himnos de tus muros?

 

MARIALBA

Acostada en el débil regazo
del Bernesga,
duerme Marialba su sueño de arte.

Basilical tesoro visigótico,
al que sólo hacen guardia,
durante el día las alondras
y por la noche las estrellas.

Yo, que en mi amanecer
dejé en tu piel mis huellas,
en el atardecer
te envío mis respetos.

Quisiera despertarte
de tu sueño de arte.

Yo, que escuché de niño el eco
de tu monódica salmodia,
deseo que la mía despertara
al pueblo leonés
de su pereza y de su sueño.

Con la alondra quisiera
que hicieras guardia por el día,
y por la noche,
con las estrellas vigilaras
el bendito tesoro de Marialba.

Padre Río Bernesga:
¡perdónales, porque no saben lo que hacen!

 

Vicente Martínez