comentario editorial

“Se dice que Jesús tuvo una seguidora que la amó tanto como para tener el valor de asistir a su crucifixión, una seguidora a la que amó tanto que la eligió como la primera en saber de su resurrección” (Evangelio de María Magdalena)

21 de abril. Domingo de Pascua de Resurrección

Jn 20, 1-9

Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto 

María Magdalena revela en una polifacética Cristofanía que ha sido notaria del suceso, en su Evangelio apócrifo:

"Por eso el Bien vino entre nosotros,
hacia lo que es propio de toda la naturaleza,
para reunirla con sus raíces”, añade en Folio 8.

Pero no únicamente con su resurrección, sino también con la nuestra, con la de los demás, y con la de todas las restantes criaturas de todo el Universo.

Yo las he visto hundir sus raíces en mi personal huerto, crecer hasta dar sombras en el verano a los cielos, florecer en primavera, y llenar con sus frutos las despensas, mientras, como dice uno de los personajes de la última película de Almodóvar, Dolor y Gloria“Los dioses se pasean por mi casa”. Y no únicamente pasean, sino que visitan mis salones, cuadros colgados en los muros de mi alma, y yo también los acompaño. Cuando se van fuera, (¿Pero es que los dioses pueden habitar acaso fuera de uno mismo?) yo acompaño a otro de los protagonistas del film, que con lastimera voz dice siempre mientras pasea por las orillas del Sena: “París sufre, París tiene hambre”.

Para no caer en la tristeza, y regresar a La Ciudad de la Alegría, de Dominique Lapierre, donde alimento mi júbilo, me sumerjo en la lectura de la Subida al Monte Carmelo, de San Juan de la Cruz, que me señala la manera de crecer, florecer y dar frutos: “desembarazarse de todo lo temporal, no embarazarse con lo espiritual, quedarse en la suma desnudez de espíritu”, es decir, andar por la vida libre de ataduras como hizo él, carmelita descalzo. Porque pretender escalar El Everest, con la mochila repleta de ideas y bienes materiales, es una ilusión nunca cumplida.

Podemos cumplirla cuando, como sugiere Ilios Kotsou en Cuaderno de plena conciencia:

“Nuestro cuerpo es un elemento muy accesible y disponible con el que practicar: ¡siempre está con nosotros! Por tomar un término empleado en el budismo, nuestro cuerpo es nuestro “vehículo” en este viaje que es la vida. Pero, en general, sólo nos conectamos a él cuando nos causa molestias. Vamos a aprender a conectarnos con él, a habitarlo realmente y en todo momento. Amputados de nuestras sensaciones, no podemos darnos cuenta a tiempo del impacto que nuestro entorno tiene sobre nosotros. ¡Aprender a reconectarnos con nuestro cuerpo es esencial para nuestra calidad de vida!”.

O con William Shakespeare, que dice en Hamlet“Tengo que creer que hay un camino a través de esto. Que hay una vida normal esperándonos, las cosas que solían ser. Marie me hace sentir que hay esperanza”. Una esperanza que, como él, yo también la amo y la deseo.

incen notredam

LA CATEDRAL DE PARÍS

Son las 19 de la noche, de hoy lunes 15 de abril de 2019,
y en el telediario hemos podido ver
la Catedral de Notre Dame ardiendo.

Una joya del gótico mundial de cuyo incendio ha dicho alguien, 
que cuando se quema una catedral, 
algo se quema dentro de nosotros.

Víctor Hugo escribió la novela Notre Dame de París,
y la llamó la bella Esmeralda.

Una muerte anunciada por otra significativa novela histórica:
¿Arde París?, de Larrins Collis y Dominique Lapierre.,
como anunciada estaba también la muerte de Jesús el Viernes Santo?

La ópera Rigoletto, de Giuseppe Verdi, 
me trae a la memoria estos recuerdos:

Cayó sobre ella el fuego, como el asesino puñal de Sparafucile 

se hundió en el pecho de Gilda.

En el Acto segundo, el duque de Mantua canta “¡Ella mi fu rapita!”,
y en el tercero, Maddalena suspira “¡Bella figlia de ll’amore”!
Lamentaciones ambas que me recuerdan los de María Magdalena en el Calvario.

¿Podrá el bufón jorobado y deforme campanero Quasimodo, 
volver a repicar las campanas 
y devolvernos a Gilda, la catedral de París, y Jesús, resucitados?

 

Vicente Martínez