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DOS OBISPOS CON LOS EMPOBRECIDOS: OSCAR A. ROMERO Y HÉRDER CÂMARA

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La verdad es que me alegró especialmente haber oído la noticia de que el cardenal Angelo Amato ha dado el Nihil Obstat para que el día 3 de Mayo se inicie el proceso de beatificación del obispo Hérder Câmara, que para mí había sido una de las referencias más importantes de vida y de pensamiento. Él había sido promotor y signatario del Pacto de las Catacumbas (1965), texto en el que unos cuantos obispos mostraban la necesidad de un cambio de estilo de vida, que habría de caracterizarse sobre todo por estar al lado de los más pobres y oprimidos, defendiendo los derechos humanos, tan conculcados en aquel momento en Latinoamérica por varias dictaduras militares, Brasil entre ellas. Recuerdo también un pequeño libro suyo que me resultó esclarecedor para analizar moralmente la violencia social: Espiral de la violencia (Eds. Sígueme. Salamanca, 1970.), que hacía fijásemos la atención en su origen, que no era otro que la conculcación de alguno de los derechos humanos. Las Comunidades Eclesiales de Base, apoyadas especialmente por Hérder Câmara, nos indicaron un nuevo modo de hacer Iglesia para vivir una fe comprometida dentro de la sociedad.

Esta buena nueva se superponía a la próxima beatificación del obispo Oscar A. Romero, que muchos viviremos el próximo 23 de Mayo como un acontecimiento gratificante. Bien es verdad que, tanto al obispo Hérder Câmara como al obispo Romero, a ambos, desde ya hace tiempo, no sólo sus respectivas comunidades diocesanas, sino cuantos sabíamos de ellos, los teníamos ya como "santos", como cristianos ejemplares, dignos de ser imitados algunos aspectos de su vida, entre ellos el haber incorporado en ellos de manera ejemplarizante la "miseri-cordia" de Jesús de Galilea hacia los desheredados de este mundo.

Algunos hemos vivido muy de cerca el proceso de beatificación de Oscar Romero. Siempre me he sentido muy cercano a su causa de beatificación, sobre todo porque significaba el reconocimiento de un determinado modo de ser obispo en la Iglesia, un modo que se puede también proponer como camino de santidad: la entrega total a la causa de los empobrecidos, de los marginados, de los sufrientes de este mundo, llevada a cabo desde una perspectiva profética, denunciando no sólo su situación, sino señalando al mismo tiempo a los causantes de ella y exigiendo un cambio social estructural. Me alegraba sinceramente que la Iglesia reconociese que el asesinato del obispo Romero había sido debido a su fidelidad a Jesucristo que le instaba, siguiendo el camino de las Bienaventuranzas, a estar al lado de los más necesitados de su país. Era necesario superar el engaño de que su muerte era debida a un posicionamiento político personal.

Pero la alegría va teñida de pena. Entre otras razones por el tinglado que hay montado para declarar beato o santo a un cristiano ejemplar. Sobre todo si se exigen "milagros" para ello. La Iglesia necesita poner en su vida más sencillez y más racionalidad. Además, nos apena que no sean reconocidos también algunos de esos tantos otros cristianos seglares, militantes de a pié, y curas de base, que, como el obispo Romero, vivieron una fe cristiana comprometida en el quehacer de un mundo mejor, más justo y equitativo para los más empobrecidos. Por ello fueron muchos los asesinados. Los hubo en otros lugares, pero ahora está en nuestra mente la larga lista de mártires latinoamericanos.

A muchos nos apenaba ver, por una parte, que se hacían beatificaciones y canonizaciones a mansalva (Juan Pablo II beatificó a 1340 personas y canonizó a 483 santos, más que la cifra sumada de sus predecesores en los últimos cinco siglos), y, por otra, el Vaticano seguía haciendo oídos sordos al clamor de muchísima gente que pedía el reconocimiento del martirio sufrido por Monseñor Romero y en consecuencia su beatificación y canonización. Y nos dolían sobremanera algunas. Fue impresionante la rapidez con que llegó a los altares San Josemaría Escrivá y la beatificación de Juan Pablo II: Josemaría murió el año 1975, trece años después fue beatificado, 1992, y canonizado en el 2002; Juan Pablo II muere el 2005 y seis años después se le beatifica, 2011. Monseñor Romero muere asesinado celebrando la eucaristía en el año 1980 y será beatificado en el 2015. Hubieron de pasar 35 años. Parece que se trataba de exaltar en "tiempo real" un tipo de Iglesia frente a otro que se pretendía asfixiar. Veremos cuántos años han de transcurrir para que Herder Câmara sea beatificado y el obispo Romero canonizado. Tristemente habrá que decir que ello dependerá de los vientos que corran por el Vaticano.

La beatificación del obispo Romero es una buena ocasión para que todos los obispos del mundo miren hoy hacia él. Su vida es una enseñanza de cómo un pastor debe oír el clamor de su pueblo cuando se le está haciendo sufrir, cómo debe hacer suyo el dolor de sus gentes y denunciar tanto el hecho como a quienes lo causan. Aquí en España, durante mucho tiempo, apenas si se ha oído algún murmullo de crítica y ninguna denuncia clara y contundente de los responsables políticos y económicos de la situación de pobreza debida al paro que afecta hoy a tantos. Nada se dijo ante los vergonzosos e inmisericordes desahucios, mientras hay tantas casas vacías en manos principalmente de bancos, nada ante la rapiña de algunos banqueros que empobrecieron a tantos con sus preferentes, nada de tanta malversación de fondos públicos, de ocultamiento de riqueza para defraudar al fisco... La vida de estos dos obispos, Oscar Romero y Hérder Câmara, entregada a la causa de los más desfavorecidos, debiera ser un aliciente para que todos asumiésemos la responsabilidad profética que hemos de asumir como cristianos, cada uno desde su lugar en la Iglesia.

 

José María Álvarez

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