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DÍA DE LA MADRE TIERRA (22 de abril)

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Una mirada al panorama ecológico.

En la Carta de la Tierra aparecen enumerados sus principales problemas: "devastación ambiental, agotamiento de recursos y una extinción masiva de especies. Las comunidades están siendo destruidas. Los beneficios del desarrollo no se comparten equitativamente y la brecha entre ricos y pobres se está ensanchando. La injusticia, la pobreza, la ignorancia y los conflictos violentos se manifiestan por doquier y son la causa de grandes sufrimientos. Un aumento sin precedentes de la población humana ha sobrecargado los sistemas ecológicos y sociales. Los fundamentos de la seguridad global están siendo amenazados. Estas tendencias son peligrosas, pero no inevitables." Observemos cómo en la Carta de la Tierra se consideran problemas de la Tierra tanto los de la naturaleza como los humanos. Tengo la impresión de que la mayoría de los cristianos no somos sensibles hacia los problemas de la Tierra, quizás debido a que la Iglesia institucional no ha puesto la atención necesaria a ellos. Hay verdadera necesidad de ser "educados" al afecto hacia a la Tierra y al compromiso de cuidar de ella y de arreglar todos los desperfectos producidos en su cuerpo. Pero la relación con la Madre Tierra no sólo hay que pensarla como respuesta a los problemas ecológicos, sino también como una actitud general de amabilidad, comprensión, respeto, preocupación... etc., que siempre se ha de sentir hacia ella.  En este sentido la Iglesia, al contrario, más bien insistía en la preocupación por las cosas del Cielo.

 

Reflexionemos un poco sobre la situación.

Es evidente que necesitamos cambiar nuestro modo de ver a Dios, a la Tierra y al Ser Humano. Necesitamos redescubrir lo que significa Dios para la Tierra y lo que significa la Tierra para Dios. La Tierra en su total significado, abarcando todo lo que en ella existe, desde lo más pequeño a lo más grande, desde la vida más simple a la más compleja: la vida humana.

El pensamiento cristiano hizo suyo el imaginario del Génesis, que presenta a un Dios Creador que crea la Tierra, al igual que todo el Cosmos, "desde fuera" y en "un momento" dado, terminando en un instante su acción creadora. En ella es puesto el hombre, que aparece como algo totalmente distinto y desligado del resto de lo creado. Sólo él ha sido creado a imagen de Dios. Es colocado sobre el mundo para que crezca y se multiplique, llene la Tierra y la someta. Dios le entrega todas las plantas, todos los árboles y todos los animales. El hombre es consagrado como el Rey de la Creación. Verdaderamente, esta concepción no favorece una relación amistosa y responsable del ser humano ante la Naturaleza. Es de notar cómo la reflexión cristiana pasa por alto el "para que crezca y se multiplique".

Pero poco a poco se abre paso un nuevo modo de ver al Dios Creador: Dios está presente en todo creando siempre, desde los comienzos y hasta el final, siendo la energía más interna de la evolución. También se intuye al mismo tiempo, al no identificarse con la Naturaleza y ser más que ella, una presencia suya externa creadora que también actúa como fuerza del movimiento evolutivo atrayendo todo hacia sí. Esta presencia de Dios en el interior de lo creado hace que veamos como maltrato a Dios el mal-tratar cualquier parte de su obra. Jesús de Nazaret ha descubierto esto mismo en relación al ser humano.

A la naturaleza se la ve ahora como un organismo vivo, ya desde sus comienzos con un cierto grado de consciencia en todo, que, al ir creciendo en complejidad, va alcanzando niveles cualitativamente superiores: aparece la vida vegetal, luego la animal y por fin la humana con la reflexión. Esta vida, presente en todo el proceso, es también sacramento de la presencia de Dios, pues él vive en ella y actúa en ella. Desde esta perspectiva la naturaleza no puede ser simplemente la materia prima para la subsistencia de la humanidad ni el escenario donde se realiza un teatro cuyos protagonistas son exclusivamente los hombres. La Tierra es Madre de todo y de todos, pues de ella todo ha nacido, y es, además, la casa y el hogar donde todos vivimos y convivimos.

El modo de ver al ser humano ha cambiado también. La fe en un Dios creador no presupone una concepción con el imaginario que nos propone el Génesis. Seguir pensando que el hombre aparece de repente, por la Palabra de Dios, como por arte de magia, impide comprender lo que verdaderamente es el ser humano. El ser humano es fruto de la Tierra. Dios sigue siendo Creador, pero hay que entenderlo de otro modo: crea desde dentro de la Tierra. Dios ha estado siempre en todo y todo ha estado siempre en Dios. Él ha sido la energía interior que ha hecho que se produjera la expansión de la materia, que a través de tanteos, con fracasos y éxitos, llega a la vida, primero muy simple y luego a esa más compleja que es la humana. Esta creación evolutiva hace que tomemos conciencia de la unión entre todos los seres, con una dependencia existencial de los anteriores. Y mirando hacia el futuro podemos entender la dependencia de todo lo que existirá de los momentos anteriores, incluido aquel en el que nosotros estamos. Todos los que han existido, los que existen y los que existirán son hijos de la Tierra y, al mismo tiempo, nosotros desde la fe los vemos hijos de Dios, siendo más semejantes a él por el grado de reflexión, de libertad, de amor... etc.

Podemos reconocer que aun siendo tan naturales como todo lo creado, sin embargo hay una distinción cualitativa debido a la impronta de la reflexión en los humanos, que nos constituye como capaces de libertad y de responsabilidad y con un modo distinto de vivir la relación con los demás entrando en juego el amor humano que ha ido evolucionando de manera diferente a lo que pudiera ser considerado como amor en las etapas anteriores de la evolución de los seres.

 

Algunas consecuencias de este nuevo modo de ver.

Se amplía el concepto de la fraternidad universal que necesariamente ha de abarcar a todos los elementos que han nacido de la Tierra, considerando, además, los tres tiempos. El sentir una profunda relación con todo nos permitirá también a nosotros descubrir a la hermana piedra, al hermano lobo, al hermano sol, a la hermana tormenta...

Desde esta perspectiva se descubre la dulzura de la armonía natural y las estridencias producidas cuando se rompe, podemos ver las necesidades y dolores de la Tierra, lo que nos impulsará a un serio compromiso solidario. Una explotación desmedida de la Tierra o los millones de pobres que hay en el mundo, son desequilibrios, como tantos otros, que a todas luces rompen la armonía original que ha puesto Dios en esa composición musical que es todo lo creado. Cualquier nota asonante repercute en la sintonía de toda esa pieza que es la totalidad de lo que existe.

Con esta nueva manera de ver las cosas espontáneamente cambiará nuestro modo de relacionarnos con la Tierra, a quien necesariamente hemos de mirar con cariño y respeto porque es de verdad nuestra Madre. Y también podemos entender la responsabilidad de cuidar de ella porque es una Madre, llena de vida, con plena vitalidad engendradora, susceptible de ser herida cuando es maltratada. Esta responsabilidad, cuando se percibe, cala más profundamente en el ser humano porque es natural, biológica, nace del mismo ser de las cosas, y no responde a ningún tipo de ideología ni de religión. Es una responsabilidad que implica por igual a todos los seres humanos. El compromiso es ineludible: nadie está capacitado para dispensar de él y tampoco nadie hay que pueda justificar o perdonar las faltas en el quehacer de cada uno en la Tierra.

Es muy importante aprovechar la fuerza de las religiones en favor de la Madre Tierra. La religión está presente en la conciencia moral de sus seguidores y es una fuerza más de las que fundamentan y sostienen los imperativos que conforman los comportamientos humanos. No cabe duda que ese deber de amar a Dios y amarnos los unos a los otros que impregna nuestra conciencia religiosa ha supuesto un beneficio para la humanidad. Pero tenemos que ampliar estos mandamientos e incluir el amor a todo lo demás que existe en la Tierra, que ha de ser también objeto de nuestro de cordialidad, amistad, respeto, cuidado, solidaridad... El amor a la Madre Tierra nos obliga a rehuir todo aquello que pueda herir, maltratar o destruir, la que es nuestra casa común, que tenemos que mantener habitable no sólo hoy para nosotros sino para los habitantes del futuro. Creo que es de vital importancia para todos, los de hoy y los del mañana, crear una conciencia moral ecológica, individual y colectiva, que lleve a compromisos personales e institucionales. Usando el lenguaje convencional de nuestra religión, tendríamos que percibir como "pecado" todo el daño que se le hace a la Madre Tierra y tendrían que sentirse "pecadores" todos los que se lo producen.

El papa Francisco insiste en la centralidad que la misericordia ha de tener en toda reflexión cristiana. Ser miseri-cordioso es poner el corazón, el amor, en los miseri, en los más pobres, en los más doloridos, en los más desdichados, cuyo sufrimiento en el mundo clama al cielo con gritos desgarradores, desoídos por quienes tienen en sus manos el remedio. De este amor también ha de ser objeto la Tierra como la naturaleza, tan dolorida por el maltrato de los humanos. El amor, que implica la miseri-cordia nos empujará a un compromiso solidario radical, tratando de eliminar las causas que producen todas las heridas en la Tierra de la Naturaleza y de la Humanidad. Pasar de largo o estar con los brazos cruzados sería adoptar la postura de los que en la parábola de Jesús pasan de largo después de ver al moribundo del camino. El samaritano fue el único misericordioso, el único comportamiento reconocido como cristiano.

 

De la reflexión al compromiso ecológico

"El compromiso ecológico tiene que impregnar todos nuestros... comportamientos diarios y rutinarios: producir los mínimos desechos, seleccionarlos para reciclarlos, ahorrar agua, combustible, andar menos en coche particular, evitar ruidos, humos, no manchar el suelo de las calles y aceras, respetar y cuidar toda clase de plantas, animales, aves, peces, no fumar o beber, ahorrar todo el plástico posible y no tirarlo nunca, gastar solo la energía imprescindible tanto combustible como eléctrica, participar en todas las campañas en defensa de la Tierra y sus pobres, oponerse al buzoneo, bajar las escaleras andando y no en ascensor y al subir quedarse un piso antes –bueno para la salud-, cuidar a diario la alimentación y la salud, comprar y gastar solo los medicamentos necesarios, pasarse a la medicina natural agradable, plantar por lo menos una planta o árbol por cada uno que utilicemos, educar a los hijos en la ecología, aumentar la alimentación vegetariana, evitar todo gasto superfluo, ostentoso. No comprar más ropa de la necesaria y gastarla hasta el final. Ir contra la corriente de la moda que no es más que un sistema de hacernos consumistas y gastadores de lo que no necesitamos..."  (F. Vilabrille) Viendo cómo son nuestros comportamientos, ¿No tendríamos que invitar a todos los predicadores y profesores a  formar la conciencia ecológica de fieles y alumnos? ¿No habría que decir lo mismo a todos los que desde Internet intentan influir en el modo de pensar y ser de los internautas? La ecología la integran temas humanos muy importantes, trascendentales.

LA CARTA DE LA TIERRA también nos señala aspectos generales sobre lo que hemos de hacer: Respetar y cuidar a los seres vivos, proteger y recuperar las especies y espacios naturales en peligro, fomentar la justicia social y económica, fomentar la democracia, la no violencia y la paz. Este es un esquema muy simplificado que está lleno de contenidos concretos. Debiéramos comprometernos todos a leer despacio esta CARTA, o releerla quienes ya lo hicieran. Los que son orientadores de conciencias y de comportamientos debieran ofrecer esta lectura a quienes escuchan sus consejos.

Últimamente el ecologismo ha sido puesto en valor por muchos. No es de extrañar que en los programas políticos de todos los partidos aparezcan algunas intenciones a favor del cuidado de la Tierra. Han surgido también, y en algunos sitios con bastante fuerza, partidos verdes, que pueden canalizar nuestro voto en las elecciones. No cabe duda que un compromiso individual ecológico tiene mucho valor personal, pero todos sabemos que para influir en la sociedad es necesario presentarse con la suficiente fuerza, que sólo da una importante colectividad. Es necesario, en la medida de las posibilidades de cada uno y del momento en que cada cual se halla, unirse a todos aquellos que se han sensibilizado ante los problemas ecológicos. Añadir también que cuando no es posible una presencia física en alguna organización ecológica, puede ser importante una colaboración económica, una firma en Internet, comprar en los puntos que hay de Comercio Justo... etc.

 

José María Álvarez Rodríguez

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