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Mt 5, 1-12

DE LA ESCLAVITUD A LA LIBERTAD

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Mt 2, 13-15; 19-23

Siempre dentro de los "relatos de infancia", Mateo presenta a Jesús como el "nuevo Moisés". Si el primero condujo la liberación del pueblo, desde la esclavitud de Egipto hasta la "Tierra prometida", el segundo asegurará la liberación de la muerte, triunfando sobre ella.

Con ese interés, el autor del evangelio –siguiendo lo que constituía algo habitual entre los biógrafos de la época- quiere mostrar, ya desde su misma infancia, lo que será la vida y la misión de su biografiado. En realidad, este era siempre el "objetivo" de aquel tipo de relatos sobre la niñez de los personajes: no había que buscar en ellos "historia", sino intencionalidad en función del objetivo perseguido. Dicho en palabras más simples: ¿Qué signos de la infancia de un determinado personaje muestran lo que será después?

Con el objetivo indicado –presentarlo como el "nuevo Moisés", el gran liberador del pueblo-, Mateo lleva a Jesús hasta Egipto. Si Moisés fue liberado "milagrosamente" de la mano del Faraón, que había ordenado la muerte de todos los hijos varones de los israelitas, Jesús también será liberado de la mano de un nuevo "Faraón", Herodes, que buscaba su muerte.

Como Moisés, hará todo el recorrido desde el país del Nilo hasta la "Tierra prometida", mostrando así lo que será su misión: conducir al "nuevo pueblo" a la libertad definitiva.

A partir del simbolismo del relato, y desde una perspectiva no-dual, el lector se ve "reflejado" en el mismo, al entender su propia existencia como un camino de liberación progresiva de todo aquello que suele mantenernos encerrados en la ignorancia y el sufrimiento.

En un primer momento, puede brotar la pregunta más sencilla: ¿en qué consiste, en concreto, en este momento de mi vida, mi mayor esclavitud? ¿Qué es lo que me está quitando libertad? ¿Cuál habría de ser mi particular camino de "Egipto" hasta la "Tierra prometida"? ¿Por dónde me siento llamado/a a empezar?

Solo la consciencia de nuestras "esclavitudes", acogidas desde la lucidez y la humildad, nos aportará la comprensión y la motivación necesarias para ponernos en camino, aunque eso suponga abandonar inercias que nos tientan a permanecer en lo ya conocido, antes que aventurarnos a una "travesía por el desierto", que provoca inicialmente sensaciones de inseguridad e incluso desamparo.

La libertad requiere dejar atrás las rejas de la jaula de la ignorancia, la confusión y el sufrimiento. Y si bien podemos percibir múltiples manifestaciones de tal jaula, el origen de nuestro encierro –con todas las consecuencias que lo acompañan- no es otro que la creencia que nos lleva a considerarnos como "seres separados".

Creerse "alguien separado" es el único "pecado" y la fuente de toda ignorancia. Porque tal creencia nos sitúa, desde el inicio mismo, en una percepción errónea. Desde ella, no podremos sino responder, también erróneamente, a cualquier cuestión que nos planteemos.

Dicho de otro modo: si contesto equivocadamente a la pregunta "¿quién soy yo?", me confundiré igualmente cuando quiera saber qué es la vida, que es la muerte, quiénes son los otros, quién es Dios...

Por todo ello, nuestro "Egipto" no es otro que la identificación con el yo, que nos lleva a reducirnos a la peor de las esclavitudes. La "Tierra prometida" no es otra que la Consciencia, nuestra verdadera identidad, el Territorio olvidado y con frecuencia oculto tras tantos "mapas" como nuestra mente fabrica.

Al salir de ese "Egipto", nos iremos encontrando con todos y con todo. También con el propio Jesús, cuya identidad compartimos, porque no puede haber sino un único Territorio. De este modo, la adoración a Jesús –sin excluirse- se convierte en intimidad sin ningún tipo de fisuras.

 

Enrique Martínez Lozano

www.enriquemartinezlozano.com

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