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Mt 5, 1-12

LA SEÑAL

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Tenían razón los sacerdotes, los letrados, los santos fariseos, cuando le exigían a Jesús una señal. ¿Qué señal nos das para que podamos creer en ti? No eres más que un carpinterillo de pueblo que se ha lanzado a predicar novedades: ¿en nombre de quién, con qué autoridad, qué señal das de ti mismo, por qué tenemos que creerte?

Una señal debería ser convincente, irrefutable: una luz prodigiosa caída de los cielos, una curación asombrosa, un enemigo fulminado por un rayo celeste... Los judíos pedían señales, ese tipo de señales y las siguieron pidiendo hasta la cruz: "baja de la cruz y creeremos en ti".

Pero la señal ya estaba dada. No a Herodes, no al templo, no al Sanedrín, no a los doctores. A cuatro pastores soñolientos. Nada más. A un matrimonio desamparado. Nada más. Una señal del cielo.

Ya está usted pensando en el coro de los ángeles cantando el "Gloria a Dios en las alturas" en medio de resplandores. No, lea usted otra vez el evangelio de hoy, ésa no era la señal. La señal era mejor: un niño pobre, nacido en una cuadra, amparado sólo por sus padres, en mitad de la noche. Ésa era la señal, la señal de que podíamos tener esperanza, de que el pueblo acababa de recibir lo que necesitaba de parte de Dios.

Cualquier cosa puede ser una señal para el que la entiende; para el que no la entiende, no significa nada. Los que hemos creído en Jesús entendemos la señal. Los que no entienden esta señal, es que no han creído en Jesús.

El mismo Jesús volvió a dar otra vez, más claramente, cuando ya era un adulto y predicaba en las sinagogas: Juan le ha mandado a unos discípulos: "¿Eres tú el que ha de venir o esperamos a otro?". Y Jesús: "Los cojos andan, los ciegos ven, la Buena Noticia se ofrece a los pobres... Id a decírselo a Juan". Juan entendió, seguro que entendió.

Ésta era y sigue siendo la señal de Jesús: un niño pobre sin más amparo que sus padres pobres. Cuatro pastores, bastos, incultos, despreciados. Ciegos, tullidos y leprosos que se libran de su maldición. Pecadores invitados a compartir la mesa del Profeta. Esa es la señal, una buena señal

Y más aún: doctores acusando de herejía, santísimos y respetados fariseos escandalizados, sacerdotes al acecho del revolucionario... ¡qué buena señal!

Y todavía hay más: el Templo amenazado de destrucción, purificado de mercadeos, utilizado impunemente para enseñar la nueva doctrina. ¡Estupenda señal!

Las señales de Jesús, tan poderosas que le costaron la vida. Los que mejor entendieron las señales de Jesús fueron los sacerdotes: se dieron cuenta inmediatamente de que la cosa estaba entre Jesús y ellos; uno u otros tenían que morir.

Y decidieron matar, porque habían entendido perfectamente la señal: que Dios es de los pobres y para los pobres, que a Dios le entienden los pobres y se entiende desde los pobres. Los pobres, la mayoría de la gente del mundo, los que no tienen el corazón en el dinero porque no tienen dinero y saben que nunca lo tendrán.

Ni los ricos ni los santos ni los sacerdotes ni los doctores entienden ni reciben a Jesús. Las señales de Jesús les llevan a identificarlo con el mismísimo demonio. La luz resplandece en las tinieblas, pero las tinieblas se cierran, como un espeso muro de brea impenetrable que pretende trabarse, absorber, matar la luz.

La señal: un niño pobre que nace en circunstancias bien precarias: que Jesús nazca así es una magnífica señal. Jesús nace "con buen pie". Si hubiera nacido en Jerusalén, junto al Templo, hijo de sacerdotes o de reyes, todos podríamos decir: "más de lo mismo", Dios presente en el poder, en lo sagrado, en lo ritual, de arriba abajo, entre inciensos y aclamaciones de los de siempre... más de lo mismo. Pero Jesús no es más de lo mismo.

No les falta razón a los que atacan y desenmascaran a las religiones como instrumentos de poder, al servicio de los instalados de la sociedad, bajo capa de un Poder superior que les avala y exige sumisión de la gente normal. No les falta razón, pero Jesús es al revés.

Jesús es buena gente del pueblo, como tantos, carpintero/albañil como su padre, aldeano de un poblacho marginal: se pasa la vida apretujado por las buenas gentes de las aldeas del lago, evitando la orgullosa Tiberias: no es doctor, no es de la secta de los santos, no es esenio separado y puro. Es sanador popular, narrador ambulante de parábolas tan comprensibles que los sabios no las entienden. ¡Qué buena señal!

Por fin, alguien se ha atrevido a quitarles Dios a los ricos, los puros, los sagrados, y devolvérselo a la gente, para que no sea poder sino medicina, para que no necesite alimentarse de oros inciensos y mirras sino que se haga pan para que todos coman... Por esa señal, por eso creemos en Jesús.

Y por eso no pocas veces nuestra iglesia no resulta creíble. Porque quizá hemos vuelto a encerrar a Dios en un templo de oro. Porque quizá hemos vuelto a hablar de Dios tan sabiamente que la gente ni nos entiende ni les importa nada, porque hemos vuelto a atar a Dios al trono de joyas de lo sagrado, porque los importantes de la iglesia no son pobres, hasta tal punto que consideramos un gran avance hacer una "opción preferencial por los pobres"... nosotros, la iglesia, los que nos somos pobres.

Una buena señal, y una mala señal: la buena, que a Jesús le recibió con alegría y con entusiasmo la gente normal, pobre y despreciada, "esos malditos que no conocen la Ley", y lo mató la gente bien, los sacerdotes, los ricos, los sabios, los puros: una buena, muy buena señal.

Y una mala señal: históricamente, los importantes de la iglesia son las clases altas, occidente burgués, teólogos de salón, y han quedado en el margen, o fuera, o muy lejos, masas obreras, despreciados campesinos del altiplano... que vuelven a ser a los ojos de los importantes "esos malditos que no conocen la Ley".

Nuestra celebración de la Noche Buena será una señal: será una muy buena señal si en esa noche no hay en nuestro entorno ningún hambriento sin socorrer, ningún enfermo sin atender, ningún preso sin visitar, ningún solitario sin acompañar... Si la iglesia es universal, si estamos en todas partes, esto debería pasar en todas partes del mundo. Sería La Señal.

Nochebuena será una mala, muy mala señal si nos encerramos en la celebración familiar cenando bien, sólo con los amigos – porque no nos van a pedir nada – mirándonos al ombligo de nuestro propio bienestar sin más.

Y peor todavía si hemos puesto un belén como adorno, con pastores monísimos y una luz azul en el portal para que se vea bien que no nos importa nada que el niño y sus padres sean pobres y estén en apuros.

Y peor todavía si luego nos vamos a la misa del gallo a ver a Dios entre resplandores, inciensos y coros celestiales. Muy mala señal: señal de que para nosotros Jesús, un niño pobre nacido para los pobres, no es nuestro Dios, que no hemos entendido, o no queremos entender LA SEÑAL.

 

José Enrique Galarreta

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