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"Sales al encuentro del que practica gozosamente la justicia y recuerda tus caminos" (Is 64,4)

Instituto Superior de Pastoral, 25 de noviembre de 2017

1. Introducción: una nueva oportunidad

Con la fiesta de Cristo Rey los cristianos terminamos el año litúrgico confesando a Jesús como el centro de nuestras vidas, como el eje sobre el que gira toda nuestra existencia, confesando –como nos ha recordado el Papa Francisco en el Mensaje con motivo de la primera Jornada mundial de los pobres– que “el inocente clavado en la cruz, pobre, desnudo y privado de todo, encarna y revela la plenitud del amor de Dios”1.

El Adviento nos abre las puertas de un nuevo año. Del mismo modo que el inicio de cada año natural se nos ofrece como una oportunidad, como una posibilidad abierta, para dar lo mejor de nosotros mismos en los 365 días que tenemos por delante…, así tendríamos que vivir el comienzo de cada año litúrgico que se no ofrece como novedad, oportunidad, nuevo comienzo…

Creo –es mi percepción, quizás equivocada– que los cristianos solemos caer en un error: considerar el año litúrgico como un “ciclo” como un tiempo circular que vuelve una y otra vez, sin cambio, repitiéndose monótonamente: otro Adviento, otra Navidad…, después vendrá otra Cuaresma, otra Pascua…, y así para volver a empezar.

Esta sensación de circularidad imprime monotonía y rutina y no se corresponde con lo que proclamamos como creyentes que es, justamente, lo contrario: domingo a domingo celebramos al Dios de la sorpresa, al Dios de la novedad, a Aquel que va siempre por delante, que no se repite, a Aquel que sostiene y empuja nuestra historia (personal, comunitaria, mundial, eclesial…), que nos interpela y compromete en la construcción del Reino, hasta que Jesús (el centro de nuestra vida) sea realmente todo en todos.

Nuestro caminar personal, familiar, social, histórico… es un caminar hacia delante, hacia lo mejor, hacia la superación constante…, es un caminar que se nos abre lleno de posibilidades, que nos debe ilusionar, que nos debe llenar de nuevas energías… porque Dios, que es novedad constante, lo impulsa desde dentro.

Creo que si miramos el nuevo año litúrgico desde esta perspectiva, seremos capaces de romper con la rutina para dejarnos sorprender, conmover y movilizar. Ya no será “otro Adviento más”, sino “un Adviento nuevo y distinto”; ni “una Navidad más”, sino “una Navidad nueva e inolvidable”…

Nuestra experiencia nos dice que todo comienzo pone en marcha nuevos resortes, nuevas actitudes. Voy a detenerme en cuatro movimientos a las que, expresamente, nos invita el Adviento y la Navidad.

2. Ponernos en marcha

2.1. Primer movimiento: despertar para servir

En los tiempos en que vivimos es urgente estar despiertos, vigilantes, atentos, en vela. Si vamos por la vida dormidos, distraídos, inconscientes… no tendremos el gozo y la oportunidad de descubrir la novedad que se nos ofrece. Si no estamos despiertos, pasarán este Adviento y esta Navidad, acabará el “cansancio” de estas fiestas y todo volverá a ser igual que antes “a la espera de otro Adviento”.

La Palabra de Dios insiste en la necesidad de despertar del sueño, de estar vigilantes. Se nos llama a “velar y orar porque no sabemos ni el día ni la hora”2. Estar despiertos y conscientes es la condición para acoger la permanente venida de Dios a nosotros, su constante adviento.

Es la actitud que descubriremos en los pastores de Belén, aquellos marginados de la historia que se mantenían despiertos y vigilantes en medio de la noche, con esa atención necesaria para poder percibir y acoger lo importante.

No se trata de un esfuerzo titánico y voluntarista sino de esa forma de ser y de vivir que se transforma en movimiento cotidiano de apertura, de disponibilidad, de acogida, de espera paciente y activa, porque como decía Simone Weil: «los bienes más preciados no deben ser buscados, sino esperados»3.

Estar despiertos, espabilarnos… equivale a caer en la cuenta de nuestra realidad y de la realidad de quienes nos rodean. Es descubrir que no estamos solos, que todos nos necesitamos, que nada ni nadie puede sernos indiferente porque “nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón del seguidor de Jesús”4. Se trata de vivir con consciencia nuestro día a día, poniendo lo mejor de nosotros mismos en lo cotidiano.

Estar despiertos es, en definitiva, sentirnos vivos, ponernos en marcha, salir de nuestras rutinas y hacer de nuestra vida un servicio, a pesar de la indiferencia o el escepticismo que podamos encontrar a nuestro alrededor.

Estar despiertos exige aprender a discernir los signos de los tiempos para reconocer la presencia de Dios y de su reino en los acontecimientos de la vida y actuar en consecuencia.

Una forma de vida despierta, atenta y vigilante, en servicio al otro, comporta superar el «no tengo tiempo» (para lo más valioso: la escucha de la Palabra, la oración-contemplación reposada, la dedicación a los demás) por el «aquí estoy». Supone una permanente atención para rechazar las “obras de la oscuridad” (apatía, comodidad, indiferencia, rutina, afán de protagonismo, hedonismo, corrupción de toda índole) y acoger “las armas de la luz” (paz, justicia, dignidad personal, derechos humanos para todos, compromiso en la transformación de la sociedad y construcción de unas redes sociales nuevas)5.

SÓLO DESPIERTOS PODEMOS ESCUCHAR CON PACIENCIA, SALIR CON PRONTITUD Y ACOGER CON TERNURA.

2.2. Segundo movimiento: escuchar para liberar

Despiertos y vigilantes ¿para qué? ¿con qué objetivo?

Despiertos, atentos y expectantes, con los ojos y los oídos bien abiertos para poder sacudirnos todo lo que nos embota y atonta y emprender la apasionante tarea de liberarnos y liberar.

El Adviento es una llamada a la libertad, a romper las ataduras de todo aquello que nos encierra, nos encoge, nos empequeñece como personas. Es una llamada a eliminar los obstáculos que nos incapacitan para recibir a Aquel que, estando ya en nuestras vidas, nos invita a dejarle espacio, a ensanchar nuestra tienda, la tienda de nuestro corazón, para ser cada vez más conscientes de su presencia.

Escuchar con todo nuestro ser es desprendernos de todo aquello que nos impide abrirnos a la novedad de Dios. Es reencontrarnos con nuestro yo más profundo, superar la locura en la que nos sumergimos tantas veces, salir de la instalación en la superficie de nuestro ser, de la reducción de nosotros mismos a lo que tenemos, a lo que hacemos, a las funciones que ejercemos, a la imagen que damos.

Abrirnos a la escucha que libera es abandonar todo aquello que nos hace ir demasiado deprisa, demasiado encerrados en nuestros pensamientos, ocupaciones y problemas. Es –como decía Dietrich Bonhoeffer– “permitir que [en medio del trajín cotidiano] Dios nos interrumpa. Constantemente Él se cruzará en nuestro camino y cancelará nuestros proyectos humanos enviándonos personas que vienen con sus propios reclamos y peticiones. Puede que, absortos en nuestras importantes ocupaciones diarias, pasemos de largo como hizo el sacerdote ante el hombre que había caído en mano de los ladrones... quizás también enfrascados en la lectura de la Biblia. De este modo pasamos de largo ante el signo que Dios ha erigido bien visible en nuestra vida para mostrarnos que lo que cuenta no es nuestro camino sino el suyo” 6.

Por eso el Adviento es una llamada a la “conversión”.

Pero ¡cuidado!, convertirse no se trata tanto de hacer un nuevo esfuerzo voluntarista por cambiar, cuanto de caer en la cuenta de que nuestra única tarea es vivir lo que ya somos: hijos e hijas de Dios Padre/Madre y, por tanto, hermanos y hermanas entre nosotros.

En Jesús, hecho niño en Belén, se nos da la oportunidad de redescubrir nuestra identidad más profunda y celebrarla con gozo. Él no sólo nos revela quién es Dios, sino que proclama quienes somos cada uno de nosotros. Por eso, desde la contemplación expectante y humilde del misterio de la Encarnación tenemos que aprender que mirar a Jesús es como mirarnos en un espejo.

Es necesario abrir el oído y escuchar para vivir con un corazón limpio y libre de falsas tradiciones el misterio al que nos acercamos con “temor y temblor”7 experimentando en el hondón del ser la grandeza a la que hemos sido llamados: somos hijos e hijas de Dios, aunque aún no se haya manifestado plenamente8.

Sólo descubriendo con asombro lo que somos por don y gracia nos abriremos a la libertad9 que necesitamos para dejar que algo nuevo brote en nuestras vidas. En la libertad y desde la libertad, la violencia se torna justicia, la intolerancia se transforma en paciencia y consuelo; el cansancio por la rutina deja paso a la alegría de la novedad; el deseo de venganza da espacio al perdón sin condiciones…

Despiertos y liberados podemos salir al encuentro de Aquel que nos quiere encontrar.

2.3. Tercer movimiento: salir para dejarse encontrar

Sabemos que la palabra «Adviento» significa literalmente «advenimiento», «venida», «llegada». Son cuatro semanas en las que Dios (el que viene, el que tiene la iniciativa) y nosotros (los que le esperamos) somos los protagonistas. Es decir, son cuatro semanas de “movimiento” porque se va a producir un “encuentro” que va a trastocar nuestra vida.

Dios viene, se hace presente… nosotros esperamos su venida, nos preparamos para ella. Pero nuestra espera no puede ser pasiva.

En realidad, si lo pensamos despacio ¿podemos hablar de la venida del Señor? ¿No es verdad que Dios está ya siempre presente en nosotros, puesto que si existimos es gracias a su presencia en lo más profundo de nuestro ser? ¿No afirmamos con san Pablo que «en él vivimos, nos movemos y existimos»10?

Y si esto es así (que lo es) entonces, ¿tiene sentido hablar de que Dios sale a nuestro encuentro, de que Él viene? ¿acaso se ha ido?

Si Él ya ha venido, si ya está con nosotros, entonces ¿a quién esperamos?

Responder a esta pregunta es importante en nuestro camino creyente, porque en el fondo cuestiona cómo vivimos la Navidad: ¿es un recuerdo de algo que se produjo de forma puntual en Belén hace más de 2000 años, o es una realidad que sigue aconteciendo de un modo nuevo y distinto en este 2017 para ti…, para mí…, para todos…?

Afirmamos que Dios viene, que sale a nuestro encuentro. Todos tenemos experiencia de que, cuando nos abrimos con un corazón creyente a lo que nos rodea, somos capaces de percibir la constante venida de Dios que se hace presente y activo en la creación, en la historia, en la sociedad y en la vida de las personas.

Siempre y en todo lugar podemos escuchar los pasos de nuestro Dios. Él viene y está presente en la luz y en las tinieblas, en el gozo y en el dolor, en el trabajo y en el descanso… En cada instante (como dice el profeta) se rasga el cielo y desciende el salvador11.

Él sale a nuestro encuentro de un modo total y permanente. Viene a nuestro mundo, a nuestra historia, a cada uno de nosotros… Se hace presente y presencia.

Y puesto que Dios nos ha dado en Jesús todo lo que nos podía dar, somos nosotros los que debemos dejarle sitio12 allí donde quiere dejarse encontrar13. “Si realmente queremos encontrar a Cristo, es necesario que toquemos su cuerpo en el cuerpo llagado de los pobres […] en los rostros y en las personas de los hermanos más débiles”14: rostros “marcados por el dolor, la marginación, la opresión, la violencia, la tortura y el encarcelamiento, la guerra, la privación de la libertad y de la dignidad, por la ignorancia y el analfabetismo, por la emergencia sanitaria y la falta de trabajo, el tráfico de personas y la esclavitud, el exilio y la miseria, y por la migración forzada. La pobreza tiene el rostro de mujeres, hombres y niños explotados por viles intereses, pisoteados por la lógica perversa del poder y el dinero”15.

Él viene, sigue viniendo, sigue saliendo a nuestro encuentro, recordándonos que el camino del Reino se construye desde la práctica gozosa de la justicia16 porque es en estos hermanos nuestros, los más pequeños y desamparados donde Él se hace presente, donde Él se hace de nuevo Navidad.

Por eso, celebrar el Adviento implica abandonar nuestra apatía y pasividad, para SALIR AL ENCUENTRO –en la medida de nuestras posibilidades– de aquellos que vienen y nos piden un espacio en nuestras vidas.

Necesitamos ayudarnos unos a otros a abrir bien los ojos, a espabilar los oídos, a hacernos sensibles a las múltiples formas en las que Él viene y a ponernos en movimiento para acogerle no sea que caigamos en el mismo error que aquel posadero de Belén quien le cerró las puertas a la vida porque, en aquel momento, no le era rentable acoger a quien sólo podía acarrearle complicaciones.

Él se acerca a nuestra humanidad como lo hizo en la primera Navidad: en la humildad de lo cotidiano, en la sencillez, en la pobreza, en lo aparentemente insignificante, en aquellos con quienes nos cruzamos y tratamos cada día…

Hemos de estar alerta para que el ambiente festivo que engalana nuestra sociedad y el derroche y el consumo al que se nos invita en estos días no embote nuestra mente y nos haga olvidar que hemos de preparar nuestro corazón, nuestra familia, nuestra casa, nuestro ambiente de trabajo… para esta visita importante…, que hemos de aprender a descubrir por dónde se hace Él presente hoy.

¡Tenemos que urgirnos unos a otros a prepararnos! Alguien importante llega a nuestras vidas… Todo tiene que estar bien dispuesto… Esto es lo que nos irá recordando la liturgia de este tiempo: «preparad el camino al Señor»17. Lo decisivo de la preparación es que queramos recibirlo, que deseemos hacerle un sitio en nuestras vidas. Pero dos no se encuentran si uno no quiere, por eso estamos urgidos a ponernos en movimiento saliendo de nosotros mismos para dejarnos encontrar.

Como tantas veces nos recuerda el Papa Francisco, estamos llamados a ser personas y comunidades en salida18 ante situaciones aparentemente “sin salida”. No podemos resignarnos a vivir como rehenes de tradiciones fosilizadas que poco o nada nos dicen porque se han transformado en un mensaje que ya no nos conmueve, que nos deja como estamos porque lo hemos domesticado.

Urge ponernos en movimiento y salir aunque ello implique abandonar las seguridades de un “cristianismo-fortaleza” (anclado en doctrinas, normas, culto y cumplimientos que nos dan seguridad) para hacernos una “Iglesia hospital de campaña” en la que todos los hombres y mujeres encuentren un espacio y un motivo para seguir luchando y esperando.

Debemos salir optando por ir contracorriente de esta sociedad de consumo exacerbado para hacernos servidores de quienes menos oportunidades tienen, al tiempo que voz profética contra el sistema que nos envuelve y que produce sufrimiento y miseria y mata a las personas.

Debemos salir de nuestra pasividad, dejar de hablar “de los pobres” para aprender a “hablar con los pobres”, “tenderles una mano, mirarlos a los ojos, abrazarlos”19 y defenderlos.

Debemos salir y tomar partido a favor de las víctimas, llamando por su nombre a los causantes de las injusticias reconociendo con humildad que, muchas veces, nosotros también cerramos las puertas de nuestras posadas y nos limitamos a gestos que poco nos comprometen.

Debemos salir y mostrar con nuestra vida que el Evangelio de Jesús es realmente “buena noticia”, que nos alegra el corazón. Urge que los cristianos –como dice el papa Francisco– abandonemos la cara de “vinagre o de viernes santo”, o caminemos “tristes como si fuésemos a nuestro propio entierro” y nos mostremos humanos, alegres y esperanzados porque participamos de la revolución del Evangelio, la revolución de la ternura, de la misericordia y del cuidado.

El misterio de la Navidad nos urge a estas y otras salidas, las necesarias para construir realmente la civilización del amor y de la compasión, menos individualista, materialista, cínica y desprovista de solidaridad.

Navidad nos llama a ser cristianos de menos doctrinas y dogmas y más sencillez, desapropiación y acogida con amor y ternura. Los cristianos tenemos “la misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar [porque somos los hombres y mujeres] que [hemos] decidido a fondo ser con los demás y para los demás” (EG 273).

2.4. Cuarto y último movimiento: acoger para integrar

Adviento tiene que suponer en nosotros un cuarto movimiento: APERTURA A LA HOSPITALIDAD20.

Si este tiempo es una invitación a mantener una actitud activa, alegre y esperanzada de apertura, escucha y atención, supone también una llamada a abrir nuestra tienda y a dejar espacio al Aquel que llega. Ello no es, ni más ni menos, que practicar la hospitalidad.

Vivimos en un mundo en el que a los cristianos se nos llama a reconstruir la unidad de la familia humana. En una sociedad en la que afirmar los valores identitarios está suponiendo ruptura, división y confrontación, se nos urge a trabajar porque “todos seamos uno”. Y éste compromiso nos involucra hasta tal punto que será el signo por el que hombres y mujeres creerán en la Buena Noticia de Jesús21. Estamos llamados a ser constructores de una humanidad reconciliada y fraterna, donde los últimos encuentran su espacio en la mesa de hermanos y hermanas.

La Navidad que vamos a celebrar “nos convoca a impulsar y vivir la hospitalidad como característica de una sociedad verdaderamente humana y expresión cristiana de la acogida del Otro en los otros y de ellos en Él”22.

Y no se trata de una hospitalidad entendida como un gesto magnánimo y puntual, como empatía y compasión, como un gesto amable con los desconocidos, los viajeros o las personas extranjeras, ni siquiera se puede limitar “a una buena obra de voluntariado para hacer una vez a la semana y menos aún a gestos improvisados de buena voluntad para tranquilizar la conciencia. Estas experiencias, aunque son válidas y útiles para sensibilizarnos acerca de las necesidades de muchos hermanos y de las injusticias que a menudo las provocan, deberían introducirnos a un verdadero encuentro con los pobres y dar lugar a un compartir que se convierta en un estilo de vida”23.

Los cristianos estamos llamados a vivir una “hospitalidad hecha cultura, al haber llegado a ser de verdad nuestro modo de ser y actuar”24.

Supone el aprender a convivir con el miedo y la inseguridad que brota ante el desconocido, silenciando las voces que nos alertan sobre el peligro que supone acoger, ayudar, acercarse al otro.

La Encarnación es un grito a generar dinámicas de inclusión haciendo que nuestra transformación personal llegue a las estructuras. Por eso es una invitación a “discernir dónde podemos colaborar mejor, conforme a los propios dones recibidos, a la hora de construir el reino con otros, sean cristianos o no.

Poner la mirada en el otro, en su precariedad, en su necesidad, dándole confianza, haciéndolo crecer, es mirar y actuar como Jesús o, mejor, dejando que Jesús, el Viviente, siga actuando a través de nosotros. Ayudar a hacer visibles a los invisibles, a los que no cuentan, […] es ayudar a visibilizar al Dios invisible hecho carne en Jesús, que vive resucitado en los márgenes, con los últimos, impulsando el regreso de todos al Padre, para que se haga realidad la universalidad del Amor de Dios a sus criaturas. A los cristianos se nos invita a encarnar esta Palabra Viva. Pero no debemos olvidar que solo es posible hacerlo con coherencia si se vive en y desde la Palabra. Es así como el cristiano puede visibilizarla y dar de verdad testimonio de ella, prosiguiendo la misión de Jesús”25.

Adviento y Navidad no invitan a esta hospitalidad, es decir, a “abrir las puertas del corazón” desde la confianza en la bondad del ser humano, “una confianza que se aprende, que se educa. Una confianza que se va gestando en el seno de una comunidad, en la vida de una familia. Una confianza que se vuelve testimonio en los rostros de tantos que nos estimulan a seguir a Jesús, a ser discípulos de Aquel que no decepciona jamás”26.

La hospitalidad, como dice el Papa Francisco, es una palabra central en la espiritualidad cristiana, ya que constituye el núcleo de la experiencia del discipulado. Es un arte y un aprendizaje.

“Podríamos decir que cristiano es aquel que aprendió a hospedar, que aprendió a alojar”, a acoger aprendiendo a “vivir de otra manera, con otra ley, bajo otra norma. Es pasar de la lógica del egoísmo, de la clausura, de la lucha, de la división, de la superioridad, a la lógica de la vida, de la gratuidad, del amor. De la lógica del dominio, del aplastar, manipular, a la lógica del acoger, recibir y cuidar. Son dos las lógicas que están en juego, dos maneras de afrontar la vida y de afrontar la misión.

Cuántas veces pensamos la misión en base a proyectos o programas. Cuántas veces imaginamos la evangelización en torno a miles de estrategias, tácticas, maniobras, artimañas, buscando que las personas se conviertan en base a nuestros argumentos. […] En la lógica del Evangelio no se convence con los argumentos, con las estrategias, con las tácticas, sino simplemente aprendiendo a alojar, a hospedar”.

“Hospitalidad con el hambriento, con el sediento, con el forastero, con el desnudo, con el enfermo, con el preso27, con el leproso, con el paralítico. Hospitalidad con el que no piensa como nosotros, con el que no tiene fe o la ha perdido. Y, a veces, por culpa nuestra. Hospitalidad con el perseguido, con el desempleado. Hospitalidad con las culturas diferentes. Hospitalidad [también] con el pecador, porque cada uno de nosotros también lo es”28.

Para eso hay que tener las puertas abiertas, sobre todo las puertas del corazón, hablar el lenguaje del recibir y acoger, ofrecer un lugar en el que sanar las heridas y recuperar horizontes de esperanza. En definitiva tratar a todo otro como hermano29.

Jesús nos abre a una nueva lógica. Un horizonte lleno de vida, de belleza, de verdad, de plenitud. Es en esta fraternidad acogedora, donde se ofrece el mejor testimonio de que Dios es Padre, porque es en esto donde conocerán todos que somos sus discípulos: en nuestra capacidad de amarnos los unos a los otros. 30

Y cuando estemos cansados, o se nos haga pesada [esta] tarea, es bueno recordar que la vida que Jesús nos propone responde a las necesidades más hondas de las personas, porque todos hemos sido creados para la amistad y para el amor fraterno31.

3. Conclusión: Adviento, un tiempo de atención, escucha, salida y acogida

Y termino esta reflexión haciendo mía la llamada apremiante del profeta32: ¡Deja espacio al Señor!. Él sale pacientemente al encuentro del que practica gozosamente la justicia, de Aquel que recuerda permanentemente sus caminos.

¡Despierta!, ¡escucha!, ¡muévete!, ¡acoge!. No te limites a “celebrar” la Navidad, a “contemplar” pasivamente el misterio que se nos ofrece en su belleza y en su bondad… ¡Vívela! de modo que transforme realmente tu existencia cotidiana.

Aprovecha este Adviento para sacudirte la pereza y SALIR hacia Aquel que viene a tu encuentro; propicia espacios en los que puedas ESCUCHAR la voz del Espíritu que en tu interior te recuerda quién eres: ¡hijo/a y hermano/a! vive en libertad y liberando a otros; ayuda a quienes te rodean a DESPERTAR, a estar atentos y vigilantes para no caer en la rutina de lo ya conocido que se torna desesperanza; abre las puertas de tu vida a la HOSPITALIDAD desde la certeza de que es en ese espacio de gozosa justicia en el que Él se te hace presente.

Sé como María a quien se nos propone como icono del Adviento: ella no domesticó, ni dominó, ni se apropió de la Palabra de Dios sino que, por el contrario, la escuchó, la acogió, la hospedó, la gestó y la entregó.

Carmen Barba Pérez

 

 

NOTAS

1 FRANCISCO, “No amemos de palabra sino con obras”, Mensaje de la I Jornada Mundial de los pobres, 19 de noviembre de 2017, 7.

2 Mt 24,42.

3 WEIL, S., A la espera de Dios, Trotta, Madrid 20095, 71.

4 Cf. GS 1. En este texto se retoma un texto clásico: “Nada de lo humano me es ajeno”. Esta frase fue escrita por PUBLIO TERENCIO AFRICANO en su comedia “Heautontimorumenos” (El enemigo de sí mismo), del año 165 a.C.

5 Cf. Ef 5,8.

6 BONHOEFFER, D., Vida en comunidad, Sígueme, Salamanca 2003, 92.

7 2Cor 7,15.

8 1Jn 3,1-3.

9 Cf. Gál 5,13.

10 Hch 17,28.

11 Cf. Is 45,7.

12 Cf. Is 54,1-5.

13 Cf. Documento de Puebla 31-39.

14 FRANCISCO, “No amemos de palabra sino con obras”, Mensaje de la I Jornada Mundial de los pobres, 19 de noviembre de 2017, 3.

15 Ibídem 4.

16 Cf. Is 64,4.

17 Cf. Mt 3,3; Is 40,3; Jn 1,23.

18 EG 20-24

19 FRANCISCO, “No amemos de palabra sino con obras”, Mensaje de la I Jornada Mundial de los pobres, 19 de noviembre de 2017, 3.

20 TORRALBA, F., Sobre la hospitalidad. Extraños y vulnerables como tú, PPC Madrid 2003; No olvidéis la hospitalidad (Heb 13,2). Una exploración teológica, PPC, Madrid 2004; CAFARENA, G., La entraña humanista del cristianismo, Desclée De Brouwer, Bilbao 1984; INNERARITY, D., Ética de la hospitalidad, Península, Barcelona 2001.

21 Cf. Jn 17,21.

22 OLLER, Mª D., Tejiendo vínculos para construir la casa común. Una mirada desde la fe cristiana, a la crisis migratoria y de los refugiados, Sal Terrae, Santander 2017, 164.

23 FRANCISCO, “No amemos de palabra sino con obras”, Mensaje de la I Jornada Mundial de los pobres, 19 de noviembre de 2017, 3.

24 OLLER, Mª D., o.c. 164.

25 Ibídem 164-165.

26 FRANCISCO, Homilía pronunciada en am o grande de u ua , sun i n, Viaje apostólico a Ecuador, Bolivia y 27 Cf. Mt 25,34-37.

28 FRANCISCO, Homilía pronunciada en am o grande de u ua , sun i n, Viaje apostólico a Ecuador, Bolivia y Paraguay, Domingo 12 de julio de 2015.

29 Cf. BERMEJO, J.C., “Hospitalidad”: Humanizar 2011, https://josecarlosbermejo.es/articulos/hospitalidad

30 Jn 13,35.

31 EG 265.

32 Cf. Is 64,4.

 

BIBLIOGRAFÍA

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