col zamora

 

En 2015 murieron más españoles que nacieron. Fue noticia y dejó de serlo, pues (casi) nadie quiso darse por enterado, en el sentido de que era cuestión de vida o muerte, en sentido literal, modificar esa tendencia, lo que significaba un cambio drástico de modelo económico y social. Desde 2012, España ha perdido 1,6 millones de jóvenes menores de 24 años, según un estudio divulgado por la Fundación BBVA, ausente de sospechas de izquierdismo o populismo, término adoptado por la derecha para descalificar a todo lo que discrepe de su mortuoria melodía. El mismo estudio señala que el país lleva cuatro años perdiendo población y que la edad del español medio “ha pasado de ser un joven de 28 años en 1900 a un adulto de algo más de 41 años en la actualidad”. Por su parte, el FMI –exento de sospechas de alarmismo-, advirtió el pasado julio sobre la explosiva combinación, en España, de deuda astronómica y envejecimiento de la población, con expectativas de vida que, dentro de una década, pueden superar los 90 años.

El Instituto de Política Familiar informó, en mayo, que España necesita un mínimo de 263.000 nacimientos más por año para asegurar el reemplazo generacional. El CSIC, en fin, hizo pública una proyección poblacional para 2050 –dentro de 33 años, la edad en que Jesucristo fue crucificado-, indicando que, para ese año, las personas mayores de 65 años superarán el 30% de la población total española. Según el CSIC, España tiene el mayor índice mundial de envejecimiento, dato que coincide con las proyecciones de Naciones Unidas, que sitúan a este país como el más envejecido del mundo. Según la ONU, en 2050 el 40% de la población española será mayor de 60 años.

En buena lógica, el tema debería ocupar uno de los primeros lugares de la agenda política pero, al parecer, hay infinidad de cosas más importantes que buscar fórmulas para detener el devenir fatal que amenaza a España. Resulta escalofriante ver que, a juicio de conspicuos ‘padres de la patria’, resulta más importante acatar las directrices suicidas de Bruselas o seguir manteniendo las políticas que han llevado a España a su peor crisis humanitaria que rescatar al país de sus manos y, lisa y llanamente, salvarlo de la hecatombe demográfica. Estamos ante un problema de biología, no de ideologías, aunque la consideración del mismo y sus soluciones sí lo sean. Si no hay reemplazo generacional una sociedad, simplemente, se extingue, como se extinguirá el lince ibérico si no hay ejemplares suficientes para su supervivencia. O como desapareció la sociedad espartana, ante la imposibilidad de reponer a los espartiatas muertos. Un tema tan grave no puede resolverse con parches porosos, sino con un cambio radical de modelo social y económico, como ya se señalara y es pertinente repetir, repetir y repetir.

Preparar a una persona para la vida laboral, en un mundo cada vez más tecnificado, competitivo e interrelacionado no es cuestión de años. Es de décadas. Una buena preparación educativa requiere no menos de 25 años y, si hablamos de cualificación alta, de 30 o 35 años: el tiempo que hace falta para detener la anti-bomba demográfica. Quiere esto decir que la generación del relevo de 2050 debería llevar naciendo desde, cuando menos, 2010, para sumarse, a partir de 2040, al mercado laboral y a las cotizaciones de la Seguridad Social. Está ocurriendo exactamente lo contrario. No sólo no nacen bebés suficientes sino que, con salarios de 300 o 700 euros y contratos basura, los jóvenes que hoy están en edad de procrear no pueden hacerlo dada la horrenda precariedad en que viven. Como no hay señales de que la situación vaya a cambiar sino al revés, de que seguirá empeorando, deben pensarse que el déficit de natalidad continuará incrementándose, hasta llegar a un punto de imposible retorno.

Sumando la caída de la natalidad con la emigración juvenil y la huída de casi todos los inmigrantes jóvenes, España habría perdido, en cuatro años, casi tres millones de la generación del relevo, cifra que continuará aumentando en los próximos años, dada la ausencia de expectativas laborales adecuadas en el corto y mediano plazo. En diez años podrían ascender a ocho millones, en un suma y sigue que lleva a la extinción. No es delirio. Un informe del INE, de 28 de octubre de 2016, señala que la población activa en España se ha reducido en 643.000 personas y que esa población ha envejecido. En 2007, los trabajadores entre 20 y 49 años representaban el 77,4% de la fuerza laboral. Hoy, el grueso de esa fuerza (78% de población activa) son trabajadores de entre 30 y 59 años.

Otra cuestión: la edad de maternidad se retrasa cada vez más. En 1976 la edad media de concepción era de 28,5 años. Hoy está en 31,9. Dado que la precariedad laboral seguirá y afecta más a las mujeres que a los hombres (que no son despedidos de sus trabajos por preñez), no será nada extraño que, dentro de diez años, la edad media se sitúe en los 40. Más que madres o padres, serán desalentados abuelas y abuelos, con un hijo de media o por pareja, sin esperanza de jubilación por sus bajas y magras cotizaciones. Además, sufrirán la brecha tecnológica, pues sus hijos se educarán en una galaxia distinta.

Como pescadilla que se muerde la cola, el envejecimiento poblacional ha instaurado una sociedad gerontocrática y refractaria al cambio. Desde los 90, el voto de los mayores de 60 años ha devenido en decisivo. En las dos últimas elecciones, el 60% de votantes del Partido Popular eran mayores de 55 años, por 12% menores de 34 años. Estos votantes del PP son militantes: vota el 80% de ellos. Similar es el caso del PSOE: el 54% de sus votantes supera los 55 años, con alto nivel de movilización (74%). En el otro extremo están los votantes de Unidos Podemos que, en un 75%, tienen menos de 54 años. Si bien tienen niveles similares de movilización (73%), el aumento constante de votantes envejecidos y reacios al cambio, sumado a la pérdida de población joven, obstruyen sus posibilidades de prosperar. La gerontocracia, así, deviene en trampa mortal para España, pues se erige en muro que, con su voto a los partidos tradicionales, impide la renovación generacional del país y, al impedirlo, hace casi inexorable su condena a la extinción.

Eso, en los aspectos estrictamente de natalidad y trabajo. Pero España y Europa no están solas en el planeta tierra, aunque políticos y medios de comunicación actúen como si Europa fuera el mundo todo. Hay dos centenares de países, con altas tasas de natalidad, vigoroso crecimiento económico y acelerado desarrollo. Estos países, en su gran mayoría del sudeste asiático, son responsables de que la Unión Europea haya pasado de representar el 40% del PIB mundial en los años 80 a tan sólo el 26% de ese PIB en el presente. Las grandes economías asiáticas constituyen un desafío formidable al modelo económico europeo, a tal punto que, a menos que ocurra un milagro, en diez o quince años esas economías desbordarán a la europea y… ¿quiénes, en unas envejecidas y caducas sociedades estarán para aguantar el envite? ¿Quiénes, si buena parte del trabajo existente será geriátrico, llenarán las fábricas, cultivarán los campos o investigarán?

Europa se defiende con productos de alta gama y tecnología, pero esa superioridad tiene los días contados. China es hoy el mayor fabricante de automóviles del mundo y lleva años apostando por coches de lujo, que llevan años saliendo de sus usinas. Rusia tiene ya una producción industrial de aviones civiles y China la tendrá en dos o tres años. En 2025 entra en producción en serie el avión ruso-chino C-929, competencia del A-340. Las sanciones contra Rusia han tenido un efecto contrario, pues llevaron al país a hacer enormes inversiones en I+D, para fabricar en Rusia lo que antes importaba. En 2020, Rusia espera producir el 80% de la tecnología que compraba a Europa. El retroceso de la UE se evidencia en que la Agencia Espacial Europea depende de cohetes rusos para sus misiones. Rusia, además, ha superado a EEUU como mayor productor mundial de trigo y prevé convertirse en principal exportador de granos, compitiendo con la UE. Corea del Sur ha apostado por erigirse en potencia tecnológica. India se convertirá en la tercera economía mundial. Irán, libre de sanciones por el tema nuclear, va camino de ingresar al selecto grupo de grandes economías. Frente al crecimiento medio del 6% de esos países, la UE languidece en el 1,9%. Según el FMI, España ha sido desplazada por Corea del Sur al 14º lugar atendiendo al PIB y al 16º por paridad de poder de compra, por debajo de Indonesia, México, Corea del Sur y Arabia Saudita. En esta escala, sólo hay cuatro economías europeas entre las quince mayores del mundo, y para abajo.

Pueden perderse los ‘expertos’ en cábalas y seguir negando lo evidente, pero, por donde se rasque, salen las llagas sobre el futuro de España y de la Unión Europea. La lápida la está poniendo el creciente proceso –no irreversible- de concentración de riqueza en un puñado de manos. Como sabe cualquiera que sepa aritmética básica, a mayor concentración de riqueza, mayor desigualdad, desempleo y pobreza. España, en eso, es primera de grupo. Es el país con mayor desigualdad en la OCDE y segundo en Europa, sólo superado por Letonia: un 10% de población acapara el 55,6% de su riqueza. Es cifra más propia de un país del denostado ‘tercer mundo’ que no la de una cada vez menos igualitaria Europa. España es 14 veces más desigual que Grecia, no obstante el colapso de ese país. También España lidera el desempleo, por detrás de Grecia. China ha sacado a 700 millones de personas de la pobreza, España tiene al 30% de su población en pobreza o riesgo de exclusión. Mundos que caminan en sentidos opuestos.

España se muere y, aquí, en fuegos artificiales. En 2050 la gerontocracia que hoy vota por la parálisis estará muerta, pero otros muchos les sustituirán. Su herencia será un país moribundo. Puede que sea ley fatal de la vida. Que Europa haya cumplido su ciclo vital y, como el Imperio Romano, le toque desaparecer. Una cuestión de simple biología.

 

Augusto Zamora R. Autor de Política y geopolítica para rebeldes, irreverentes y escépticos, Foca, 2016.