col fer jim

   

 

Con una larga experiencia de religión y de psicoterapia, Fernando nos propone superar una religiosidad supersticiosa (infantil) mediante una religiosidad cósmica (de madurez), con los pies en la tierra. Y lo concreta en cinco criterios muy sensatos; que abarcan tanto nuestra dimensión vertical hacia Dios (humildad y asombro) como nuestra dimensión horizontal (justicia y compasión humana). Una buena síntesis de nuestra posición religiosa y humana. (Gonzalo Haya)


Pensaba Albert Einstein que la religiosidad (o el “sentimiento religioso”, o la “mentalidad religiosa”) tiene dos modalidades diferenciales. Él las denomina religiosidad supersticiosa y religiosidad cósmica.

La religiosidad supersticiosa se genera a partir de las más remotas etapas de la evolución de la humanidad desde el sentimiento de miedo: el temor de la criatura, incluso el pavor, a los designios implacables del Creador (“perdona a tu pueblo, Señor”, “no estés eternamente enojado”… cantábamos despavoridos en las procesiones y misiones populares del pasado siglo). Y los rezos, súplicas y oraciones estaban dirigidas a influir en el Ser Supremo para que cambiara sus designios… (Lo cual no deja de parecerle a Einstein una incongruencia, además de considerar su inutilidad fehaciente, por estar empíricamente demostrado que la marcha del mundo y de los procesos sociales y biológicos están regidos por leyes bastante independientes de las plegarias humanas).

La religiosidad cósmica parte de otra mentalidad para la que rezar no consistiría en hablar, sino en escuchar.

Quien reza desde esta mentalidad o este concepto de su Fe no pretende influir en los designios de Dios para que cambie en benevolencia su presunta crueldad, o sus actuaciones justicieras y vengativas. Lo único que se pretende con la oración, o con los rezos, es abrirse a lo inescrutable, es escuchar su Palabra (el Logos) a través de los aconteceres que envuelven el misterio del mundo.

Y es confiar que es la genuina respuesta de la Fe (fides es la raíz etimológica de la confianza…). Confiar en una sabiduría y una bondad absoluta y transcendente.

Tal vez no sea mala cosa reflexionar con Einstein…

…Ni con Beltrand Russell, cuando afirma: “Gran parte de las dificultades por las que atraviesa el mundo se deben a que los ignorantes están completamente seguros y los inteligentes llenos de dudas”. Pues, situándonos en el terreno de las personas inteligentes, me atrevo a sugerir que podría ser de provecho intelectual y moral un ejercicio saludable, siguiendo la línea de la duda metódica de Descartes: poner en duda, como método intelectal, algunas de nuestras convicciones, en este caso, la de la religiosidad que de toda la vida practicamos, si es auténtica o está falseada, o descafeinada, o trasnochada, o excesivamente rutinizada… Es por lo que propongo que nos pongamos en situación mental de duda cartesiana, y nos apliquemos, metódicamente, un test de autenticidad religiosa.

      Estos serían los ítems del test:

  • si es piadosa (en su sentido etimológico, derivado de su raíz latina, pietas). Es decir, si es efectivamente compasiva, respetuosa, benevolente, misericordiosa… con hechos, no solo con palabras o con sentimientos);
  • si inspira sentimientos, actitudes y acciones adecuados para una convivencia equitativa, justa y, sobre todo (cada persona desde su limitada parcela de poder), promotores de justicia, de gratuidad y de amor;
  • si enfoca la inabarcabilidad de lo transcendente desde una actitud de humildad realista y asombrada, abierta a la esperanza y lejana de cualquier clase de fanatismo, sin creerme, desde mis criterios personales, poseedor de la verdad absoluta);
  • si no se limita a juzgar, sino que es perdonadora e inspiradora de sentimientos positivos (misericordiosos) para con los errores humanos de las personas y sus limitaciones existenciales;
  • si promueve asombro estético ante la belleza enigmática de lo creado, lo cual eleva la experiencia existencial a regiones superiores del espíritu, abiertas a la creatividad y al progreso...

Es decir: Todo lo que no tiene que ver con el fanatismo inautentificador, ni con el pernicioso narcisismo, que tan peligrosamente se infiltran hasta en las más bienintencionadas actitudes y exigencias religiosas y morales.

 

Fernando Jiménez Hernández-Pinzón

Atrio