col bruno

 

Me paseo solo, en esta tarde lluviosa, escuchando la borrasca golpear el escaparate de los locales de mi ciudad. Una ola de angustia lo invade todo, como si la vida, implacable, no fuese más que pequeñas atrocidades tras otras, como si el mundo, inclemente, no diera tregua ni perdón. Verdad de la angustia: expuestos al sufrimiento y mortales en la vida. Verdad de la muerte: la única, quizá, que corroboramos con certeza. Ya lo expresaron, en sus diferentes maneras, el Eclesiastés, el Nuevo Testamento, Epicuro –o, con más fuerza, su discípulo Lucrecio-, Cioran, Shopenhauer... Que no siempre sufrimos y que no toda muerte es una prematura realidad evidente; pero ¿quién puede escapar de ello por completo? Lo real se impone, y no nos queda más remedio que aceptarlo con resignación. Que nos podamos revelar contra el destino, maldecir, quizá, es una respuesta plausible. Los estoicos, en esto, me hacen reír. ¡Cómo vamos a aceptar, como si nada, el cáncer, el sufrimiento de los niños, las enfermedades congénitas, la decrepitud de los ancianos, el dolor atroz de nuestro cuerpo! El combate forma parte de nuestra vida. La angustia forma parte de nuestra vida. Que no pensemos en ello, abocados a la diversión o a nuestro trabajo, es una reacción lógica que nos permite soportar la vida; lo trágico sería que perdiésemos lucidez, coraje, intrepidez...La vida sabe a felicidad, decía Alain, y contiene sólo una parte de verdad. ¿Quién puede exigirle a un padre que rebose felicidad si su hijo acaba de morir? Este aparente pesimismo, que mucha gente me critica, no deja ser verdad. Basta mirar el mundo. Baste leer los diarios. Basta atravesar los hospitales. La lucidez está del lado de la angustia, y no porque la vida nos prive de la dicha, ni nos impida disfrutar de los placeres que ésta comporta, pero hacer como si lo horrendo no existiera, como si lo trágico no existiera, es tapar con absurdos ardides lo esencial de la condición humana. 

De ahí que lo que más me conmueva de los Evangelios sea la crucifixión de Jesús, la agonizante tortura de un inocente que se revela, como puede, contra su destino: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" La imagen de la cruz, en las misas de mi niñez, me llenaba de terror: no podía imaginar lo que el Nazareno había sufrido en aquel suplicio inefable, en aquella muerte ignominiosa. André Comte- Sponville, refiriéndose a Jesús, nos dice que el amor vencido vale más que la maldad triunfante. Frase hermosa y elocuente, fraguada por un ateo cercano a la tradición cristiana. 

La lluvia sigue azotando las calles, mientras la gente busca infructuosamente un refugio para que el agua nos les alcance. Por mi parte, tomo un café en un boliche sórdido y hojeo el índice de un libro que acabo de comprarme en mi librería preferida, al tiempo que escribo estas líneas. Escucho a una mujer elegante diciéndole a otra: "Me angustia que todo lo rico engorde o sea dañino para la salud". Río por lo bajo y pienso que, lamentablemente, hay cosas muchas más graves por las cuales angustiarse.

 

Bruno Álvarez