col gerardo

 

He estado toda mi vida en parroquias rurales. Ahora ya estoy jubilado y vivo en la capital. Y hay un fenómeno que me cuesta aceptar: mi móvil no suena. Y en mi móvil silencioso está que nadie me llama, que nadie me necesita.

Es aprender a vivir la psicología de desaparecer. Cuántas personas hay que no existen ya en la sociedad aunque estén vivas, a las que nadie pide nada porque ya no ocupan labores públicas. Cuantas veces recuerdo y recito aquello de “cuán raro es dar gracias al arroyo seco”. Pasó mucha agua por él, pero hoy ya no corre ni una gota.

Miles y miles de personas viven en la soledad (una de cada cuatro jubilados), sin compañía, experimentando la falta de compañía, de apoyo.

Es de agradecer el que haya tantos voluntarios que visitan a las personas mayores, para estar con ellos, para acompañarles, para hablar de lo suyo.

Estoy haciendo un programa de acompañamiento con una asociación de jubilados. Qué bonito. Vamos de dos en dos. Y nos esperan. Si tardamos un minuto en llegar, se les hace un mundo. Lo esperan y lo desean.

Y la ancianidad va unida a debilidad de memoria, de fuerzas, de ganas de caminar… No cabe más que apoyarse en las manos de Dios, disfrazadas de mujer que acompaña y atiende en las labores, de médico que cura y anima, de voluntario que aporta esperanza, de teléfono que alguna rara vez suena y de los programas de la tele. Por lo menos hay ruido y sirve de compañía.

En una sociedad llena de ruidos, viene bien el silencio. Para oír la voz del Espíritu, para vivir la sencillez y la debilidad. Para darme cuenta de que Dios actúa desde lo pequeño y lo humilde.

Bonita ocasión para vivir el silencio: la interiorización, la contemplación. Para dar el valor a cada cosa, para recordar el pasado con gratitud y vivir el futuro con esperanza.

Cuanto más débil soy, más fuerte me siento. Y vivir con alegría el cambio, la vitalidad de los jóvenes y entender que hacen cosas distintas y con distintos valores. Y tienen mucho mérito.

Siempre hay una primavera en la que brota la vida y un otoño en el que se recogen los frutos. Todo es necesario. Recogemos los frutos que sembramos y nos alegramos porque vemos ya nacer y crecer otras realidades que los jóvenes van plantando. Han cambiado hasta las plantaciones del campo. Porque les sirven mejor los nuevos productos.

 

Gerardo Villar