col zapatero

 

Creo que hoy resultaría muy difícil entender nuestro mundo y nuestra sociedad en general sin tener en cuenta el mundo del voluntariado. Por eso pienso que no solamente es necesario, sino de justicia que la Asamblea General de las Naciones Unidas declarase el año 1985 que el día 5 de diciembre fuera dedicado a esta realidad social tan maravillosa. Lo quiero decir a voz en grito a todas y todos cuantos gobiernan y rigen los destinos de los pueblos: sin estos hombres y mujeres sus decisiones se quedarían demasiado cortas; y, lo que aún es peor, serían los más pobres quienes pagarían más duramente las consecuencias de dichas decisiones.  

En primer lugar, quiero decir que se hace cada vez más necesario ir con mucho cuidado para no tragarnos las patrañas y los embustes de quienes nos gobiernan y están al frente de Organismos Internacionales, para decirles que dejen de mentir ya de una vez por todas. En nuestro mundo global hay muchísima gente, más de la que los medios de comunicación acostumbran a sacar en primera página, que, pasa hambre; sí, hambre de pan o de arroz, porque no solamente no se les ayuda, no con las mejores técnicas, que sería lo ideal, sino con algunos medios menos rudimentarios que los que tienen para que sus campos produzcan un poco más y en mejores condiciones. O, lo que aún es peor, como es el hecho que esos campos sean dedicados a cultivar productos que no tienen nada que ver con aquellos que servirían para erradicar el hambre de sus habitantes, sino para cultivar otros productos que producen pingües ganancias para las grandes multinacionales de los países ricos, amparadas por sus respectivos gobiernos.

Muchos millones de hombres y de mujeres que pasan también sed, porque no solamente carecen de agua potable, sino porque lo que les llega contiene una contaminación extrema en la mayor parte de los casos. Lógicamente la consecuencia es clara y patente: una mortalidad cada vez más grande, cuando precisamente podría evitarse, si quienes poseemos los mecanismos les diéramos, aunque solamente fueran las migajas que nos sobran en este sentido. Y así podríamos seguir hablando de la educación, de la sanidad, y de otros muchos factores necesarios para poder tener una vida mínimamente digna.

Dicho esto, quisiera traer a colación, en primer lugar, la solidaridad y la generosidad de la gente en general. Sí, de esa gente que no aparece nunca en ningún medio de comunicación social, que coge un transporte público o que sencillamente va andando cuando tiene que trasladarse de un lugar a otro; de esos hombres y mujeres que pasan por la vida en el más absoluto anonimato; que no discuten en palestras ni en tertulias, porque no pueden, no saben o simplemente porque no encuentran interés en ello. Esas personas sinceras de corazón que es lo que a la postre importa, porque luchan con su pequeñez, con su escasez o hasta con su pobreza de cara a erradicar la mayor de las mentiras que existen, consistente en llamar ciudadano/a de un país concreto o del mundo a quien carece de los derechos más elementales, como es el alimento, la vivienda, el trabajo, la educación, la sanidad, etc. De esos hombres y mujeres también que dedican parte de su tiempo al día, a la semana, al mes, etc., para dedicarse a colaborar con un grupo, asociación, entidad o sencillamente por si mismos para hacer algo por quienes menos tienen y más padecen. Si miramos a pequeña distancia, realidades como podrían ser los comedores sociales, los albergues para personas sintecho, visitar cárceles o a personas mayores que viven solas; o ponerse de manera anónima detrás de un teléfono para escuchar a personas que no tienen nadie con quien hablar o a quien contar sus males y sus problemas, etc. Echando la vista un poco más lejos, tendríamos que pensar en todas y todos los que, teniendo en cuenta los tiempos en que vivimos, echan el “resto” por atender a inmigrantes y refugiados. Son nuestros voluntarios y voluntarias, la mayor parte de veces anónimos y anónimas.  ¿Qué queréis que os diga? A ¡mí esta gente me emociona y me pone la piel de gallina!

Al llegar aquí, me gustaría desmontar un tópico o aclarar un prejuicio, tan incrustado a veces en muchas y muchos de nosotros, que me parece totalmente injusto. Un tópico que, afortunadamente, ya está prácticamente superado; ¡ya era hora, por cierto! Me refiero concretamente al clásico de siempre que, a lo mejor por una cierta deformación, nos viene a la mente a muchos y muchas con demasiada frecuencia. Normalmente eso del voluntariado acostumbra a estar más cerca de las personas que creen. ¡Por favor! Lo primero que debiéramos hacer es preguntarnos quién cree y quién no cree; qué significa creer o no creer; por qué solemos decir con tanta facilidad “soy creyente, agnóstico o ateo, o, tal vez, aquella otra persona lo es o no lo es”. Yo me pregunto, ¿cuál es el baremo que mide la creencia o la increencia de una persona? Pues bien; os puedo asegurar, desde mi más que pequeña experiencia, que he llegado a la conclusión de que eso de creer no consiste en aceptar unos dogmas o asumir, con más o menos firmeza, unas verdades; o en su caso lo contrario. Que la verdadera creencia solamente tiene una identificación y que a ella solamente se llega por un camino que no es otro que el de la ética y el de las obras. Y, por lo mismo, que poco se puede creer en Dios (el que sea) si antes no se ha hecho o no se hace una opción sincera y generosa por el ser humano. Por ese ser humano próximo y cercano, anónimo la mayor parte de veces, que se encuentra despojado de lo más elemental para poder sentirse mínimamente digno. Porque es precisamente la ética y las obras las que deben distinguir a toda persona que se dice, se presta o la consideran voluntaria, en mayor o menor medida.

 

Juan Zapatero