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La culpa de todo la tuvo aquel papelito. Apareció en el corcho del monasterio y rezaba así: Iniciación a la oración". Y después decía algo de que los monjes querían compartir con la Iglesia entera los tesoros de contemplación que tenían en el monasterio. O algo así. Y yo, que llevaba ya tiempo buscando autenticidad espiritual, decidí probar.

La verdad es que iba un poco a la desesperada. Sentía sed de Dios y no hallaba agua que calmase esa sed. Había probado todas las modalidades de espiritualidad que en nuestro siglo XX y en nuestra sociedad occidental se anuncian al hombre. Había visitado las técnicas de oriente, y de todas partes, buceando en ese cajón de sastre que luego se llamó New Age. Pero nada funcionaba. Sus técnicas de relajación relajan y sus métodos de concentración concentran, pero todo se estrella en el límite humano en que hemos de dejar paso a Dios. En el punto límite en el que la única realidad es la rendición.

Duele decirlo, pero no puedo escamotear la verdad. Venía, por educación y cultura, de la religión de las parroquias. Pero el trajecito de primera comunión que las parroquias ofrecen no servía para dar respuesta seria a la llamada que Dios había puesto en mi corazón. Antes al contrario, sólo es ocasión de rechazo ese evangelio sin filo de las parroquias, anunciado sin el fuego del espíritu, sin convicción, sin el poder contagioso y sanador del amor, sin la fascinante belleza de lo sagrado. Nada puede hacerse desde ese evangelio ligth, edulcorado, domesticado, descafeinado, que no implica, que no compromete, que no transforma, sino un cumplimiento frío y muerto, que no se traduce en vida. No puede seguir siendo ésta la respuesta que la Iglesia ofrezca al mundo. Menos aún cuando la Iglesia está llena a rebosar de tesoros inmensos de espiritualidad, verdad y fe.

Así que, un buen día cualquiera disfrazado de azar, vi el papelito, llamé y me apunté. Yo aún no lo sabía, pero acababa de dar el paso que iba a cambiar mi vida por completo.

Si hablo de mí, como decía aquel, es porque es quien más cerca tengo. Pero sé que mi historia es la historia de mis hermanos de Fraternidad –y aun la de otros hermanos de otras Fraternidades- si cambiamos sólo las circunstancias más anecdóticas.

De aquel fin de semana largo, guardo el recuerdo de un cara a cara con la Verdad y con el Amor. Demasiado íntimo y difícil para traducirlo en palabras. Pero sí diré que fue un nuevo comienzo. Que por primera vez conocí el amor de la Palabra y la palabra del Amor. Y que, entre las ruinas del monasterio, cuando yo mismo era sólo un puñado de ruinas, me esperaba, sentado en lo alto de un muro derruido, Dios mismo.

Allí supe también de la existencia de algo que se llamaba Fraternidad de Laicos Cistercienses de La Oliva, que llevaba unos pocos años de andadura.

Me enteré de que, a todo lo largo del mundo, en los cinco continentes, sin contacto entre ellas y de modo espontáneo, han surgido simultáneamente agrupaciones de laicos que se han presentado a los monjes con el sentimiento de ser cistercienses sin sentirse llamados a renunciar a su realidad de laicos y con la intención de seguir un camino comunitario en el carisma cisterciense.

Pero la puerta de la Fraternidad no se me franqueó inmediatamente. Después de ese primer encuentro, tuve unos cuantos más con el monje que en aquel entonces estaba encargado de la Fraternidad, antes de que, tras ese discernimiento, se me ofreciera la posibilidad de conocer a los que hoy son mis hermanos de Fraternidad.

Lo primero con lo que te topas en la Fraternidad es el autoconocimiento. Allí nadie es más que nadie y no hay otra realidad que la verdad. O un puñado de personas luchando por vivir en su verdad. Ahí todo lo que llevas, sobra. Todas las máscaras con las que has estado viviendo y bailando al compás del carnaval que el mundo nos toca, no sirven para nada. Se caen por sí mismas, como hojas inútiles o como lágrimas incontenibles. Y te encuentras contigo mismo, contemplándote en el espejo de caridad de las pupilas de Dios, que siempre están mirándonos.

Ya nada vuelve a ser lo mismo. Regresas a casa, a la misma casa de siempre, al mismo trabajo que tenías, a las mismas calles y a la misma gente, pero ya todo es diferente. Porque tú ya no eres el mismo.

No es un camino fácil. Entre los míos, al principio, no se entendió la cosa demasiado bien. Pero por aquella época ni yo mismo la entendía demasiado bien. Sólo estaba mortalmente seguro de que aquello era la voluntad de Dios en mi vida y que iba a producir frutos de amor en mi propia casa. Era sólo cuestión de tiempo. De esperar, de dejar hacer a Dios, que estaba ya haciendo en mi corazón. De dejar que el aroma de eso se fuera esparciendo por todo alrededor. Tal y como sucedió.

Allí, descubrir el císter es descubrirte a ti mismo. Vas conociendo la espiritualidad cisterciense y es como estar ante un espejo, ante el espejo de la verdad y las cuerdas más delicadas y hondas de tu corazón vibran con el canto silencioso de un carisma de mil años.

Y te encuentras con que císter, con su llamada a lo esencial, a evitar lo superfluo para centrarse en lo nuclear, tiene una palabra de vida para ti y para el mundo.

Que císter, con su silencio, vale para nosotros y para nuestro mundo ahogado en palabrerías, mentiras y ruido.

Que císter, con su humildad, es cura para nuestra soberbia y la de un mundo que se cree autosuficiente y todopoderoso.

Que císter, con su sencillez, sana nuestra complicación y la de un mundo que se convierte en laberinto para el hombre.

Que císter, con su austeridad, es antídoto contra nuestra avaricia y la del mundo del consumismo que termina consumiendo al hombre.

Que císter, con su libertad, es medicina contra nuestro egoísmo y el de un mundo que quiere hacer del hombre un esclavo físico y moral.

Que císter, con su amor, transforma nuestra realidad deforme y caída en un canto de alabanza y hermosura.

Que es un camino válido y posible para nuestros pasos, más aún en este mundo de hoy, harto de cosas y de consumo, enfermo del pecado de la sobreexplotación, y hambriento de verdad, de paz, de amor y de Dios.

Yo aún no sabía esto, pero estaba a punto de descubrirlo en mis propias carnes.

Aprendí en ese silencio a escuchar. A escuchar mis voces y mis ruidos; y a acallarlos. Para escuchar el silencioso latido de Dios, que ocupa la vida entera. La Palabra ya no eran palabras mil veces repetidas y, aunque hermosas, vacías de sentido. Ahora eran palabras y Voz.

Eran un Evangelio que pasa del papel a la vida. Que zarandea, que sacude, que te pone del revés, cabeza abajo, te desubica, te descoloca. Hasta la rendición. Hasta el abandono.

Hasta que lo único que sabes es que eres un corazón estremecido ante un Misterio infinito. Ante una Fascinación que te ama, y que quiere hacerse vida en tu vida.

Si le haces sitio. Si no te pones tú en medio: tú y tus egoísmos, tus planes, tus proyectos, tus acciones. Vuestros caminos no son mis caminos.

Te topas con una verdad que te deja sin referencias, sin agarraderos. A la intemperie de un camino exigente, que no es de broma aunque esté repleto de alegría, y que pasa, ineludiblemente, por el monte Calvario.

Y ya la vida toda se ha convertido en campo de pruebas; en Tierra Santa, donde vamos del desierto al Tabor, pasando por todos los versículos. Y haces oración en cada rincón de tu vida y haces oración de cada rincón de tu vida, porque si no, estás perdido. Y porque ves al Señor esperando, para verte combatir.

Y ya la vida ha pasado a ser historia sagrada. Se nos ha convertido en un nuevo evangelio, nuestro e íntimo; el paso de Dios mismo por nuestros días...

Quien ha probado lo auténtico, no gusta de lo falso. Quien ha escuchado, aunque sea sólo una vez, en su corazón, una Palabra, o el eco simplemente de esa Palabra, ya no acepta más la mentira. Ya los dioses y señores de la tierra no le satisfacen.

Es tiempo de coraje.

Nuestra sociedad es la del cuento infantil del traje del emperador. Una mentira común a la que todo el mundo se adhiere por miedo: a quedar mal, a no estar a la altura, a ser diferente, a quedarse solo, a... Es una mentira, porque está basada en seres falsos, los egos, esas máscaras tras las que ocultamos nuestra verdad. Y el laico cisterciense es el niño, sin máscaras, profético e inocente, que desenmascara la realidad: el emperador está desnudo.

Hay que apostarlo todo a la Verdad, sin miedo. A sabiendas, eso sí, del precio: ir contracorriente. No temáis, yo he vencido al mundo.

Nada de esto sería posible sin los hermanos de la Fraternidad, caminando a tu lado, siempre. Siendo apoyo, siendo ejemplo, siendo amor. Sólo desde ahí, sólo con ellos, es posible recorrer con autenticidad, con verdad y con libertad, este camino de humildad y despojo, que nos deja en el límite mismo del hombre, al borde de un vacío que sólo Dios llena.

Y, si en tu corazón ves que tu camino es este y que para ti no hay otro, llega un gozoso día en el que todo este itinerario culmina en una Promesa. El escenario, tu monasterio-madre. Las palabras podrán cambiar de una Fraternidad a otra, pero el sentido es uno: dedicar el resto de tu vida a continuar por este camino de amor. A perseverar hasta la muerte en una transformación que es conformación con Cristo, en la Voluntad del Padre y a merced del Espíritu. A abandonarnos a nosotros mismos en esta senda que conduce al encuentro del Amado.

Una Fraternidad laica cisterciense se sabe y se quiere escuela de amor. Y es comunidad de amor y de oración. Oración que conduce al amor. Oración que nos despoja de todo lo que no sea amor. Y que nos deja en las orillas de un mar de amor que llamamos Dios.

Con la humildad y la firmeza de nuestra verdad, estamos aquí. Al servicio de los hermanos: caminando, no sin tropiezos, pero apoyados en la fuerza del Señor que viene en ayuda de nuestra debilidad. Estamos aquí para aprender y para ser eco de la Palabra que hemos escuchado en nuestros corazones y que se llama Dios, porque se llama amor.

 

Guillermo Oroz Aragón

Monasterio de la Oliva

Eclesalia