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En Fe Adulta queremos insistir en una lectura personal de los evangelios. Jesús es el referente fundamental de nuestras creencias, y la fuente original para conocerlo son los evangelios. Sucede que pocos cristianos leen los evangelios; se limitan a escuchar lo que les dicen en las homilías dominicales, y de este modo ven los evangelios como la fotografía del abuelo en el despacho. Vemos en ella lo que ya sabemos que vamos a ver.

He dado a leer a mis oyentes un texto en el que más de la mitad de las letras estaban cambiadas; los españoles lo comprendieron perfectamente porque, igual que el corrector de word, proyectaron sobre el texto las palabras correctas que archivamos en nuestro cerebro; algunos extranjeros no pudieron leerlo.

Los evangelios tienen un mensaje actualizado para cada generación y para cada persona. Dios se nos manifestó en la vida de Jesús, pero una vida, a diferencia de los conceptos claros y bien definidos, tiene una riqueza de valores y sugerencias que sólo se aprecian conforme a las experiencias de quienes la analizan. Dicen que sólo entendemos a los clásicos cuando los leemos ya adultos. Por eso la vida de Jesús fue interpretada de distinta manera por cada evangelista (como veremos otro día).

El mensaje de Dios nos llega a través de las palabras y la cultura del receptor humano, y tiene que ser interpretado a la luz de los Signos de los Tiempos: los signos de los tiempos en las culturas, y los signos de los tiempos en el acontecer de cada individuo.

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Dios se nos manifestó en Jesús. Los discípulos lo interpretaron según la experiencia de sus comunidades. Nosotros recibimos esas interpretaciones y la reinterpretamos según nuestros conceptos culturales y experiencias. El mensaje sufre inevitablemente una refracción; el grado de desviación depende de la densidad de nuestra conciencia. “¡Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios!”.

Simplificando: Dios se manifiesta en Jesús, en los Signos de los tiempos y en mi conciencia; para corregir tantas refracciones en los receptores, tratemos de ajustar en lo posible esas tres imágenes. Ese será el mensaje para mí, aquí y ahora.

Interpretar el lenguaje de los evangelios

Cada género literario tiene su propio lenguaje y los evangelios son recuerdos de la vida de Jesús, recogidos oralmente en arameo y escritos posteriormente en griego para que las nuevas generaciones comprobaran “la solidez de las enseñanzas con que has sido instruido” (Lc 1,4). No son una historia en el sentido actual, ni un tratado doctrinal ni, menos aún, un código jurídico.

Si preguntamos a cualquier cristiano dónde nació Jesús, nos dirá sin vacilar que en Belén; sin embargo los exegetas han llegado a la conclusión de que no nació en Belén sino en Nazaret. ¿Por qué Mateo y Lucas lo sitúan en Belén? El relato de Marcos comenzaba con Jesús adulto en el Jordán; ellos quieren completar el relato biográfico con el nacimiento del personaje; y se hacen el siguiente razonamiento: Jesús es el Mesías, según las profecías el Mesías nacería en Belén, luego Jesús nació en Belén.

Lo importante en la historia bíblica no es la exactitud cronológica de los hechos, sino interpretar el sentido de esos hechos. Así se escribió toda la historia del Antiguo Testamento, y los evangelistas se sienten continuadores de esa historia y repiten con frecuencia que con los acontecimientos narrados se cumplían las profecías. Se trata de interpretar la Historia como proceso de salvación, en cumplimiento de la Promesa hecha a Abraham.

Inicialmente los hechos que narran los evangelios fueron curaciones y exhortaciones que Jesús dirigía a un pueblo analfabeto, mediante ejemplos y parábolas, y en situaciones distintas, para suscitar en ellos los comportamientos propios del Reinado de Dios. Los evangelistas recogieron estos relatos dispersos y le dieron un orden cronológico, con una tensión dramática para culminar en la muerte y resurrección.

El primero que completó esta biografía de Jesús fue Marcos. Mateo y Lucas conocieron, asumieron y respetaron casi toda la información que encontraron en Marcos, y la completaron con otro documento, que recogía muchos dichos de Jesús (la llamada fuente Q), y con alguna que otra información propia.

Hemos dicho que respetaron casi toda la información de Marcos. Era normal asumir este escrito avalado por la primera generación de seguidores de Jesús. Lo que no resulta normal es que suprimieran algunos datos de Marcos, o suavizaran el tono de algunas actitudes de Jesús, como vamos a ver claramente más adelante. Son precisamente esos datos, que conscientemente alteran, los que nos muestran que interpretaron a Jesús con distintos criterios, según el sentir y las necesidades de sus comunidades, es decir, según sus signos de los tiempos.

Esa es la gran ventaja de que nos hayan llegado cuatro evangelios canónicamente aceptados por las primeras comunidades. Si solamente nos hubiera llegado un texto sagrado, como sucede en el judaísmo y en el Islam, tenderíamos a absolutizar el valor de la letra escrita (idolatría de la letra). Los 27 escritos del Nuevo Testamento son el mejor testimonio del pluralismo en la interpretación del mensaje de Dios, e incluso del mensaje concreto de Jesús.

Los evangelios son mensaje de Dios en palabras humanas; mensaje refractado en el ambiente de Marcos, Mateo, Lucas y Juan, en el de los Santos Padres, en los teólogos y predicaros medievales, en la teología escolática, en Trento, en el Vaticano I, en el Vaticano II, en Francisco, y en cada uno de nosotros.

Un adulto no debe aferrarse a lo que le vienen diciendo desde niño. Los conceptos cambian de sentido con la edad, las épocas y las culturas; y las palabras pierden expresividad y se hacen inocuas. Un cristiano adulto debe escuchar personalmente el mensaje de Jesús para encarnarlo en su propia vida.

Para iniciarse en la lectura personal de los evangelios, y romper la pátina de la consabida interpretación, podemos comparar las tres o cuatro versiones paralelas de Marcos, Mateo, Lucas y Juan sobre un mismo pasaje, que podemos encontrar fácilmente en una “Sinopsis de los cuatro evangelios”. También podemos asesorarnos con algunos comentarios que realmente traten de explicar el texto.

 

Gonzalo Haya