col otalora

 

Fui cofrade en mis tiempos mozos y soy una persona que disfruta de la imaginería religiosa, como arte que es y que evoca a la mejor inteligencia espiritual del ser humano, en unas fechas de honda significación cristiana. Las procesiones pueden tener varias connotaciones –religiosa, turística, cultural, las tres a la vez– pero es innegable el sustrato básico religioso. Ojalá que la impresión que dejan cada año en cientos de miles de personas, sea más evangélica que artística o cultural.

Dicho lo preliminar, traigo a la consideración de los lectores una reflexión que lleva tiempo rondando por mi cabeza. Se trata del contexto procesional, precisamente a la luz de la Buena Noticia que vive en el mensaje evangélico. Si observamos la dinámica que siguen todas las cofradías, sin excepción, recrean de alguna manera la pasión y muerte de nuestro Señor Jesús. Pero yo me pregunto ahora cuál es el sentido de la Semana Santa procesional que se remonta al judaísmo anterior a Cristo en Pascua, Pentecostés y las Fiestas de los Tabernáculos. Y con un motivo penitencial más recientemente. 

Lo importante de verdad es enmarcar las procesiones en el contexto de la Semana Santa evangélica. Por una parte, nuestra sociedad sigue reproduciendo la misma trama que en tiempo de Jesús y que hoy le llevaría de nuevo a ser crucificado. La muerte violenta de Jesús, su crucifixión, es una consecuencia de su modo de vivir y quienes le asesinaron –nunca se utiliza esta palabra, ¿por qué?– lo hicieron calumniosamente bajo una capa hipócrita de piedad y respeto a la ley de Dios. Las procesiones no tocan para nada este tema y se quedan en el dolorismo de Jesús y de María. Por otra parte, la Semana Santa no termina el Viernes Santo como puede parecer a la vista del contexto procesional. Existen algunas procesiones minoritarias en la madrugada del Sábado Santo y desde hace poco tiempo se procesiona en algunos lugares el domingo de Resurrección. Pero todo está centrado en los días más trágicos y amargos de Jesús cuando nuestra fe lo que celebra es la Pasión y Resurrección de Cristo. Sin la segunda, no tienen sentido la primera.

Una Semana Santa de cofradías y pasos penitenciales que no remarcan nuestro compromiso por la unidad, la justicia, la fraternidad, el amor, el cuidado por los más pobres. Y, como digo, tampoco le dan la importancia troncal debida a lo más importante de la Santa Semana: la victoria de Cristo sobre la muerte, del amor sobre la maldad, de lo bueno frente a lo malo. Una Semana Santa procesional debiera equilibrar y compensar la importancia de la Resurrección respecto al resto de días previos; aquella da luz a estos. El sufrimiento y el fracaso de la cruz, como un apestado, tiene pleno sentido a la luz del Resucitado. Pero quienes asisten a los desfiles procesionales, sacarán una imagen muy poco en consonancia con la Buena Notica ni con el compromiso personas que ella encierra.

Qué oportunidad desperdiciada ante los miles de turistas y cristianos de bien que asisten cada año a la representación de los pasos de la Pasión para enfocar estas manifestaciones hacia la reflexión completa del misterio de la Muerte y la Resurrección de Cristo, el llamado Triduo Pascual, que mantiene en las procesiones el sábado como un día de luto y se conmemora también la Soledad de María después de llevar a Cristo al sepulcro, cuando la noche de Pascua de Resurrección –o el Domingo de Gloria– debiera ser la manifestación más importante del año cristiano. En la Iglesia Ortodoxa, por ejemplo, se trata del Gran Sábado, conmemorando el descanso de Cristo.  

Tanto esfuerzo y movilización para quedarnos con lo esencial en el tintero. Ciertamente que algo falta y que desfigura el verdadero sentido de nuestra fe, esperanza y amor, en un acontecimiento de masas que mostrará, otro año más, una Semana Santa desenfocada del anuncio más importante del evangelio.

 

Gabriel Mª Otalora