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En el primer día de 2017, el Papa Francisco criticó con dureza la «orfandad espiritual» a la cual está sometida la sociedad actual y que va «apagando» el sentido de pertenencia «a una familia, a un pueblo, a una tierra, a nuestro Dios». Es «un cáncer que silenciosamente corroe y degrada el alma», advirtió a los fieles católicos.

Francisco celebró una misa en la basílica de san Pedro a primera hora de la mañana con motivo de la fiesta de María Madre de Dios, una de las más importantes del calendario católico. En la homilía, advirtió contra el espacio que gana esa orfandad «en el corazón narcisista que sólo sabe mirarse a sí mismo y a los propios intereses y que crece cuando nos olvidamos que la vida ha sido un regalo —que se la debemos a otros— y que estamos invitados a compartirla en esta casa común».

En opinión del Papa, quien es afectado de esta «enfermedad» se va «degradando» porque «entonces nadie nos pertenece y no pertenecemos a nadie: degrado la tierra, porque no me pertenece, degrado a los otros, porque no me pertenecen, degrado a Dios porque no le pertenezco, y finalmente termina degradándonos a nosotros mismos porque nos olvidamos de quiénes somos, qué “apellido” divino tenemos».

Pero entre otras consecuencias, se encuentra también la «pérdida de los lazos que nos unen, típica de nuestra cultura fragmentada y dividida» que «hace que crezca ese sentimiento de orfandad y, por tanto, de gran vacío y soledad». Francisco también alertó de que «la orfandad espiritual nos hace perder la memoria de lo que significa ser hijos, ser nietos, ser padres, ser abuelos, ser amigos, ser creyentes. Nos hace perder la memoria del valor del juego, del canto, de la risa, del descanso, de la gratuidad».

Sobre la propia festividad, el Pontífice afirmó que invita a todos a «encontrar “el clima”, “el calor” que nos permita aprender a crecer humanamente y no como meros objetos invitados a “consumir y ser consumidos”». «Nos recuerda que no somos mercancía intercambiable o terminales receptoras de información. Somos hijos, somos familia, somos Pueblo de Dios», añadió.

Por otro lado, el Papa ensalzó el papel de las madres y señaló que «son el antídoto más fuerte ante nuestras tendencias individualistas y egoístas, ante nuestros encierros y apatías» puesto que «una sociedad sin madres no sería solamente una sociedad fría sino una sociedad que ha perdido el corazón, que ha perdido el “sabor a hogar”».

En definitiva, «una sociedad sin madres sería una sociedad sin piedad que ha dejado lugar sólo al cálculo y a la especulación», porque las madres, «incluso en los peores momentos, saben dar testimonio de la ternura, de la entrega incondicional, de la fuerza de la esperanza».

Sobre la Virgen María explicó que «lejos de querer entender o adueñarse de la situación, es la mujer que sabe conservar, es decir proteger, custodiar en su corazón el paso de Dios en la vida de su Pueblo».

Francisco también señaló que «en los evangelios María aparece como mujer de pocas palabras, sin grandes discursos ni protagonismos pero con una mirada atenta que sabe custodiar la vida y la misión de su Hijo y, por tanto, de todo lo amado por Él». «Ha sabido custodiar los albores de la primera comunidad cristiana, y así aprendió a ser madre de una multitud», indicó.

El Papa destacó la gran devoción en todo el mundo a la Madre de Dios y recordó que «ella se ha acercado en las situaciones más diversas para sembrar esperanza. Acompañó las cruces cargadas en el silencio del corazón de sus hijos. Tantas devociones, tantos santuarios y capillas en los lugares más recónditos, tantas imágenes esparcidas por las casas, nos recuerdan esta gran verdad», dijo en la homilía.

Por último, aseguró también que con ella María «nos muestra que la humildad y la ternura no son virtudes de los débiles sino de los fuertes, nos enseña que no es necesario maltratar a otros para sentirse importantes».

El día anterior por la noche, y antes de visitar el gran pesebre situado en mitad de la plaza de San Pedro, el Papa presidió una celebración de vísperas en la que precisamente habló del sentido de la Navidad. «Dios viene Él mismo a romper la cadena del privilegio que siempre genera exclusión, para inaugurar la caricia de la compasión que genera la inclusión, que hace brillar en cada persona la dignidad para la que fue creado», afirmó.

De esta manera reprobó lo que denominó la «lógica del privilegio» que «nos aparta-apartando, que nos excluye-excluyendo, que nos encierra-encerrando los sueños y la vida de tantos hermanos nuestros». «El pesebre nos desafía a no dar nada ni a nadie por perdido», dijo también.

En este sentido criticó también que se haya creado «una cultura que, por un lado, idolatra la juventud queriéndola hacer eterna pero, paradójicamente, hemos condenado a nuestros jóvenes a no tener un espacio de real inserción, ya que lentamente los hemos ido marginando de la vida pública obligándolos a emigrar o a mendigar por empleos que no existen o no les permiten proyectarse en un mañana». «Hemos privilegiado la especulación en lugar de trabajos dignos y genuinos que les permitan ser protagonistas activos en la vida de nuestra sociedad. Esperamos y les exigimos que sean fermento de futuro, pero los discriminamos y “condenamos” a golpear puertas que en su gran mayoría están cerradas», subrayó Francisco.

Tratemos de hacer el bien cada día

«Mancha de sangre que envuelve al mundo en una sombra de miedo y desconcierto». Con estas palabras se refirió el Papa al ataque terrorista perpetrado el 1 de enero en Estambul que ha acabado de momento con la vida de 39 personas y herido a 69. En el día que la Iglesia también celebra la Jornada por la Paz y después de rezar ayer el ángelus desde la ventana del estudio pontificio, se refirió al atentado y expresó su cercanía al pueblo turco. «Rezo por las numerosas víctimas, por los heridos y por toda la nación en luto, y pido al Señor que sostenga a todos los hombres de buena voluntad que se ponen valientemente en marcha para hacer frente a la plaga del terrorismo». El Papa se mostró entonces convencido de que «el año será bueno en la medida en que cada uno de nosotros, con la ayuda de Dios, trate de hacer el bien cada día. La paz se construye diciendo “no”, con hechos, al odio y a la violencia, y diciendo “sí” a la fraternidad y a la reconciliación».

 

Álvaro de Juana

La Razón