col rob castillo

 

En Nicaragua, la religión cristiana adquiere sentido y presencia, dejando a un lado el "Dogma", la monótona liturgia y los sermones que adormecen, celebrando la más solemne Eucaristía. Lo que comenzó como un acto de piedad popular, actualmente se vive como la fiesta del amor y la solidaridad. El pueblo entero se vuelca en actos de generosidad. Cada hogar que prepara su altar para la Gritería, se convierte en el vientre maternal de la humilde María de Nazaret.

Hoy día, multiplicar los panes no es algo que se pueda imitar de Jesús, pero la solidaridad sí. El compartir en nombre de la Virgen María, - o de la hermandad universal-, un dulce, un pedazo de caña, una naranja, un nacatamal, una cajeta, una matraca o un chichil, es partirse y repartirse a todas las personas. Claro está, que de forma incondicional y sin importar si han pecado o no, las personas son participes del banquete del amor. Es una mesa amplia, que es también signo de la inclusión, que no pide requisitos canónicos, tampoco hace distinción de raza, color, credo político o religioso, sexo, nación, y de ninguna otra índole; basta con acercarse y ser parte de esta gran celebración.

Se celebra al Dios hecho carne en el vientre de una mujer sencilla y revolucionaria, que a pesar de haber estado inmersa en una cultura patriarcal, supo ser una mujer de fe, que se abrió a la experiencia de la Divinidad que se muestra frágil y cercana a las realidades más cruentas de la historia. Por siglos, se pretendió elevar a María Inmaculada a niveles tan altos, -como las barreras y limitaciones a las que son sometidas las mujeres en la Iglesia Católica-, sin embargo, la práctica del pueblo nicaragüense, es desde un accionar solidario y humanista.

En la Iglesia, es hora de humanizar a la mujer que hizo "carne" al Verbo Eterno de Dios. Así mismo, dejar de inventar historietas de visiones, apariciones y mensajes subliminales de la virgen, sino actuar, dejarse interpelar por el peso testimonial de una mujer, que con certeza no sabía leer, ni escribir, pero si, amar sin reservas.

Actuar conforme al proyecto de soro-fraternidad de Dios, no requiere de inescrutables teorías o reflexiones teológicas –mucho menos de dogmas y prescripciones deshumanizadas-, sino más bien, de compromiso y entrega, a ejemplo de María y tantas personas anónimas –en su mayoría analfabetos, pobres, pero con gran sabiduría de vida-, que a pesar de sus condiciones de pobreza, son capaces de acoger en el seno de sus hogares, con lo mejor y todo lo que poseen.

Humanizando a María, lograremos avanzar en la lucha por ver en las abuelas, madres, hermanas, esposas, amigas y en toda mujer; -que sin autoridad y poder de decisión en una institución eclesial-, las verdaderas presencias de lo femenino de Dios en nuestro mundo de hoy. Y no es que requieran clericalización,  pues sin ornamentos o títulos de jerarquía, ellas han sido, son, y serán las lideresas, pastoras y la fuerza aguerrida en la proclamación de la buena nueva de salvación, a pesar de los atropellos sufridos –a todos los niveles-, por el simple hecho de ser mujeres.

Por tal razón, el vientre puro de María, debe seguir siendo la expresión del corazón bondadoso que se prepara con muchos meses de anticipación, para compartir el fruto de su trabajo, dando a luz cada siete de diciembre, en todo el territorio nicaragüense. Este gesto también se extiende a la mayoría de sitios donde haya un nicaragüense.

Ahora bien, esta fiesta propia de Nicaragua, no se debe limitar, mucho menos concebir como una forma única; en cada país, pueblo, barrio o familia que se celebre y comparta, irradie paz, alegría e inigualable espíritu de amor heredado de la Luz Divina, -Creadora de la humanidad-, se hará memoria de la vida del subversivo Jesús de Nazaret. El cual, se donó con generosidad, asumiendo consecuencias trágicas. Esto, como parte de los valores heredados principalmente de la encargada de su crianza, su madre María. Una sabiduría popular, da consistencia a esta afirmación, expresando que, "en muchas ocasiones somos el reflejo de nuestro hogar".

Pues bien, que la figura de la mujer sencilla, de una época tan dura como la nuestra, siga vivificando la experiencia de fe de las hermanas y hermanos, para que dejen a un lado el rencor, las diferencias, y, puedan gritan a una sola voz, el himno de un pueblo solidario, luchador y generoso: ¿Quién causa tanta alegría? ¡La concepción de María! Y así actúen y pregonen la bondad por todo el planeta, en especial en los lugares donde la vida clama.

 

Roberto José Castillo Telles

Eclesalia