UN PEQUEÑO PUEBLO ENCARNA LA RESISTENCIA
En sus últimas páginas, la Biblia se torna en un volcán
que vomita dragones, serpientes y otras bestias
aterradoras, incluyendo una con dientes de hierro.
Jinetes enfurecidos barren a fuego y sangre toda la
tierra. Peste, violencia, terror y muerte se disputan el
mundo. Hasta las estrellas en el cielo se mueren de
espanto.
En medio del horror, un pueblo muy pequeño persiste en
la lucha. No tiene armas y no alcanza a contar sus
muertos, pero no se rinde. Su defensa es su fe.
Su fe le viene de un Cordero, degollado, pero que se
mantiene en pie. Cuerpo y rostro de hombre tiene ese
Cordero. A pesar de sus manos, pies y corazón
traspasados, está prodigiosamente vivo. De la marca de
sus heridas saltan rayos misteriosos que, pese a los
golpes y las burlas, la indiferencia y los tormentos,
curan y sostienen al pequeño pueblo en su empeño por
llevar a cabo en el mundo el proyecto de la gran
Fraternidad humana.
Este pequeño pueblo encarna la esperanza del mundo.
No, no adorará al Imperio. No doblará la rodilla ni
agachará la cabeza. No obedecerá a la “mano invisible”
de aquel uno por ciento de la humanidad que lo dirige
todo, hace y deshace Gobiernos, fabrica las armas y
siembra las guerras, decide quiénes van a comer en el
mundo y quiénes no, y de mil formas más o menos
disimuladas impone cómo cada uno tiene que vestir, cómo
debe pensar, divertirse, vivir y morir.
Es la mano, que con solo ese uno por ciento, detenta las
riquezas de la tierra y un poder colosal. Siempre
permanece oculto y no ha sido elegido por nadie, pero
desde sus cajas fuertes de mil pisos de altura decide la
suerte de la humanidad. Usurpa todos los bastiones del
poder, mueve todos los hilos, se comporta como el dios
creador de trabajo, pan, libertad y progreso, cuando en
realidad él es el que vive y se enriquece hasta límites
obscenos a expensas del mundo entero.
El pueblo pequeño que avanza con el corazón puesto en el
Crucificado -que se mantiene erguido- no adorará nunca a
los dioses del uno por ciento.
No forma parte tampoco del 98% que se pasa la vida
imitando y envidiando al primer uno por ciento, soñando
incluso con ser parte de él.
Aunque a veces se alcen muchas voces reclamando cambios,
a la hora de elegir, la gran mayoría vota religiosamente
por aquellos que mejor dominan el arte de hacer trampas.
De hecho, son ellos, los del noventa y ocho por ciento,
los que dan de comer a la Bestia, a sus avatares y a sus
reencarnaciones. Lo hacen por ingenuidad, por
inconsciencia, por indiferencia o por deprimente
oportunismo.
Solamente el restante uno por ciento no actúa así. Y es
que en el extremo opuesto del uno por ciento que domina,
se encuentra otro uno por ciento muy distinto. Los
profetas bíblicos lo llamarían “el pequeño resto”. Lo
constituye aquel minúsculo pueblo que va en pos del
Resistente -degollado pero en pie-, que con toda
tranquilidad y no poca ironía desafía a la Bestia bajo
la forma simbólica de un simple cordero.
Por ser él un simple cordero, los que le siguen no
pueden ser fanáticos iluminados, ni prepotentes ni
sectarios. Y no se destacan necesariamente como genios o
héroes. Son un “pequeño resto”, que apenas se distingue
de la masa. A menudo bregan en dudas y contradicciones y
en ningún momento viven libres de la traición o del
fracaso. Como todos, se cansan, tropiezan, se equivocan
y sufren.
Sin embargo, algo muy importante les distingue de los
demás: saben diferenciar lo genuinamente Humano de lo
que es propio de la Bestia.
Esta es la conciencia que ilumina su vida y alumbra al
mundo.
Remando a contracorriente, no aceptan que el mundo sea
manejado en las sombras por la codicia, la mentira, la
rapiña, la injusticia, la corrupción, la hipocresía, el
cinismo, la dureza de corazón, y por la sistemática
negativa a asumir al otro como hermano o hermana, o como
parte de uno mismo.
A través de gestos significativos, individuales y
colectivos, se niegan a someterse a lo que han
“programado” los altos círculos del uno por ciento.
Están abiertos a todas las corrientes de pensamiento,
pero nada les puede convencer de que el futuro de los
humanos pueda encontrarse lejos del camino señalado por
el humilde profeta de Nazaret, aquel que el Imperio
crucificó y que Dios resucitó.
Este pequeño pueblo, oculto en la inconsciencia del
mundo de los dominantes y de los dominados, él es
conciencia. Conciencia humilde, discreta, invisible aún,
de un mundo distinto, construido simplemente sobre la
justicia y la fraternidad. Su modus operandi es el del
fermento en la masa.
Sintetizando, decimos que nuestro mundo está constituido
por un uno por ciento de dominantes en su cabeza, por un
noventa y ocho por ciento de dominados desde el cuello
hasta los tobillos, y por debajo, soportándolo todo, un
uno por ciento de resistentes.
Y así nos quedamos con esa imagen grotesca de un
dinosaurio con una cabeza muy pequeña pero
extremadamente voraz, un tronco desproporcionalmente
inmenso, y unos pies minúsculos. Pero sobre estos pies
descansa en gran parte el futuro de lo Humano en el
mundo.
En el imaginario y la fe del pequeño pueblo de
resistentes, la victoria del Humano sobre la Bestia
descansa finalmente sobre todo lo que representa y
significa aquel que, una noche, nació en un pesebre. Y
solamente ante él se inclina el pequeño pueblo que
resiste a los dominantes y a los dominados.
¿Está solo? No. Mucha gente de otras religiones, o sin
fe religiosa, resiste también a la Bestia. Entre ellos,
muchos les ganan a los mismos creyentes. Ellos también,
por supuesto, forman parte integrante de ese pueblo,
pequeño pero valiente, que lleva sobre sus espaldas la
esperanza de un mundo menos “bestial” y cada vez más
humano.
Eloy
Roy