¡PAZ A LA PAZ!
La Iglesia se ha transformado en un inmenso palomar.
Tiene palomas blancas en todas partes, de diferentes
formas y para todos los gustos. Son las palomas de la
paz, de la paz soñada, de la paz deseada, de la paz tan
esperada, de la paz que nunca llega. De la paz que sólo
se encuentra en los cementerios. Y aún apenas…
Tantas oraciones por la paz que no cambian nada,
soporíficos gorgoritos para no despertar conciencias ya
en coma.
Benedicto XVI hace un emotivo llamado a musulmanes y a
cristianos, rogándoles olvidar sus antiguas querellas y
juntarse para construir la paz. Hasta ahí todo bien.
Pero al exhortarles a renglón seguido a no caer en la
trampa del terrorismo, abocado a provocar una verdadera
guerra entre el Islam y el cristianismo, casi se podría
deducir que solo los terroristas son los verdaderos
malvados y que todos los que combaten al terrorismo son
buenos. Así
los cristianos que le hacen guerra al terrorismo,
matando mucha gente y robando de paso todo lo que
pueden, podrían llamarse “hijos de Dios” como
corresponde a “los que trabajan por la paz”.
Este discurso es típico de muchos de los que militan por
la paz a toda costa. Con la buena intención de no
echarle aceite al fuego, pasan por alto el problema de
fondo. Como si para defender la noble causa de la paz
bastara con rechazar los tanques y las bombas y repudiar
al terrorismo como el colmo de la barbarie.
Toda injusticia es guerra y es barbarie. Toda violencia
en contra del otro es una injusticia y una guerra. Es la
injusticia, y no el terrorismo, la causa de los males
que más afligen a la humanidad. Las guerras no son sino
un instrumento de la injusticia y el terrorismo, una
reacción natural a las mismas.
Aunque la injusticia que prevalece en el mundo no es
monopolio de ninguna raza, ideología o religión en
particular, nadie que conozca un poco la historia de los
últimos siglos puede negar que esa injusticia es, en
gran parte, la obra siniestra del mundo occidental y
cristiano.
Los musulmanes, Japón y algunas que otras naciones no
cristianas tendrán sus buenos y grandes pecados, pero en
cuanto a saqueo, explotación, contaminación, exterminios
de todo tipo y a nivel planetario, el Occidente
cristiano los supera a todos.
“¡Son todos embusteros!”, clama Jeremías. “Calman sólo a
medias la aflicción de mi pueblo, diciendo ‘¡Paz, paz!’,
siendo que no hay paz.”
(46
Jer 16, 14)
Sólo la justicia puede generar la paz.
Jesús dice: “¡No he venido a traer paz sino espada!”
El cristianismo es…
Ø
un no estrepitoso a la paz que hace la vista gorda a la
injusticia,
Ø
un no a la paz construida sobre el miedo y el terror,
Ø
un no a la paz edificada sobre pirámides y montañas de
cadáveres,
Ø
un no a la paz en la punta de los fusiles y en las
fauces de los cañones,
Ø
un no a la paz del más fuerte,
Ø
un no a la paz del sheriff del mundo,
Ø
un no a la paz de las legiones romanas,
Ø
un no a la paz de las multinacionales, de las grandes
compañías farmacéuticas, petroleras, mineras y otras que
siembran armas, drogas, hambre y desolación por todas
partes,
Ø
un no a la paz de los dictadores,
Ø
un no a la paz de los corruptos,
Ø
un no a la paz de los hombres religiosos que pactan con
Dios y con el diablo,
Ø
un no a la paz de los esclavos.
La única paz aceptable para un ser humano, máxime para
un cristiano, es la paz que cae como fruto maduro del
gran árbol de la justicia.
Eloy
Roy