Zen y la crisis de la cultura occidental
Vengo insistiendo desde hace tiempo en que por detrás de la
crisis actual económico-financiera actual hay una crisis de
paradigma civilizatorio. ¿De qué civilización? Se trata
obviamente de la civilización occidental, que a partir del
siglo XVI fue mundializada por el proyecto de colonización
de los nuevos mundos.
Este tipo de civilización se estructura en la voluntad de
poder-dominación del sujeto personal y colectivo sobre los
otros, los pueblos y la naturaleza.
Su arma mayor es una forma de racionalidad, la
instrumental-analítica, que compartimenta la realidad para
conocerla mejor y así someterla más fácilmente. Después de
quinientos años de ejercicio de esta racionalidad, con los
innegables beneficios que ha traído y que encontró en la
economía política capitalista su más cabal realización,
estamos constatando el alto precio que nos ha hecho pagar:
el calentamiento global, inducido en gran parte por el
industrialismo sin límites, y la amenaza de una catástrofe
previsible ecológica y humanitaria.
Estimo que todos los esfuerzos que se hagan dentro de este
paradigma para mejorar la situación serán insuficientes.
Serán siempre más de lo mismo. Tenemos que cambiar para no
perecer. Es el momento de inspirarnos en otras
civilizaciones que ensayaron un modo más benevolente de
habitar el planeta. Lo que fue bueno ayer, puede valer
también para hoy.
Tomo como una de las referencias posibles el zen-budismo.
Primero, porque ha influenciado todo el Oriente. Nacido en
la India, pasó a China y llegó a Japón. Después, porque ha
penetrado ampliamente en estratos importantes de Occidente y
de todo el mundo.
El Zen no es una religión. Es una sabiduría, una manera de
relacionarse con todas las cosas de tal forma que se busca
siempre la justa medida, la superación de los dualismos y la
sintonía con el Todo.
Lo primero que hace el budismo zen es destronar al ser
humano de su pretendida centralidad, especialmente del
yo, núcleo básico del individualismo occidental.
·
Él nunca
está separado de la naturaleza, es parte del Todo.
·
En
seguida, procura una razón más alta que está más allá de la
razón convencional.
·
Se niega
a tratar la realidad con conceptos y fórmulas.
·
Se
concentra con la mayor atención posible en la experiencia
directa de la realidad tal como la encuentra.
«¿Qué es el zen?» preguntó un discípulo al maestro. Y éste
respondió: «las cosas cotidianas; cuando tienes hambre,
comes, cuando tienes sueño, duermes». «¿Pero no hacen eso
mismo todos los seres humanos normales?» -atajó el
discípulo. «Sí» ―respondió el maestro― «los seres humanos
normales cuando comen piensan en otra cosa, cuando duermen,
no pegan ojo porque están llenos de preocupaciones».
¿Qué significa esta respuesta? Significa que debemos ser
totalmente uno en el acto de comer y totalmente entregados
al acto de dormir. Como ya decía la mística cristiana Santa
Teresa: «cuando gallinas, gallinas, cuando ayuno, ayuno».
Esta es la actitud zen. Empieza por hacer con la máxima
atención las cosas más cotidianas como respirar, andar y
limpiar un plato. Entonces ya no hay dualidad: estás todo tú
en todo lo que haces.
Por eso, obedece a la lógica secreta de la realidad sin la
pretensión de interferir en ella. Acogerla con el máximo de
atención nos hace integrados porque no nos distraemos con
representaciones y palabras.
Esta actitud le ha faltado al Occidente globalizado.
Estamos siempre imponiendo nuestra lógica a la lógica de las
cosas. Queremos dominar. Y llega un momento en que ellas se
rebelan, como estamos constatando actualmente. Si queremos
que la naturaleza nos sea útil, debemos obedecerla.
No dejaremos de producir y de hacer ciencia, pero lo
haremos con la máxima conciencia y en sintonía con el ritmo
de la naturaleza. Orientales, occidentales, cristianos y
budistas pueden usar el zen de la misma forma que peces
grandes y pequeños pueden morar en el mismo océano. Es otra
forma de vivir que puede enriquecer nuestra cultura en
crisis.
Leonardo Boff
Koinonía