QUE NO SE APAGUE MI VELA
El sábado en la noche, el cielo nos hizo un regalo para
compensar todo el cansancio de la semana y recomponer
nuestras fuerzas para empezar de nuevo. Un manto de
estrellas sin horizonte ni fin, el Infinito para
compensar tantos límites. El domingo empezó a despuntar
la luna, con su discreta y delicada silueta luminosa,
tal vez para alumbrar bien al lunes que ya se acercaba.
¡Cuánta belleza para admirar! ¡Qué generosas la Vida y
la Naturaleza! Me digo siempre que no me acostumbre a lo
bello como si no fuera un milagro. El otro día un amigo
me comentaba que en su viaje no hizo ni una fotografía
porque ya todo está en internet. Eso no puede ser
cierto, mis ojos viendo, contemplando, no pueden estar
en internet, porque mi capacidad de admirar y ver más
allá de las cosas, sólo está en mi interior y no es
nunca igual a la otra persona. Somos únicos e
irrepetibles y nuestra hondura es solo nuestra y es ella
la que nos hace mirar y ver.
Muchas veces he pensado en cómo sería la manera de ver
de Jesús. ¿Cómo era su hondura? Cómo era capaz de ver la
presencia del Reino en una situación tan difícil como
era la de aquel momento de Israel: ocupada, los
impuestos de Herodes, del templo y de Roma, con un
monarca vendido al poder de Roma, despilfarrando el
dinero del pueblo, que tenía que dejar sus tierras para
buscar trabajo en la construcción de Séforis o
Tiberiades, malvivir o convertirse en delincuentes.
Sin embargo, Jesús veía despuntar el Reino en medio del
horror y alababa a Dios por revelarse (hacerse presente)
a los últimos, los insignificantes de la sociedad, los
marginales, los desempleados, los desahuciados, los de
siempre en todos los momentos de la historia. ¿Cómo no
se desanimaba y andaba alegre entre los desgraciados,
cómo podía ver el Reino despuntando en la miseria o a
los pobres ser los predilectos del Padre?
Sin embargo, ¡qué difícil me resulta a mí ver la
presencia de Reino cuando empieza a recrudecerse nuestra
situación! Hay días que me dan ganas de salir a mi
balcón y gritar con todas mis fuerzas: ¡Socorro! mi hijo
va para el tercer año sin trabajo y tiene 27 años. Hemos
de pagar la hipoteca de su casa y hacer frente a todos
los gastos, y somos de los afortunados de poder hacerlo
parque tanto mi marido como yo tenemos trabajo. Pero le
vemos día a día entrar en un círculo insano, anómalo,
destructor, el del batallón de los parados. De los que
no tienen por qué madrugar, arreglarse, inaugurar
ilusiones, hacer planes de futuro, intentar mejorar…
Todos los días sin más labor que esperar que alguien
llame y ofrezca algo, sin que llegue ese día.
Esa situación, cuando se prolonga, llega a nublar el
horizonte, a empequeñecer la esperanza, tanto, que
oculta el brillo de los días. Las madres quisiéramos por
todos los medios crear horizonte para nuestros hijos y
nada se nos hace más doloroso que ello no esté a nuestro
alcance, que también nosotras ya no sepamos a qué puerta
tocar o qué otro número marcar pidiendo ayuda… Si yo
sufro por mi hijo y movería las montañas para encontrar
tras ellas un puesto de trabajo que no hallo, ¿qué dolor
no tendrá el Padre-Madre de tantos que no tienen
trabajo, que les desahucian por no poder pagar las
hipotecas, que no tienen ni para comer, que se vuelven a
sus países, que empiezan a engrandecerse las colas de
los comedores sociales, que maldicen a un dios que no
les ayuda.
¿Cuál es el antídoto para no ceder al desánimo, para
mantener la esperanza y empezar el día con ilusión,
creyendo en la vida, descubriendo lo bello en lo
cotidiano, el milagro en la salida del sol o en las
hojas que caen suavemente de los plateros o el Infinito
en la noche estrellada?
Cuando siento que la angustia laboral me ahoga la
esperanza, me pongo a imaginar que Alguien puso una vela
pequeñita entre mis manos en una noche oscura de mucho
viento y que yo con mi ánimo debo de mantener encendida
para todos los seres humanos; solo de mí depende si dejo
que brille y se mantenga encendida.
Entonces es cuando me hago consciente que no puedo dejar
que me venza el desánimo, que ese es el viento que
amenaza la luz de mi vela, la luz de todos que debo
cuidar. Y pienso en Jesús, en cómo mantuvo encendida su
vela y la convirtió en consuelo, mesa alegre compartida
y sanación de consuelo para los que sufrían.
Matilde Gastalver Martín