NIÑOS HAMBRIENTOS
Cada hora se nos mueren en el mundo mil niños y niñas
por desnutrición, enfermedad y miseria. Al año, más de
once millones, todos menores de cinco años. Son niños
que sólo nacen para pasar hambre, sufrir una enfermedad
y morir. ¿Cómo lo podemos soportar?
Muchos de ellos nacen heridos por el sida. A otros la
falta de higiene los deja marcados para toda su corta
vida. La mayoría muere por desnutrición, falta de agua
potable o enfermedades que se podrían evitar fácilmente,
como diarrea, tuberculosis, varicela o malaria. Su
muerte, indigna y triste, es una vergüenza para todos
nosotros. ¿Cómo nos podemos sentir humanos?
Es inútil que nos escondamos detrás de nuestra crisis
económica. Estamos invirtiendo cantidades exorbitadas en
rescates financieros, ¿cuánto invertiremos para rescatar
a estos niños del hambre y la muerte prematura? A veces
bastaría que contaran con vacunas, antibióticos o algún
suplemento nutricional. No está en crisis sólo nuestra
economía. Desde hace mucho tiempo, está en crisis
nuestra dignidad.
¿Cómo es posible que todo esto ocurra mientras nosotros
seguimos viviendo ajenos a todo lo que no sean nuestros
intereses económicos y nuestro bienestar? ¿Cómo podemos
soportar que el mundo siga «funcionando» de manera tan
absurda y cruel? ¿Cómo podemos vivir en la Iglesia de
Jesús tan centrados en nuestros problemas y tan
olvidados de los que sufren? ¿Cómo hemos llegado a
perder de manera tan increíble la sensibilidad ante el
sufrimiento?
Es la hora de recordar un gesto profético de Jesús, que
ha sido olvidado casi por completo en su Iglesia. La
escena es conmovedora. Sus discípulos andan, como casi
siempre, pensando en puestos de honor y de poder. Jesús
se sienta y llama a los Doce. Luego, toma a un niño y lo
pone en medio de ellos; lo estrecha entre sus brazos y
les dice: «El que reciba a un niño como éste en mi
nombre, me está recibiendo a mí» (Marcos 9, 33-37).
En el centro del colegio apostólico no ha colocado Jesús
a Pedro sino a un niño. Su intención es clara: los más
débiles e indefensos han de ocupar el centro de su
Iglesia. Sus seguidores se olvidarán de sí mismos y se
pondrán a atender a los más desvalidos. ¿Cómo
pretendemos acoger a Jesús entre nosotros olvidando a
los niños hambrientos del mundo?
Tal vez, sólo el recuerdo del sufrimiento de tantos
niños y niñas inocentes nos puede todavía sensibilizar y
humanizar. Por eso, no podemos permanecer indiferentes
ante la Campaña de Manos Unidas que, este año, nos
recuerda sus gemidos y nos llama a la responsabilidad.
No se trata sólo de entregar un donativo. Para más de
uno, puede significar empezar a recuperar la dignidad.
José Antonio Pagola