YO TAMBIÉN SOY EURODIPUTADA
Al leer este año el evangelio del Lunes de Pascua se me
ocurrió esta adivinanza de fácil respuesta: ¿En qué se
parecen los eurodiputados (ED) a los guardianes del
sepulcro de Jesús? Solución: En que ambos colectivos
reciben recompensa no por trabajar, sino por dormir (más
cómodos los primeros gracias a las butacas de clase
preferente a las que han votado no renunciar).
Andaba yo muy contenta de sumarme en esta columna a la
irritación de tantos, ahora que ya se nos ha pasado la
que volcamos sobre los controladores, y poder reincidir
de nuevo en ese hábito infausto de echar culpas
indiscriminadas a colectivos enteros. Menos mal que, en
una especie de visión onírica, me he visto a mí misma
plácidamente dormida en business class y he
descubierto que en muchas cosas también viajo por la
vida como si fuera ED.
Por si le pasa a alguno más de los que lean esto, ahí
van datos: abrimos el grifo y sale agua, comemos 3 veces
al día, hemos ido a la escuela, nos vamos de vacaciones,
manejamos mil artilugios electrónicos, nos defendemos
del frío y del calor a base de consumir energía y es
improbable que muramos de malaria o de cólera.
Y como hemos discurrido sistemas eficaces de cortinillas
que nos separan de los del otro lado, no nos enteramos
de lo que pasa en su pasillo, que para eso están los
cierres de fronteras a los extracomunitarios si se
tercia.
No todo está perdido y nos queda un recurso salvador:
desabrocharnos el cinturón, explorar la zona de atrás y
tratar de establecer relación (“hacerse amigos con la
riqueza injusta” lo llama el evangelio) con los que
están del otro lado de la cortinilla: quizá suceda el
milagro y nos demos cuenta de que estando “de su parte”
nos volvemos más humanos y verdaderos.
Aunque los asientos sean más estrechos, también lo es
esa puerta de la que hablaba Jesús. Y es más probable
que nos encontremos por ahí al que eligió viajar por la
vida en clase turista.
Dolores
Aleixandre
Vida Nueva, Mayo 2011