EL MOVIMIENTO 15-M
Y
LA NUEVA ESFERA PÚBLICA
Este fin de semana se ha levantado la acampada de los
indignados en muchas plazas españolas. Durante cuatro
semanas han ocupado espacios públicos con alto valor
simbólico y ahora quieren convertir en itinerante su
protesta.
La presencia del movimiento en el espacio público, en el
espacio mediático y en el espacio virtual o ciberespacio
delimita una nueva forma de configurarse la esfera
pública en la que se desarrolla la vida democrática.
Jürgen Habermas
acuñó el concepto de
“esfera pública” hace tres décadas. En
esencia, y dentro de su teoría general de la acción
comunicativa, Habermas entiende por esfera pública un
ámbito de deliberación pública que aparece en la Europa
burguesa de finales del XVIII entre la vida privada y el
ámbito estatal y que tiene dos instrumentos esenciales,
los nacientes periódicos por un lado, y los cafés,
salones y clubs, por otro.
Como ocurre con las grandes ideas, a partir de este concepto son
muchos los estudiosos de las ciencias sociales que hacen
su propia interpretación de esta teoría. En general, se
concibe la esfera pública como el ámbito de deliberación
en el que se discuten las grandes opciones y que permite
que cristalice la opinión pública.
Durante el siglo XX ese
ámbito de deliberación ha venido
determinado por los
medios de comunicación masiva, prensa,
radio y televisión. Si en democracia el foro en el que
se delibera para tomar decisiones es el parlamento, esa
deliberación debe de estar conectado con la opinión
pública y las decisiones deben hacerse llegar a la
opinión pública para ganar su aceptación y, en
definitiva, legitimidad. Esta ha sido la función de los
medios, el “parlamento de papel” (y de las ondas).
La llegada de
Internet parecía propiciar la
fragmentación de esa esfera pública en
comunidades aisladas por afinidades ideológicas,
religiosas o de intereses. He defendido que una de las
misiones del
periodismo cívico
es unir esos nichos para reconstituir la esfera pública.
Las
redes sociales pueden fomentar ese
aislacionismo social, pero el movimiento del 15-M, como
las revoluciones de Túnez y Egipto, están demostrando
que puede convertirse en un elemento de conexión de los
tres ámbitos que configuran hoy la esfera pública: el
ciberespacio, el espacio mediático y el espacio público.
Las aplicaciones de redes sociales ofrecen antes que nada una
conexión con alguien con el que mantenemos algún tipo de
proximidad (más o menos remota) o afinidad. Permiten
compartir información, sí, pero sobre todo experiencias.
Por eso pueden convertirse en un confortable nicho en el
que vivimos con “los nuestros” e ignoramos (o
vilipendiamos) a “los otros”. Las experiencias
compartidas invitan a una movilización propiciada por la
instantaneidad y la interactividad. Es muy fácil
movilizar a los nuestros y muy difícil llegar a los
otros.
Cuando una corriente profunda remueve la sociedad las redes pueden
sacarla a la luz. Y eso es lo que ha ocurrido con el
movimiento del 15-M. Todos sabíamos del hartazgo y la
indignación generalizada. Muchos periodistas extranjeros
se preguntaban ¿cómo es posible que no estalle España
con ese paro masivo? Y por fin llegó, si no una
explosión, al menos una buena tormenta.
El movimiento 15-M pudo eclosionar debido, entre otros, a estos
factores:
- Un
nuevo relato de la globalización construido por obras
como
¡Indignaos! o
Inside Jobs
- La movilización propiciada por las redes sociales
- El trabajo de tres lustros de los movimientos altermundistas
Las redes sociales sacaron a la calle a los jóvenes de la primera
manifestación y a los miles y miles que se fueron
sumando después del intento de desalojo de Sol de la
noche del 15 de mayo. Durante estas semanas las redes
han alimentado el movimiento y en concreto Twitter ha
sido la manifestación de su pulso y el aviso de
emergencia ante cualquier intento de agresión.
Las redes han sido el sistema nervioso de la protesta.
Pero hoy no estaríamos hablando si el movimiento no hubiera tomado
la calle, y en especial un espacio público tan simbólico
como la Puerta del Sol… La carga de los Mamelucos… la
proclamación de la II Repúbica… el Km. 0 de la España
radial…
Lo realmente revolucionario es la nueva forma de ocupar el espacio
público. No es la primera vez que se establecen campamentos en la calle
(por ejemplo, Sintel). Lo nuevo son dos hechos:
- Convertir estos espacios en ámbito de deliberación
- Y convertir en inaplicable la legislación de desarrollo de los
derechos de reunión y manifestación.
Los
derechos de reunión y manifestación son
esenciales derechos cívicos, pero como todos los
derechos, ni son absolutos ni pueden ejercerse sin una
regulación, que equlibre su ejercicio con otros
derechos legítimos. El espacio público no puede ocuparse
de manera permanente o de forma transitoria pero
absoluta (aunque todo el mundo considera normal las
fiestas populares, que cada 15 días la Castellana se
convierta en un gran aparcamiento de los que acuden al
fútbol, o que después de cada “victoria histórica”
futbolística energúmenos se encaramen a fuentes
monumentales y las dañen).
Esas normas que rigen desde la Transición no pudieron aplicarse (y
menos la desmesurada decisión de la Junta Electoral
Central) no ya sólo por prudencia y para evitar males
mayores, sino porque los indignados en realidad estaban
ejerciendo otro derecho más radical y más básico, un
derecho último que entra en juego cuando los demás
derechos quedan vacíos de contenido: el
derecho de resistencia.
El movimiento es la expresión de la resistencia a la ruptura del
pacto social y a sus consecuencias de creciente
desigualdad y falta de futuro para una sociedad basada
hasta ahora en un moderado ascenso social de las clases
populares y medias. De ahí su legitimidad expresada por
el apoyo masivo detectado por las encuestas.
Esa legitimidad no se habría logrado sin la presencia del
movimiento en el
espacio mediático. Un 72% de los
españoles ha seguido estos acontecimientos y un 77% lo
han hecho por la televisión (Havas
Media); un 52% lo conocieron a través de
la televisión (The
Cocktail Analysis).
Por mucho que los acampados se hayan quejado primero de
falta de atención y luego de manipulación, la
representación general de los medios ha sido bastante
equilibrada y positiva (cuanto más a la derecha, más
negativa). Y, sobre todo, han mostrado su capacidad de
organización, civismo, resistencia pacífica… que sin
duda han sido factores esenciales para la legitimación
del movimiento.
Hay acontecimientos que ocurren en el espacio público de los que
nadie sabe. Otros que hacen bullir las redes sociales
(por ejemplo, la burla por la desarticulación policial
de la “cúpula” de Anonymus en España). Otros que se
construyen para los medios masivos por políticos y
agencias de comunicación.
Sólo cuando se produce una conjunción e interrelación
del espacio público, el espacio mediático y el
ciberespacio el acontecimiento tiene capacidad de
cambiar nuestra vidas.
La democracia nació en el ágora y el 15-M ha recuperado nuestras
calles y plazas como espacio de deliberación
democrática. Ahora el movimiento se fracciona (o
expande). Desde el punto de vista de las fuerzas de
orden público estas pequeñas protestas son más
manejables. Puede haber tentaciones por un lado y otro
de forzar la cuerda y buscar el enfrentamiento. Sería un
desastre. El bosque está muy seco y una chispa puede
extender un incendio devastador.
Rafael Díaz Arias
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