EL MAYOR MILAGRO
La fe mueve montañas, pero no hay nada interesante en que se
muevan las montañas. La fe puede mover el corazón humano, y
eso sí que nos importa.
El milagro de los milagros es que las
personas humanas superen su egoísmo, su afición desmedida a
consumir, su innato afán de explotar a los demás, de pasar
de largo ante la necesidad ajena.
El mayor milagro de Jesús es él mismo, su capacidad de
entrega y compasión, de compromiso y de consecuencia hasta
el final. Los amigos de espectáculos y prodigios prefieren
fijarse en un dios paseando sobre las aguas: los que han
cambiado sus ojos por los de Jesús no ven a Dios en los
resplandores estériles, sino en el corazón de Jesús.
La presencia de Dios en la iglesia no se manifiesta en
fiestas solemnes, en espectáculos cultuales, en solemnes
procesiones masivas, sino en atender a los hambrientos,
vivir en la justicia y el compromiso, renunciar al
despilfarro, vivir en solidaridad: ése es el milagro de los
milagros.
No hace mucho, Su Santidad el Papa Benedicto repetía en
Auschwitz la eterna pregunta de la humanidad: “¿Dónde
estabas, Dios, mientras pasaba todo esto?”.
Desgraciadamente, no dio la respuesta, pero la respuesta
existe, y debió darse. La respuesta está en aquella vieja y
entrañable parábola oriental:
Un rico y piadoso mercader salía de su
ciudad, montado en un majestuoso camello, ricamente
enjaezado, rodeado de un séquito de ayudantes, portando
lujosas mercancías.
Al borde del camino, una pobre mendiga
harapienta extendía la mano pidiendo una limosna, mientras
sostenía apenas a su hijito enfermo y esquelético.
El mercader se detuvo, elevó las manos
al Altísimo y oró diciendo: “Señor, ¿cómo consientes esto?
¿Es que no puedes hacer nada por esta mujer?”
Y Dios le contestó: Desde luego que
puedo, y lo he hecho: te he hecho a ti.
Así, la pregunta del Papa sobre
Auschwitz podría ser otra: ¿Dónde estaba la iglesia, que
conocía el genocidio y se calló por miedo o conveniencia?
Y la consecuencia es clara, amargamente
clara: existe el mal del mundo porque existe el mal en mí:
Si mi corazón se pareciera más al de Jesús, la humanidad
sufriría mucho menos y sería visible el amor de Dios.
José
Enrique Galarreta, S.J.