EL DESCENDENTE
Lo pensé mientras veía a la cápsula Fénix deslizarse
hacia las entrañas de la tierra para rescatar a los 33
mineros chilenos: vaya parábola para entender un poco
mejor lo que celebramos en Navidad y para acercarnos a
Belén, además de con la consabida ovejita y el tarrito
de miel, con la pregunta de si dan razón por ahí de un
tal “Jesús el descendente”.
El tema del ascenso/descenso es determinante
para entender este mundo de feria en que vivimos,
subiendo o bajando como caballitos de tiovivo: sube el
Tea Party, baja Obama; sube Tomás, baja Trini, vuelve a
subir Trini; suben los dividendos de los bancos, bajan
las pensiones; suben los parados, la factura de la luz y
la previsión de gastos de la JMJ; bajan las partidas
para proyectos de desarrollo y las posibilidades de
papeles para inmigrantes.
Y en medio de este sube y baja y con tanta gente
empujando y dando pisotones con tal de ascender, alguien
calladamente decide bajar y señala como dirección de su
GPS vital: “lugares de abajo”.
Censado en lugares tan poco emergentes como Belén o
Nazaret, conociendo de primera mano lo que es vivir
“abajo” y “fuera”, incardinado entre aquellos que ni
entonces ni ahora tienen sitio en las posadas del mundo,
encabezando su lista de contactos con los nombres de
unos curritos que cuidaban ovejas por cuenta ajena;
colando de paso junto a ellos a todos los que siguen
yendo por la vida sin currículum, sin master y sin
Erasmus, porque a los 16 años ya estaban subidos a una
patera o fregando portales.
Empeñado de mayor en bajar a buscar a la gente más
hundida, en hacer saltar por los aires las sentencias
que los aplastaban (“está leproso”, “es una pecadora”,
“es ciego de nacimiento”, “está muerta”, “ya huele
mal”…), para auparlos hacia la vida con la autoridad de
su palabra: “queda limpio”, “vete en paz”, “recobra la
vista”, “está dormida”, “¡sal fuera!”.
Estamos avisados: una de las consecuencias de asomarnos
a ver al niño Jesús, tan tierno y calladito en su
pesebre, es que la visita puede dejarnos
irremediablemente registrados en el colectivo de
“Afectados por el Descendente” y sin más manual de
instrucciones para el descenso que su Evangelio.
Si nos animamos a seguir paso a paso sus indicaciones,
podríamos empezar por nosotros mismos y arriesgarnos a
bajar al agujero negro de nuestros errores, fracasos y
fangos varios: nos llevaremos la sorpresa de descubrir
que Otro los ha visitado antes que nosotros y los ha
iluminado con su presencia.
Y ya que estamos por esos bajos fondos, podemos
aprovechar para desalojar al yo “trepa/okupa” que se
esconde en nuestro sótano con su lista de pretensiones.
Es increíble la cantidad de espacio que libera cuando se
retira y la de nombres que empiezan a cabernos dentro,
aparte del alivio de bajarnos del escalón del personaje
y ser sencillamente lo que de verdad somos.
Paso segundo: negarnos a calificar una situación de
definitivamente bloqueada, una herida de incurable o una
brecha de irremediable, porque estaríamos entonces
negando al Descendente su poder de sanar y transfigurar
cualquier realidad.
Paso tercero: habitantes de una superficie en la que
sólo se valora a los que ascienden y que se ha hecho
experta en ignorar y ocultar los “lugares de abajo”,
discurrir en qué “Fénix” podemos montarnos para bajar al
encuentro de los sepultados por tanto derrumbamiento.
No bajamos solos: delante de nosotros va el Experto en
rescates, el que descendió a los infiernos, el Primer
nacido de entre los muertos. En él, el Eterno ha entrado
en el tiempo, el Inmenso se ha hecho pequeño, el
Altísimo se ha abajado, el Silencioso se ha vuelto
Palabra.
No será difícil encontrarle: según sales de Belén, dejas
atrás la posada, sigues en dirección Sur, llegas a un
descampado donde suele haber rebaños y pastores y cerca
hay una cueva donde se guardan animales en invierno. Al
entrar, encontrarás un niño envuelto en pañales y
reclinado en un pesebre. No tiene pérdida.
Dolores
Aleixandre RSCJ
ALANDAR
Dic. 2010