el cerebro y la mano
La crisis más grave y en la que nadie piensa
La
evolución tecnológica y la evolución social
llegan a disociarse e incluso oponerse,
avanzando en sentido inverso.
¿Cómo se
explica que hayamos cometido tanta abominación económica y
consumista, que nos vemos abocados a la destrucción de las
fuentes de energía que hacen posible la vida? ¿Qué decir del
desequilibrio económico mundial en el que sabemos que las 10
primeras fortunas del mundo son superiores a la suma de las
rentas nacionales de los 55 países más pobres? ¿Cómo es
posible que esté pasando todo esto y encima estemos deseando
que se acabe pronto la crisis para volver a estar como
estábamos antes, o sea a intensificar de nuevo el consumismo
insostenible que ha provocado tanta ruina, tanta muerte y
tanta miseria?
El número
de personas, que no pueden recibir diariamente las calorías
indispensables para seguir viviendo, ha aumentado, de 800 a
1020 millones. Ni en la última guerra mundial morían cada
día más de 70.000 personas, como está ocurriendo ahora
mismo. ¿Estamos dispuestos a seguir tan tranquilos,
asistiendo a este espantoso genocidio, colaborando (al menos
con el silencio) en la masacre?
El
problema, a mi manera de ver, no está en nuestra depravación
moral. Quiero decir: por muy grave que sea (y lo es) el
“problema ético”, existe un problema previo que es mucho
mayor. Me refiero a la “disociación interior” que se ha
producido dentro de cada uno de nosotros.
Sin
darnos cuenta, el ritmo del “progreso” acelerado, en que
vivimos, nos ha roto por dentro. Y así andamos. Más
desquiciados de lo que seguramente podemos sospechar. Lo
explicaré de la forma más sencilla posible.
Como es
sabido, el nacimiento de la civilización (por lo que sabemos
hasta ahora) se produjo en Oriente Próximo (Mesopotamia),
unos 3.500 años antes de Cristo. La civilización nació
cuando aparecieron las primeras tecnologías: agricultura,
metalurgia, escritura. Esto fue posible gracias al
desarrollo que alcanzaron, en el ser humano, el “cerebro”
y la “mano”.
No es
posible explicar aquí las diversas teorías que se debaten
sobre este asunto. En todo caso, los hechos parecen dar la
razón a la impresionante teoría de A. Leroi-Gourhan, que se
refiere a la disociación producida entre la mano y el
cerebro.
Como ha
explicado María Daraki, hasta la aparición del hombre
“sapiens sapiens”, la evolución del cerebro y las técnicas
de la mano avanzaron al mismo ritmo. Pero, desde los
principios de la humanidad actual, se produce una
“disociación espectacular”: en el preciso momento en el que
la “evolución cerebral” toca techo y se estanca, la
“evolución tecnológica”, por el contrario, se dispara y
crece a un ritmo acelerado.
Es lo que
estamos viendo en este momento: las nuevas tecnologías nos
sorprenden, cada día, con descubrimientos que avanzan a un
ritmo imparable, al tiempo que nuestros cerebros ya no son
capaces de saber a dónde va todo esto, en qué va a parar
tanto avance y tanta tecnología, que nos están arrastrando a
todos al mundo más irracional que jamás se haya visto ni
previsto.
Además,
el poder de la tecnología es tal, que ya no hay quien la
pare, por más que estemos viendo que las técnicas son más
fuertes y más determinantes que las decisiones de los
hombres. Y por más que estemos seguros que, a este ritmo,
las posibilidades de vida en el planeta tierra tienen los
días contados.
¿Es
posible detener o reorientar este proceso? No será fácil.
¿Por qué?
Está
demostrado que el equilibrio material, técnico y económico
influye directamente en las formas sociales y por
consiguiente en la forma de pensar, mientras que no es
posible establecer una ley según la cual el pensamiento
filosófico o religioso coincida con la evolución material de
las sociedades.
Si se
diese tal coincidencia, el pensamiento de Platón o de
Confucio nos parecerían algo tan anticuado y ridículo como
las desvencijadas y primitivas carretas en las que viajaban
los hombres del primer milenio antes de Cristo. Una persona
que hoy tiene el talento que tenía Platón es un sabio. Si
viaja como viajaba Platón es un loco.
La crisis
más grave, que padecemos ahora, consiste en que talentos
como el de Platón hay pocos, mientras que las tecnologías se
han disparado de manera que hasta los mediocres tenemos a
nuestra disposición tal cantidad de máquinas y artilugios de
todo tipo, con los que ya no es necesario ni memorizar
datos, ni relacionar esos datos entre sí, ni sacar -de todo
ese arsenal interminable de saberes- las conclusiones que
habría que sacar y que más necesitamos.
Se podrán
discutir las teorías de antropólogos y paleontólogos. Lo que
no admite discusión es que la mano le ha ganado la partida
al cerebro.
Las
consecuencias de este asombroso fenómeno están a la vista de
todos. Una sociedad en la que las tecnologías, que se
conectan con la mano, aventajan indeciblemente en
importancia a los saberes, que se conectan directamente con
el cerebro, es una sociedad que vive a merced de los
intereses del gran capital, que es el que, mediante las
multinacionales, maneja las investigaciones, los inventos y
sus aplicaciones.
De ahí,
que la evolución tecnológica y la evolución social llegan a
disociarse e incluso oponerse, avanzando en sentido inverso:
la tecnología como “progreso”, las relaciones sociales y
humanas como “degradación”. Exactamente lo que estamos
viviendo y padeciendo.
Y
todavía, algo más preocupante: de la mano y sus tecnologías
brota el consumo y el “bienestar”; del cerebro y sus
mecanismos emocionales brotan las “convicciones” y los
hábitos de conducta. El problema, que se agudiza por días,
está en que, manipulados como estamos por tanta tecnología,
ya no nos queda sino una sola convicción: lo que importa es
ganar mucho, vivir bien y trabajar poco.
Me da
miedo pensar que este camino no tiene ya retorno.
José M.
Castillo