CRIMINALIDAD,
POBREZA… Y ALGO MÁS
La miseria
genera muchas muertes invisibles, silenciosas, que carecen
de la espectacularidad que suelen otorgarles los medios a
otras muertes más relevantes. Más relevantes por
imprevistas, por tratarse de víctimas y de victimarios con
nombres y apellidos que trascienden la rutina y se asoman,
aunque fugazmente, a la popularidad del universo cotidiano.
Un asesinato
individual es tanto más visible porque puede ser
identificado; mientras que los miles de crímenes cometidos a
lo largo de los días y de los años por el hambre pasan
fácilmente desapercibidos. Se trata simplemente de cifras,
no de nombres y apellidos, y los asimilamos sin dolor y sin
remordimientos, aunque en el fondo seamos colectivamente
responsables de esas muertes.
Es cierto, no
lo somos conscientemente y por lo tanto pareciera que no
debemos hacernos cargo de esas víctimas anónimas. Y sin
embargo no son más que la consecuencia de la aceptación de
un sistema político que como dice Michel Foucault ha
abandonado “las formas de poder tradicionales rituales,
costosas y violentas por toda una tecnología fina y
sofisticada del sometimiento” en el que, agrega, “los
circuitos de la comunicación son los soportes de una
acumulación y centralización del poder”.
De ahí que no
nos sintamos culpables porque venimos siendo condicionados
por una educación que nos impele a cumplir normas, leyes y
reglamentos destinados a respetar la voluntad de quienes
detentan el poder.
Nos han
convencido de que los pobres son un amenaza y que cualquier
mendigo puede transformarse súbitamente en ladrón y atentar
contra nuestro patrimonio y nuestra vida. Pero pocos se
preguntan sobre las causas que generan esa marginación, por
qué delinquen esas personas. El desempleo, el hambre y la
miseria con las que se ven obligados a luchar diariamente,
son sus únicas realidades. La pobreza implica también falta
de libertad.
Alguien ha
dicho que la desigualdad es el precio de la riqueza. Los
mayores índices de criminalidad y de pobreza se dan en
aquellas ciudades con las mayores concentraciones de poder
económico. En ellas crecen con fuerza dos mundos
tangenciales y distintos, cada uno con sus propias normas.
La violencia
será cada vez más difícil de extirpar en la medida en que
las políticas sigan estimulando una mayor concentración de
la riqueza y presten una cada vez menor atención a la
promoción y a la incorporación de las mayorías al disfrute
de un mínimo e indispensable bienestar.
“El autismo
reina en los dos bandos en el de los relegados y en el de
los que los relegan. El peligro no está tanto en la
situación - que se podría modificar – sino precisamente en
su aceptación ciega, en la resignación general”,
dice Viviane Forrester, ante todas las contingencias que nos
horrorizan, pero que pasado el primer instante de conmoción,
se precipitan con insólita celeridad en el inexorable cauce
del olvido.
Nos han
convencido de que no hay alternativa. Hemos construido
ciudades no para los seres humanos sino para los negocios.
Los negocios pueden disponer de altas torres, de modernísima
arquitectura y electrónica inteligencia, pero quienes las
edifican deben conformarse con sobrevivir en barriadas
inhóspitas que no parecen ser contemporáneas de aquellas.
Tal vez uno
de los problemas más graves de nuestro tiempo, la razón que
justifica muchas cosas injustificables, derive del hecho del
aniquilamiento progresivo del pensar. Son muchas las
argucias utilizadas especialmente por los medios para
desviar la atención hacia lo intrascendente y banal,
disfrazándolo de deporte, de moda, de entretenimiento, y
ocultar esa realidad en que germinan los principales
conflictos de la actualidad.
Es importante
que recuperemos nuestra capacidad de pensar en lo que como
humanidad y como planeta nos afecta. Hemos de reflexionar
seriamente sobre esa realidad y formular juntos nuevas
alternativas porque es más que evidente que nuestro actual
derrotero no nos está llevando a buen puerto.
Susana Merino