PALEOINDIGNADOS
Gente indignada ha habido siempre y a poco que abras la
Biblia te la encuentras:
Israelitas hartos del fast food del maná y
protestando contra Moisés;
Aarón y Miryam, irritadísimos con su hermano porque
había metido a una mujer negra en la familia;
Majlá, Noá, Joglá, Milcá y Tirsá, hijas de Salfajad,
reclamando la herencia de su padre que por ser chicas no
podían recibir (contacto en Facebook o en Num
27,1ss).
Jonás, enfadadísimo con Dios porque en Nínive se habían
convertido sus habitantes y hasta sus mascotas y, para
colmo, el ricino que le daba sombra se había secado
atacado por la bacteria de los pepinos. A Jonás le dio
el pálpito de que el Señor andaba mezclado en el asunto
y se lo dijo con cajas destempladas cuando vino a
interesarse por los motivos de su enfado.
Mucho tiempo después, los discípulos de Jesús montaron
en cólera cuando se enteraron de que los Zebedeos
planeaban presentarse a las primarias para hacerse con
el control del Reino, aunque ellos se defendían
diciendo: “Han sido cosas de mamá”.
Jesús pasó también por momentos de indignación, y si no
que se lo pregunten a los vendedores del templo.
A Pablo, en viaje cultural por Atenas, le dio un sofoco
de ira al ver la ciudad llena de ídolos y a tanta gente
adorándolos, a unos en sus pedestales y a otros en los
estadios, en los escaparates o en los consejos de
administración de los bancos.
Podemos concluir que las indignaciones se encierran en
dos: las que son razonables y las que no.
Entre las segundas hay una que aqueja hace tiempo a
algunos eclesiásticos y que está volcada en ciertos
libros sobre Jesús que, sin citas en latín ni en alemán,
consiguen que a la gente se le caldee el corazón y
deduzca por sí sola que tan humano sólo puede ser Dios
mismo.
No debe ser mala voluntad, sino que la indignación se
les ha ido desorientando y ha ido a parar a un sitio
equivocado. Qué lástima desperdiciarla así ¿no?, con lo
urgente que es tenerla centrada en causas que tanto la
merecen.
Dolores
Aleixandre