¿Está Dios en Haití?
"No paró la cruz en el
Gólgota;
no intervino en
Auschwitz;
no es el Dios relojero
de Newton"
Desde la perspectiva
científica el terremoto tiene una doble explicación.
Por un lado, una zona sísmica, siempre amenazada por
terremotos y maremotos, que se suceden con frecuencia. Por
otra, que se ha practicado una deforestación masiva del
país, que contrasta con la superficie de la República
Dominicana, la otra parte de la isla.
Además
se ha dado una sobreexplotación del suelo, un
agotamiento de los recursos naturales, en parte por empresas
que han sido pan para hoy y hambre para mañana, y una fuerte
explosión demográfica bajo gobiernos corruptos y
dictatoriales, como los Duvalier, cuyo heredero se gasta hoy
su fortuna en Francia.
Cuando
el terremoto llegó casi todo se vino abajo, incluido el
centro histórico y las instalaciones estatales. Pero el
barrio rico y moderno de Pétion Ville, en Puerto Príncipe,
apenas ha sufrido daños. Es una isla segura, sólida y
bien librada del azote natural.
La
conclusión es evidente: con otra política y gobierno,
otra distribución de la riqueza y otro tipo de
construcciones se hubiera amortiguado mucho la violencia de
la naturaleza en el país más pobre de América.
Antes
que preguntarse por Dios, ¿por qué permite esto?, hay que
preguntar al hombre ¿cómo consentimos que tantos seres
humanos vivan en la miseria, indefensos ante la naturaleza?
La tragedia de Haití sigue al tsunami de Indonesia y vendrán
muchos más, porque tres cuartas partes de la humanidad viven
en la pobreza, sin medios para controlar la naturaleza.
Tenemos los recursos técnicos y materiales para reducir al
mínimo estos desastres, pero la distribución internacional
de la riqueza los invalida.
¿Y
dónde está Dios?
Seguimos esperando milagros divinos que cambien el curso de
la naturaleza; apelamos a la Providencia para que intervenga
en las catástrofes naturales; rezamos y pedimos prodigios y
señales. Y Dios guarda silencio y no actúa como esperamos.
No aprendemos de la historia. No paró la cruz en el
Gólgota; no intervino para evitar Auschwitz; no es el Dios
relojero de Newton, que ajusta el reloj natural de vez
en cuando; no modifica las leyes de la creación,
descubiertas por la ciencia.
El
hombre y el universo son obra de un creador que respeta la
libertad humana y el dinamismo de la naturaleza.
Si buscamos al Dios milagrero, siempre a la escucha de los
deseos del hombre, busquémoslo en otra religión, no en la
del Dios crucificado. Es inconcebible que los cristianos
sigamos esperando intervenciones prodigiosas, como en
tiempos de Jesús, sin asumir la mayoría de edad del hombre y
la autonomía del universo, cuyas leyes conocemos mejor y
cada vez más.
En
cambio, encontraremos a Dios, si lo buscamos
identificándose con las víctimas y llamando a los
hombres de buena voluntad a la solidaridad y la justicia; si
esperamos que Dios nos inquiete, nos provoque y nos llame a
colaborar de mil maneras para mitigar el dolor en Haití; si
creemos que Dios no es neutral y que el contraste entre el
gran mundo pobre y la minoría de países ricos clama al
cielo.
Hay
que ayudar a Dios para que se haga presente en Haití,
porque necesita de los hombres para que llegue ahí el
progreso y la justicia. Los muertos y refugiados de la
catástrofe tienen hambre de justicia, la de las
bienaventuranzas, y Dios necesita testigos suyos para
hacerse presente.
Nadie
puede hablar en nombre de las víctimas sin experimentar sus
sufrimientos ni padecer su forma de vida, sólo hacernos
presentes a ellos. El protagonismo corresponde al ser
humano: Dios es autor de la historia, en cuanto inspira,
motiva y envía para la solidaridad y la justicia. El Dios
cristiano no es la divinidad griega que siente celos del
hombre y castiga a Prometeo, sino el que se enorgullece de
la capacidad para generar vida con la ciencia y el progreso,
sólo exigiendo que los recursos naturales se pongan al
servicio de todos.
Hay
que actuar como "si Dios no existiera" y todo dependiera de
nosotros,
universalizar la solidaridad y cambiar las estructuras
internacionales que condenan a pueblos enteros a la miseria.
Desde ahí podemos esperarlo todo de Dios y pedirle que
fortalezca, inspire y motive a los que luchan por un mundo
más justo y solidario.
Dentro
de pocos meses Haití será un mero recuerdo, excepto para los
que siguen allí, y los habremos olvidado, como a Indonesia o
las hambrunas del África subsahariana. La gran tragedia
del siglo XXI es la de una humanidad que tiene recursos
para acabar con el hambre y mitigar las catástrofes
naturales, pero prefiere emplearlos en armamento, para
defenderse de los pobres; en policías, para evitar que
lleguen a nuestras islas de riqueza y en los despilfarros
consumistas de una minoría de países.
Del mal
de Haití somos todos responsables y la solidaridad no puede
quedarse en el acontecimiento puntual, aunque sea necesaria,
sino que exige otra forma de vida.
Juan Antonio Estrada
Diario de Sevilla