¿DIOS EN HAITÍ?
La tragedia de Haití suscita no pocas preguntas religiosas.
La ciencia da respuestas acerca de por qué y cómo suceden
los fenómenos pero, como decía Wittgenstein, una vez
alcanzadas las soluciones científicas, permanecen las
preguntas de sentido y significado, que escapan al ámbito
científico.
En la tragedia de Haití concurren dos fenómenos convergentes
y diferentes.
Por una parte, la situación de la isla caribeña en una zona
sísmica, con frecuentes terremotos y maremotos, expuesta
también a huracanes y ciclones, en una de las partes más
vulnerables del planeta.
Por otra, la agresiva mano del ser humano, que ha
desforestado Haití, sobreexplotado sus reservas naturales y
construido poblaciones y ciudades carentes de los mínimos de
seguridad. Las condiciones extremadamente precarias en que
los colonizadores dejaron el país, la tradición racista y
esclavista, la corrupción generalizada, la dictadura de
gobiernos explotadores, como los Duvalier, y la injusta
distribución de los recursos han aumentado los males de la
isla. Se ha hundido todo, incluido el casco histórico y los
organismos estatales, pero se ha preservado el moderno
barrio rico de "Pétion Ville", en Puerto Príncipe, como
también la vecina y menos desafortunada República
Dominicana.
A la luz de estos datos, la pregunta religiosa "dónde está
Dios" no es ni puede ser la primera. Haití ejemplariza lo
que ya pasó con el tsunami de Indonesia y las hambrunas
subsaharianas. Hay pueblos, naciones y Estados que viven en
la miseria, sin capacidad para defenderse de las catástrofes
naturales.
El orden internacional está montado sobre la concentración
de riqueza en el 20% de la humanidad y el desamparo de buena
parte de ésta. Por sí solos no pueden salir de su miseria,
agravada por multinacionales que esquilman los recursos para
obtener grandes beneficios en poco tiempo, gobiernos propios
corruptos y vendidos, y países ricos que protegen sus
intereses y los de sus compañías en el Tercer Mundo.
Sin este orden de cosas se hubiera podido evitar la
repercusión de la catástrofe o habría sido muchísimo menor.
Pero los habitantes de Haití son tan pobres que ni siquiera
tienen capacidad para recibir y repartir la ayuda que les
llega. ¿Quién tiene la culpa? El actual orden internacional
que sólo puede sostenerse en base al poder económico,
político y militar de los países ricos, y la persistente
corrupción de las elites dirigentes del país.
¿Y Dios? Seguimos buscando al dios relojero de Newton, que
ajusta la maquinaria del universo para arreglar sus
disfuncionalidades. Pedimos milagros naturales, que Dios
envíe las lluvias o las pare, detenga los tifones, haga
prodigios. Eso era también lo que pedía el pueblo a Jesús,
el deseo con el que el espíritu del mal le tentaba (poder,
prestigio y dinero), y el sueño de los discípulos (un Mesías
milagrero).
Dos mil años después seguimos buscando un Dios-providencia a
nuestro servicio, un super-padre protector y un ser
omnipotente que nos proteja de la naturaleza. Pero Dios no
intervino para evitar el Gólgota, ni tampoco en Auschwitz,
ni ha evitado pestes, hambrunas y otros desastres.
Creemos, con todo, que el mal es también un misterio que
encaja difícilmente con la imagen de un Dios omnipotente y
misericordioso, sobre todo, cuando se traduce en sufrimiento
de los pobres y de los inocentes.
La ciencia formula las leyes de la naturaleza y explica las
causas de los desastres, facilitando el progreso y el avance
en el control de ella. Dios no tiene celos del ser humano,
imagen suya, sino que capacita a la persona para ser
creadora y generar vida. Le ha dado a la humanidad una
responsabilidad en el mundo con la condición de que todos
los seres humanos y la propia naturaleza participen
equitativamente de las riquezas del universo. Defiende al
pobre y al oprimido, y bendice a los que trabajan por la paz
y la justicia, valores del Reino de Dios
Dios no es neutral, está en Haití en las víctimas y en
cuantas personas trabajan allí solidariamente, se identifica
con las víctimas y hace de ellas el criterio del juicio
divino (Mt 25,31-46).
Nadie tiene derecho a hablar en su nombre, sólo ellas y
quienes comparten sus sufrimientos. Pero todos podemos y
debemos hacernos presentes en Haití, atender a las
necesidades urgentes de los haitianos y colaborar en su
reconstrucción. Pero eso no basta. Dentro de pocos meses
Haití será un mero recuerdo, excepto para los que siguen
allí.
La gran tragedia del siglo XXI es la de una humanidad que
tiene recursos suficientes para acabar con el hambre y
mitigar las catástrofes naturales, pero prefiere emplearlos
en armamento, para defenderse de los pobres; en policías,
para evitar que lleguen los inmigrantes a nuestras islas de
riqueza; y en los despilfarros consumistas de una minoría de
países.
Del mal de Haití somos todos responsables, especialmente los
países más ricos, y la solidaridad no puede quedarse en un
momento puntual, aunque sea necesaria, sino que exige otra
forma de vida.
Haití personifica hoy a los pueblos crucificados, y la única
respuesta válida es comprometernos para que no haya màs
Haitís asolados ni Palestinas masacradas, como tampoco
ningún Auschwitz ni Hiroshima. Todos tenemos que cambiar, y
la referencia al Dios de Jesús ha de ser el gran acicate de
justicia y solidaridad para los que nos llamamos cristianos.
Firman este documento los siguientes miembros de la
Asociación de Teólogos y Teólogas Juan XXIII:
Josè Luis Andavert, Xavier Alegre, Juan Barreto, Fernando
Bermúdez, José Manuel Bernal, Rafael Calonge, José María
Castillo (vocal), Josè Centeno, Juan Antonio Estrada,
Benjamín Forcano, Máximo García Ruiz (vocal), Josè Ignacio
Gonzàlez Faus, Julio Lois, Francisco Margallo, Eduardo
Malvado, Albert Moliner, Federico Pastor (presidente), Jesús
Pelàez, Victorino Pérez Prieto, Margarita Pintos, Josè Luis
Quiròs, Alfredo Tamayo Ayestaràn (vicepresidente), Juan Josè
Tamayo-Acosta (secretario general), Rufino Velasco, José
Vico, Evaristo Villar, Juan Yzuel.