Haití: un país destruido
desde hace décadas
El terremoto afecta a un país que está
siendo social y ecológicamente destruido desde hace décadas
Viajando a bordo de una de las avionetas que comunican Santo
Domingo con Puerto Príncipe, la capital de Haití, es ocioso
que el piloto anuncie la frontera: para comprender que se
comienza a volar sobre paisaje haitiano, basta percatarse
del momento en que los árboles desaparecen bruscamente. En
cosa de minutos, Haití apenas ofrece otra cosa que una
sucesión de montes pelados: esta parte de la isla que apenas
tiene el tamaño de Bélgica y suma 8 millones de habitantes y
que fue otrora conocida como “la perla de las Antillas” se
ve desde el aire como un mundo lunar surcado por cauces
carente de agua cuando no llueve.
El penoso estado de la mitad de la antigua Española viene a
añadirse al sinnúmero de desdichas, a los miles de muertos,
a los millares de exilados generados por los Duvalier,
dictador padre y dictador hijo. Les sucedió Jean-Bertrand
Aristide, el cura secularizado que, antes de ser depuesto,
llegó a acumular con su abogada y esposa cerca de 850
millones de dólares de fortuna personal, sin duda para “sus
pobres” de la Ciudad del Sol, los que le llevaron al poder
en los años 80.
Haití sufre uno de los medioambientes más degradados de las
Américas: uno de los pocos estados del planeta en los que la
historia del país se confunde totalmente, y de continuo, con
la degradación de la naturaleza y del medio ambiente, porque
los sucesores de los chiflados y de los dictadores no lo han
hecho mejor.
En la región de Bombardópolis, en el extremo este, los
campesinos se han visto reducidos con los años a desenterrar
las raíces de los árboles para convertirlas en carbón
vegetal. Porque hace mucho ya que cortaron los árboles.
Venden este carbón, éste y otro que producen a partir de
troncos que van encontrando todavía, para ganarse unas
cuantas gourdes, la moneda local sin apenas valor. El grueso
de los haitianos, especialmente en la región de Gonaïves y
en el norte, cocina con este combustible la poca comida que
le separa de la muerte por inanición. Dos tercios de los
haitianos, sobre todo en el norte y en el este, no tienen
otra cosa que ese carbón vegetal, vendido a sacos a pie de
carretera. La cubierta forestal de Haití se reduce ya a
menos del 1% de la superficie.
Los árboles fueron primero víctimas del cultivo de la caña
de azúcar y del café; luego, de una exportación incontrolada
que enriqueció a la clase dominante y a los norteamericanos.
Lo poco que queda, sirve de “leña de fuego”, como se dice en
África, o de base para el carbón vegetal. La belicosa
competición que enfrenta a campesinos pobres con campesinos
–un millón— sin tierras se solapa con los enfrentamientos
entre bandas armadas. Las fuerzas de las Naciones Unidas no
han logrado poner más orden en esos problemas que una clase
política que, reproduciéndose de forma idéntica lustro tras
lustro, ha perdido todo vínculo con una población en
situación de abandono: el 1% de la población acapara al
menos el 60% de la riqueza de un país abocado a la
autodestrucción.
Cada año, lluvias más y más devastadoras a causa de las
alteraciones climáticas que multiplican la violencia de
huracanes y ciclones, se precipitan sobre una superficie
incapaz ya de retener tierra cultivable. Las tierras
transportadas ni siquiera se detienen ya en los llanos, y
ganan la costa: cada año, entre 37 y 40 millones de
toneladas de tierra van a dar en la mar, y sólo el 10% del
agua de lluvia penetra en el suelo. El resto discurre
rápidamente sobre unos suelos encallecidos en la
imposibilidad de que la retenga cualquier vegetación.
Múltiples consecuencias: la irremediable alteración de los
microclimas de la isla, el agostamiento de mantos freáticos
vitales, 400 ríos o desaparecidos o con caudales que fluyen
apenas unas semanas al año. Como en el caso de la leña, unas
hostilidades pseudopolíticas enfrentan entre sí a los
campesinos y a los campesinos con los grandes propietarios
por el control del agua subsistente: se forman bandas que
matan por el control de un simple canal de irrigación.
Esta sequía progresiva ha llegado a un nivel inquietante en
la segunda mitad de los 90, trayendo consigo la desaparición
de los abundantes peces de agua dulce que constituían el
alimento básico de muchos habitantes.
En la llanura de la Arbonita, hacia el norte, ya no tienen
agua bastante para los cultivos de arroz. Una paradoja para
un país en el que llueve desde luego mucho durante la mayor
parte del año.
Cada año, millares de personas pierden la vida a causa de
las inundaciones que transforman la menor pendiente en un
torrente furioso.
Pero año tras año desaparecen los propios cultivos de arroz,
porque los EEUU exportan a Haití 250.000 toneladas de arroz
norteamericano públicamente subvencionado, y por lo mismo,
menos caro que el arroz local que se compra en los mercados.
En la Ciudad del Sol, el suburbio costero más miserable, el
bastión desde el que Aristide lanzó su carrera como
sacerdote y luego como político, la densidad demográfica es
de 10 personas por metro cuadrado: algunas familias llegan
incluso a turnarse para dormir en las chabolas que uno de
cada dos huracanes o destruye o inunda.
En este universo ecológicamente catastrófico que, desde
1940, ha perdido dos tercios de sus tierras cultivables, la
esperanza de vida ha retrocedido hasta los 52 años, lo que
se explica, en parte, por una de las mortalidades infantiles
–insalubridad mediante— más altas del mundo: 77 por mil.
El Sida, desde luego, pero también todas las enfermedades
contagiosas posibles e imaginables, incluidas las que hace
tiempo desaparecieron ya del resto del continente americano.
El estado del agua refleja, a la vez, el estado del medio
ambiente y el estado de un país, uno de cuyos escritores se
preguntaba recientemente “si, a pesar de las apariencias,
existe realmente”.
A todas estas desgracias hay que añadir la contaminación
atmosférica generada por las fábricas instaladas en el país,
señaladamente alrededor de la capital. No hay la menor
legislación reguladora de los residuos lanzados a la
atmósfera por las instalaciones industriales. Y causa de
eso, y también con ánimo de sacar provecho de una mano de
obra más barata todavía que la asiática y de una legislación
defiscalizada, muchas empresas norteamericanas e
internacionales han instalado plantas de producción en
Haití.
Contaminan, salvo, claro está, en las zonas altas de la
capital, en las que viven, por encima de la nube fétida, los
propietarios de unos 4 X 4 con cristales opacos blindados
que, bajo la protección de guardias privados, salen de una
mansiones que más que villas parecen muchas veces verdaderos
castillos. Castillos bien provistos de cámaras de
vigilancia…
La situación del país la resumió el Programa de las Naciones
Unidas para el Medio Ambiente en 2003: “El mundo no tiene
la menor idea del horror de la situación que se vive en
Haití.”
Nada autoriza a pensar que, desde el punto de vista de la
naturaleza y del medio ambiente, lo mismo que desde el punto
de vista político, la situación pueda cambiar a corto plazo.
Pues, como explicaba un diplomático francés durante una de
las numerosas crisis: “Para salir del hoyo hay que empezar
al menos a dejar de cavar”. El terremoto no es sino una
desgracia más para este pueblo apasionante que se debate
entre la desaparición y la muerte.
Claude-Marie Vadrot
Como periodista ha realizado numerosos reportajes sobre
Haití. Ha sido profesor de
geografía y ecología
en la Universidad de París 8-Vincennes.
17/01/10
Traducción de
www.sinpermiso.info