Valores en la economía pos-crisis
La crisis financiera desencadenada a partir de septiembre
del 2008 exige de todos una profunda reflexión y un cambio
de actitudes. Ella encierra una crisis más profunda: la del
modelo de civilización. ¿Qué queremos: un mundo de
consumistas o un mundo de ciudadanos?
Ante las oscilaciones del mercado actuaron los gobiernos. La
mano invisible fue amputada por los hechos. La disparatada
des-reglamentación de la economía requirió la acción
reguladora de los gobiernos. El mercado, entregado a sí
mismo, entró en picado y perdió de vista los valores éticos
para fijarse sólo en los valores monetarios. Fue víctima de
su propia desmedida ambición.
La crisis nos impone hoy cambios de paradigmas. ¿Qué
significa la solidez de los bancos ante la escuálida figura
de mil millones de hambrientos crónicos? ¿Por qué, en los
primeros meses, los gobiernos del G-8 destinaron casi US$
150 mil millones (hasta ahora ya van 180 mil millones) para
evitar el colapso del sistema financiero capitalista y
apenas (por cierto que, aunque lo prometieron en L’ Aquila,
no lo han cumplido aún) US$ 20 mil millones para aplacar el
hambre en el mundo?
¿Qué se intenta salvar: el sistema financiero o la
humanidad?
Una economía centrada en valores éticos tiene por objetivo,
en primer lugar, la reducción de las desigualdades sociales
y el bienestar de todas las personas. Sabemos que hoy más de
tres mil millones -casi la mitad de la humanidad- viven por
debajo de la línea de la pobreza. Y que 1.3 millones están
por debajo de la línea de la miseria. La falta de
alimentación suficiente siega cada día la vida de 23.000
personas. Mientras que el 80 % de la riqueza mundial se
encuentra concentrada en manos de apenas el 20 % de la
población del planeta.
Si no se cambia ese panorama la humanidad caminará hacia la
barbarie. Los gobiernos debieran estar más preocupados por
el crecimiento del IDH (Índice de Desarrollo Humano) que por
el aumento del PIB (Producto Interno Bruto). Lo que importa
hoy es la FIB (Felicidad Interna Bruta). Las personas, en su
mayoría, no quieren ser ricas, quieren ser felices.
La crisis nos lleva a preguntar: ¿qué proyecto de sociedad
legaremos a las generaciones futuras? ¿Para qué sirven
tantos avances científicos y tecnológicos si la población no
cuenta con servicios de salud accesibles y eficaces,
educación gratuita y de calidad, transporte público ágil,
saneamiento básico, vivienda digna, derecho al recreo?
No es ético, ni por tanto humano, un sistema que privilegia
el lucro privado por encima de los derechos comunitarios, la
especulación frente a la producción, el acceso al crédito
sin el respaldo del ahorro. No es ético un sistema que crea
islas de opulencia rodeadas de miseria por todas partes.
Una ética para un mundo pos-crisis tiene como fundamento el
bien común por encima de las ambiciones individuales, el
derecho del Estado a regular la economía y a asegurar a toda
la población los servicios básicos, el cultivo de los bienes
infinitos, espirituales, como más importante que el consumo
de bienes finitos, materiales.
La ética de un nuevo proyecto civilizatorio incorpora la
preservación ambiental al concepto de desarrollo
sustentable, valora las redes de economía solidaria y de
comercio justo, fortalece la sociedad civil organizada como
orientadora de la acción del poder público.
El viejo Aristóteles ya enseñaba que el bien mayor que todos
buscamos -hasta llegar a practicar el mal- no se encuentra a
la venta en el mercado: la felicidad propia. Ahora bien, no
teniendo el mercado cómo transformar este bien en un
producto comerciable, intenta meternos la convicción de que
la felicidad es el resultado de la suma de placeres. Ilusión
que provoca frustración y ensancha el contingente de los
fracasados espirituales rehenes de medicamentos
antidepresivos y de drogas ofrecidas por el narcotráfico.
Lo peor de una crisis es el no aprender nada de ella. Y, en
el esfuerzo por amainar sus efectos, no preocuparse por
suprimir sus causas. Quizás las religiones no tengan
respuestas que nos ayuden a encontrar nuevos valores para el
mundo pos-crisis. Pero con seguridad la certeza espiritual
de la humanidad tiene mucho que decir, puesto que es en la
espiritualidad donde la persona se muestra y se mide. O, en
su falta, se ciega y se atora. El ser humano tiene sed de
Absoluto.
Suelo advertir a los vendedores que me rodean a la puerta de
los mercados: "Apenas si estoy dando un paseo socrático".
Ante miradas atónitas explico: "A Sócrates, filósofo griego,
también le gustaba descansar la mente recorriendo el centro
comercial de Atenas. Cuando le asediaban vendedores como
ustedes, él respondía: "Sólo estoy mirando cuántas cosas
existen de las que no necesito para ser feliz".
P.S. Texto escrito a petición del Foro Económico Mundial, de
Davos, 2010.
Frei Betto
Adital
Traducción de J.L.Burguet