EL REINO DE DIOS     

                             
                              

 

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VIGENCIA Y FUTURO DE

LA TEOLOGÍA DE LA LIBERACION

 

                                                  

Aludiré en directo a Jesús de Nazaret. Si Jesús no fue, en sentido estricto, un político, tampoco fue un apolítico. Lo escribe el teólogo Schillebeeckx: “Jesús no tuvo un interés directo por la política, si bien sabemos que su predicación del Reino y, sobre todo, su trato con los oprimidos tenía una serie de implicaciones políticas…. La praxis del Reino de Dios implica esencialmente la mejora del mundo. El interés indirecto de Jesús por la política es un hecho de primera magnitud” (Cristo y los cristianos, Madrid, Cristiandad, 1982, p. 569).

 

Las nuevas investigaciones bíblicas y los avances de las ciencias, proyectadas a la situación en que vivimos, no nos permiten alejarnos de la sociedad, pensar en un cambio meramente interior con desentendimiento del cambio de las estructuras de la sociedad: “Toda generación cristiana, recalca Schillebeeckx, que se tenga por tal deberá determinar, a partir de su fe, su postura frente a la situación política, especialmente cunado las estructuras esclavizan al hombre” (Idem, p. 571).

 

Creo, por tanto, que podemos tener por claro lo siguiente: para Jesús la política no es algo absoluto, lo absoluto es el Reino de Dios. Muchas realizaciones de las políticas humanas, vistas a la luz del Reino de Dios, aparecen discriminatorias, opresivas, injustas y, por tanto, utópicamente superadas. Muchos proyectos políticos están construidos sobre bases impropias de la dignidad, del bien y los derechos humanos, impiden implantar la justicia, la libertad, el amor y la felicidad del ser humano. El Reino de Dios resulta entonces demoledor para quienes persisten en construir la convivencia social al margen de la dignidad y derechos de la persona.

 

Testigos de la teología de la liberación en medio de la política

 

Ni Jesús fue apolítico, ni puede serlo la Iglesia, ni puede serlo la teología de la liberación: “Contra toda filosofía funcionalista, nosotros creemos que ni la ciencia ni la técnica pueden exhibir, en ninguna circunstancia, la bandera blanca de una pretendida neutralidad. Todo acto técnico, todo gesto científico, chorrea ideología. O se sirve al sistema o se sirve al pueblo. Trazar una carretera en el papel, planear un censo, clasificar un remedio, es política. Todo técnico, todo científico, es siempre un político, aun cuando se niegue a serlo: o reaccionario, o reformista, o transformador”. (Cfr. Benjamín Forcano, Con la libertad del Evangelio, PPC, Madrid, 2006, p. 252).

 

Quiero reafirmar cuanto digo con las palabras de dos testigos de nuestro tiempo: un teólogo mártir (Ignacio Ellacuría) y un obispo profeta (Pedro Casaldáliga).

 

ELLACURIA

 

“El punto de partida de la teología de la liberación es la experiencia humana que, ante el atroz espectáculo de la maldad humana, que pone a la mayoría de la humanidad a la orilla de la muerte y de la desesperación, se rebela y busca corregirla. Y la experiencia cristiana que, basada en la misma realidad, ve, desde el Dios cristiano revelado en Jesús, que esa atroz situación de maldad e injusticia es la negación misma de la salvación prometida por Jesús, una situación que ha hecho que lo que debiera ser reino de gracia se convierta en reino de pecado”.

 

CASALDALIGA:

 

“No podíamos ver todo esto con los brazos cruzados. Quien cree en Dios debe creer en la dignidad del hombre. Quien ama al padre debe servir a los hermanos. El Evangelio es un fuego que le quema a uno la tranquilidad. No se puede ser cristiano y soportar la injusticia a boca callada. Jesús dice en el Evangelio que él nos juzgará el último día por lo que hayamos hecho con nuestros hermanos más pobres y pequeños”.

 

Son muchos los que parecen concluir que la teología de la liberación fue una moda pasajera y ha llegado a su término. Conclusión que solivianta al obispo Casaldáliga:

 

“Estoy harto de oir a la gente: ¿Qué queda de la teología de la liberación? Me lo han preguntado por activa y pasiva, compañeros, obispos, periodistas. Yo, un poco a la española, les he respondido: quedan Dios y los hombres; pues mientras existan el Dios de Jesús, el Dios de David y los pobres de Dios, y mientras exista alguien que piense a la luz de ese Dios y se sensibilice delante de Jesús, habrá teología de la liberación.

 

La teología de la liberación ha sido más de los pies caminantes del pueblo que de las cabezas pensantes de los teólogos. Y ha sido más de la sangre derramada de nuestros mártires, del llanto derramado de nuestros pueblos, de los clamores que Dios siempre escucha. Nació en América Latina porque cuando el teólogo pensaba se encontró con un clima de opresión y también de liberación.

 

Y que no sigan nombrando, por vergüenza al menos, las barbaridades –calumnias auténticas- que colgaron de la teología de la liberación y sus teólogos. Nosotros: teólogos de la liberación, obispos que los acompañamos, iglesias que se benefician de su doctrina, no hemos optado por Marx, sino por el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, por su Reino y sus pobres. Nuestro Dios quiere la liberación de toda esclavitud, de todo pecado y de la muerte. Analizar la trágica situación de los dos tercios de la humanidad, señalarla como enteramente contraria a la voluntad de Dios y asumir compromisos prácticos para transformar esa situación son pasos obligados de la teología de la liberación.

 

A los enemigos del pueblo es a los que no gusta la teología de la liberación. ¡Celebrarían tanto que los cristianos creyeran solo en el cielo… despreciando la tierra!

 

Cuando nosotros queremos ganar el cielo conquistando la tierra. Hijos libres de Dios Padre y hermanos verdaderos.

 

Sobre este particular, le hablé con cariño al Papa Juan Pablo II, ejerciendo el derecho de mi corresponsabilidad eclesial. Le dije:

 

En el campo social no podemos decir con mucha verdad que hayamos hecho la opción por los pobres.

 

En primer lugar, porque no compartimos en nuestras vidas y en nuestras instituciones la pobreza real que ellos experimentan. Y en segundo lugar, porque no actuamos, frente a la riqueza de la iniquidad con aquella libertad y firmeza adoptadas por el Señor.

 

La opción por los pobres, que no excluirá nunca a las personas de los ricos –ya que la salvación es ofrecida a todos y a todos se debe el ministerio de la Iglesia- sí excluye el modo de vida de los ricos, insulto a la miseria de los pobres, y sus sistemas de acumulación y privilegio, que necesariamente expolia y margina a la inmensa mayoría de la familia humana, a pueblos y continentes enteros “.

 

 

El concilio Vaticano II fuente y motor para recuperar y proseguir la renovación     

 

Es cierto que en el desarrollo histórico del cristianismo brilla una constelación de reformadores, profetas, mártires, santos. Pero, no han dejado de actuar tiranos, inquisidores, legalistas, manipuladores de la religión. En esta dialéctica histórica no todo ha sido conforme a la voluntad de Dios y al Evangelio. Y, en nuestro tiempo, ¿cuántos eclesiásticos se apuntan a la dinámica de la dominación, el miedo y la servidumbre más que a la dinámica de la liberación, el servicio y la profecía?

 

El concilio Vaticano II, final y felizmente, dejó escritas algunas claves para interpretar y reconducir la involución actual de la Iglesia. Desde esas claves, podemos afirmar:

 

  • No se ha llevado a la práctica una nueva Cristología, que reconoce y explica el drama de la vida, pasión y muerte del Señor por su pasión por la justicia, por el amor a los más pobres y por la praxis liberadora contra todo lo que esclaviza al hombre; una Cristología que ve prolongar su pasión y crucifixión en la pasión y crucifixión de las mayorías actuales; una crucifixión por su nueva revelación de un Dios Amor y Liberación.

 

  • No se ha llevado a la práctica , o se ha dejado a medias, la nueva Eclesiología, que pone al pueblo en el centro como sujeto y le devuelve su condición de igualdad y presenta a la jerarquía como ministerio de diaconía (servicio) derivado de la comunidad, subordinado al bien de la misma comunidad.

 

  • Se han tendido recelos y censuras contra la Nueva Teología, que trataba de aplicar a nuestro tiempo la esencia misma del Evangelio, ha sido calumniada y golpeada en no pocos de sus representantes. Ya es indicativo que una buena parte de los teólogos, peritos del concilio Vaticano II, hayan sido represaliados en el posconcilio.

 

  • No se ha aceptado apenas una renovación de la Teología Moral, que demandaba una puesta al día, incorporando los datos de la nueva Exégesis bíblica y los nuevos datos y avances de las ciencias. Para hacer una buena Teología, y una buena Teología Moral, necesitamos la mediación de la racionalidad humana, de la ética y filosofía, de la antropología, de las ciencias humanas y sociales y evitar así un idealismo estéril. Se han olvidado las palabras de los Padres Conciliares: ciencia y fe se necesitan, pues una y otra están al servicio de la única verdad, y cuando no convergen es porque una u otra son falsas (Mensaje final a los hombres de pensamiento y de la ciencia).

 

  • Apenas si hemos ensayado una nueva liturgia, y una nueva espiritualidad. Seguimos asustados ante el tabú de una espiritualidad política y seguimos prisioneros de modelos culturales del pasado: el maniqueísmo entre Dios y el hombre, la Iglesia y la Sociedad, la Razón y la Fe. Y seguimos venerando la devaluación de lo terreno, el menosprecio y huída del mundo, el evasionismo social, la pasividad y la obediencia ciega…

          

Rasgos todos estos que perduran fuertemente y no responden al nuevo humanismo y espiritualidad del Vaticano II.

 

El creyente de verdad es liberador.

 

Personalmente lo tengo más que claro: la división entre quienes creen que este mundo no tiene remedio y quienes creen que lo tiene, pasa por la perspectiva de adherirse ciegamente al pasado o de adherirse a la promesa de nuevos cambios y transformaciones: conservadurismo o renovación, totalitarismo o democracia, uniformismo o pluralidad, humanismo cosmopolita o particularismo excluyente, igualdad o desigualdad, etc. Da que pensar que todas las revoluciones o cambios importantes del pasado se han hecho las más de las veces contra la Iglesia o sin la Iglesia. ¿Qué no deberemos hacer para recuperar nuestro crédito?

 

Ciertamente, quienes creen en un Dios filosófico, ontológicamente helenista, ajeno al interés y problemas del mundo, se preocupan de la salvación como asunto extramundano; de la santidad como asunto interior meramente individualizado; de la responsabilidad pública como asunto banal, inconciliable con la fe y el Evangelio.   Estas gentes no creen que este mundo tenga remedio.

 

Por el contrario, los que creemos en el Dios de Jesús, encontramos en él el paradigma de nuestro pensamiento y comportamiento: como él no nos exiliamos de la historia y vivimos como pueblo compartiendo las grandes causas de la humanidad. Su programa era un proyecto bien definido, una opción clara, una utopía alcanzable. Y, como él, estamos dispuestos a trabajar y luchar para que este mundo sea un desarrollo progresivo -nunca acabado- del Reino de Dios.  

 

 

 

Benjamín Forcano

Sacerdote y teólogo

 

Texto entresacado de su conferencia en las

JORNADAS SOBRE LA TEOLOGIA DE LA LIBERACION

Caracas, 14 – Agosto -2007

 

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