LO QUE NUNCA SE DEBE UTILIZAR
A veces me da por pensar que muchas cosas se arreglarían
en el mundo si nunca utilizáramos lo que no se debe
utilizar.
Según el Diccionario de la RAE, utilizar es
“aprovecharse de una cosa”. Se trata, por tanto, de un
verbo que, si se aplica como se debe aplicar, se usa
sólo para referirse a “cosas”, nunca a “personas”. Y
además se usa para referirse a aquellas cosas de las que
“nos aprovechamos”. Y, la verdad, utilizar a una persona
para aprovecharse de ella, resulta intolerable.
Es evidente que, cuando se utiliza a una persona (para
lo que sea y como sea), el uso se convierte en abuso. Lo
cual es inmoral. Porque el abuso de las personas es
humillante y desencadena la violencia en casi todas sus
formas posibles.
Pues bien, si todo esto es así, lo lógico sería tener
sumo cuidado para no extralimitarse nunca en conductas a
las que se pueda aplicar el verbo utilizar. Y sin
embargo es un hecho que todos los días y a todas horas,
seguramente sin darnos cuenta de lo que hacemos, la pura
verdad es que estamos utilizando a los que podemos
utilizar, unas veces porque son ellos mismos los que se
dejan utilizar y, en otros casos, porque hay mucha gente
que, si quiere sobrevivir, no tienen más remedio que
dejarse utilizar.
Sin olvidar que, a veces, somos tan egoístas y tan
insensatos que no reparamos en usar y abusar de todo,
absolutamente de todo aquello de lo que nos podemos
aprovechar.
Por tanto, un principio ético fundamental es que todo lo
que sea utilizar a alguien es una deshonestidad.
Pero además, cuando hablamos de la inmoralidad de la
utilización, es importante caer en la cuenta de que
existe el peligro constante de utilizar a las personas
tanto más cuanto éstas son más débiles. Por eso, en este
mundo sin entrañas se utiliza tanto y tantas veces a los
pobres, a los trabajadores, a los niños, a los ancianos,
a los enfermos, a los que se ven en situaciones
desesperadas y sin salida en la vida.
Pero más débiles que los vivos son los muertos. Y si se
trata de muertos a los que podemos presentar como
víctimas, tanto mejor. Y mejor aún si fueron víctimas
del terror y la violencia. Entonces, el dolor de los que
murieron y la humillación de los que pudieron escapar de
la muerte, eso es de lo más rentable que circula ahora
por el macabro mercado del utilitarismo mediático y
político.
En tal caso, la desvergüenza se puede echar a la calle
incluso con orgullo, quizá no tanto porque le importen
las víctimas, sino porque las utiliza de manera
“inteligente” para desgastar al oponente político.
Las técnicas del utilitarismo publicitario han alcanzado
una perfección tan refinada, que ya resulta una
vulgaridad rutinaria utilizar la belleza femenina para
vender pasta de dientes, pongo por caso. Ahora se invoca
la “solidaridad” con el dolor del Tercer Mundo, no para
aliviar ese dolor, sino para entontecernos más a todos y
además sacarnos el dinero a cambio de cosas que no
sirven nada más que para alimentar nuestras pueriles
vanidades, nuestras debilidades inconfesables o
simplemente nuestra ingenuidad.
Pero, siendo tan grave como es cuanto acabo de
mencionar, abunda cada día más y más una generalización
del utilitarismo que me saca de quicio. Me refiero a la
utilización de tecnologías sofisticadas para producir la
sensación generalizada de que cada día vivimos mejor,
cuando en realidad lo que se consigue es que cada día
vivimos más controlados, más uniformados y hasta más
satisfechos en nuestra vida incondicionalmente sumisa a
quien satisface las necesidades que nos han creado.
Hipotecamos nuestras viviendas, nuestros coches, nuestro
tiempo, nuestra forma de descansar, todo lo que sea
necesario para poder vivir como a todos nos han metido
en la cabeza que hay que vivir.
En el recordado Mayo del 68, el libro de cabecera de los
“progres” era “El hombre unidimensional”, de Herbert
Marcuse. En ese libro se leía que “el confort, la
eficacia, la razón, la falta de libertad en un marco
democrático, he ahí lo que caracteriza la civilización
industrial avanzada y es el testimonio de nuestro
progreso técnico”.
Marcuse denunciaba, ya entonces, la utilización de la
técnica más avanzada, para utilizarnos a todos
indiscriminadamente, sin que nos diéramos cuenta de que
nos están utilizando.
De forma que, como se decía ya en la pasada década de
los 60, no tiene gran importancia que todo esto se haga
en un sistema autoritario o en un sistema no autoritario
que practica la satisfacción progresiva de las
necesidades. Lo que importa de verdad es que todos somos
utilizados en un sistema de vida, de sociedad y de
economía que ha llegado a tal perfección en su eficacia,
que nos utilizan sin que nos demos cuenta de que somos
utilizados.
Además, eso nos gusta hasta el extremo de que vivimos
encantados en un sistema tan brutalmente utilitario que
está liquidando el mundo en que vivimos y sus energías.
Pero se nos ha educado para hacer eso con tanta fruición
que nos ponemos nerviosos y nos angustiamos si nos dicen
que el sistema ha entrado en crisis.
A la crisis nos resistimos con uñas y dientes. Porque lo
que de verdad anhelamos es seguir siendo tan buenos
utilitarios que, si llega el caso, podamos fenecer
todos, víctimas de la utilización que se hace de
nosotros y en la que vivimos increíblemente
satisfechos.
Ya no hablo de lo que nunca se debe utilizar. Denuncio
con todas mis fuerzas la utilización que hacemos todos
de todos, la utilización en la que vivimos y moriremos
encantados.
José M. Castillo