Hambre:
los alimentos como negocio
El mundo se está alarmando con la subida del precio de
los alimentos y con las previsiones de aumento del
hambre en el mundo. El hambre es un problema ético,
denunciado por Gandhi:
«el hambre es un insulto, humilla, deshumaniza y
destruye el cuerpo y el espíritu; es la forma más
asesina que existe».
Pero también es el resultado de una política económica.
El alimento se transformó en ocasión de lucro y el
proceso agroalimentario en un negocio rentable. Se
cambió la visión básica que había predominado hasta la
llegada de la industrialización moderna, la visión en la
que la Tierra era vista como la Gran Madre. Entre la
Tierra y el ser humano se articulaban relaciones de
respeto y de mutua colaboración. El proceso de
producción industrialista considera la Tierra solamente
como baúl de recursos a ser explotados hasta que se
agoten.
La agricultura más que un arte y una técnica de
producción y de medios de vida se ha transformado en una
empresa para lucrar. Mediante la mecanización y la alta
tecnología se puede producir mucho con menos tierras.
La «revolución verde», introducida a partir de los años
70 del siglo XX y difundida por todo el mundo,
quimicalizó casi toda la producción. Los efectos son
ahora perceptibles: empobrecimiento de los suelos,
erosión devastadora, deforestación y pérdida de millares
de variedades naturales de semillas que son reserva
frente a crisis futuras.
La cría de animales se ha modificado profundamente
debido a los estimulantes de crecimiento, las prácticas
intensivas, vacunas, antibióticos, inseminación
artificial y clonación.
Los agricultores clásicos han sido sustituidos por los
empresarios del campo. Todo este cuadro se ha visto
agravado por la urbanización acelerada del mundo, con el
consiguiente vaciamiento de los campos. La ciudad
demanda alimentos que ella no produce y que dependen del
campo.
Existe una verdadera guerra comercial alrededor de los
alimentos. Los países ricos subsidian cosechas enteras,
o la producción de carnes, para colocarlas a mejor
precio en el mercado mundial, perjudicando a los países
pobres, cuya principal riqueza consiste en la producción
y exportación de productos agrícolas y carnes. Muchas
veces, para ser viables económicamente, se obligan a
exportar granos y cereales que van a alimentar el ganado
de los países industrializados, cuando en el mercado
interno podrían servir de alimento para sus poblaciones.
Por el afán de garantizarse lucros, hay una tendencia
mundial, en el marco del modo de producción capitalista,
de privatizar todo, especialmente las semillas. Menos de
una decena de empresas transnacionales controla el
mercado de semillas en todo el mundo.
Han introducido las semillas transgénicas, que no se
reproducen en las cosechas, y que necesitan ser
compradas cada vez, con grandes beneficios para las
empresas. La compra de las semillas es parte de un
paquete mayor que incluye la tecnología, los pesticidas,
la maquinaria y la financiación bancaria, atando a los
productores a los intereses agroalimentarios de las
empresas transnacionales.
En el fondo, lo que más interesa es garantizar ganancias
para los negocios, y lo que menos, alimentar personas.
Si no se produce una inversión de este orden de cosas,
por ejemplo, una economía sometida a la política, una
política orientada por la ética y una ética inspirada
por una sensibilidad humanitaria mínima, no habrá
solución para el hambre y la desnutrición mundial.
Continuaremos en la barbarie que estigmatiza al actual
proceso de globalización. Los gritos desgarradores de
millones de hambrientos suben continuamente al cielo sin
que les vengan respuestas eficaces de alguna parte que
hagan callar este clamor. Es la hora de la compasión
humanitaria, traducida en políticas globales de combate
sistemático al hambre.
Leonardo Boff
Koinonía