Las culturas que nos
envuelven tienden a hacernos pensar que hay pobres por
una de estas dos razones:
· por
su culpa, porque son vagos o porque no supieron
adaptarse a las leyes del mercado;
· o
porque la naturaleza ha hecho a algunos seres humanos
poderosos y a otros débiles.
Pero frente a estas explicaciones dominantes hay otra
corriente que atraviesa también la historia de la
humanidad.
En
su versión religiosa, proclama que “Dios no quiere que
haya pobres”.
En
su versión no religiosa, esta corriente se encarna,
sobre todo, en la tradición marxista, que afirma que la
naturaleza no hizo a los pobres. Más aún, proclama que
la plena realización de la naturaleza implicará la
desaparición de los pobres y la igualdad entre los seres
humanos.
En
ambas versiones el balance es el mismo: los pobres son
obra del ser humano. Y por tanto, los pobres son, en su
inmensa mayoría, empobrecidos.
No
se niegan casos particulares -cuya frecuencia puede
discutirse y puede variar-, en los cuales el pobre es el
hijo de su propia libertad o de alguna anomalía de la
naturaleza.
Pero esos casos particulares no se consideran la ley
dominante, que afirma que existen pobres porque el
género humano los produce, bien sea de modo
inmediato o, mas frecuentemente, de manera mediata o
indirecta.
Hay pobres porque los hacemos nosotros.
Los humanos somos seres enormemente interconectados,
mucho menos aislados de lo que cree y profesa el
individualismo cultural, nacido, en buena parte, como la
ideología defensora del absoluto de la propiedad.
Todos nuestros actos repercuten en el todo social y
estructuran igualdad o desigualdad, riqueza o pobreza.
Estructuran sistemas en que los ricos son cada vez más
ricos, a costa de que los pobres sean cada vez más
pobres.
Nos cuesta aceptar esto porque el individualismo que
domina en nuestro ambiente piensa y enseña que lo que yo
hago me afecta sólo a mí y no toca para nada a los
demás.
Si
la propiedad no es un dios -y una sociedad laica no debe
tener dioses-, ya no puede ser definida al modo romano
como un derecho a usar y a abusar de lo mío.
La
clásica tesis de la doctrina social católica de que la
propiedad tiene “una función social” nos parecía
insuficiente. Hoy, ya ni se habla de aquella tesis que,
en nuestros días, resulta subversiva.
De
esta situación se sigue como mínimo, la necesidad de una
ética seria y radical relativa a nuestro consumo y al
uso de nuestro dinero. Nos exige dejar de creer que el
que yo consuma más o menos no afecta para nada a los
demás.
El
consumo es la clave de bóveda de todo nuestro sistema
económico, en el que juega un enorme papel el consumismo
y la creación de necesidades falsas.
El
gran ídolo de nuestro mundo, por su poder y por nuestra
dependencia de él, es la energía. Muchas de nuestras
superfluidades requieren de un gran gasto de energía.
Nuestros coches pueden rodar a 200 kilómetros por hora
-aunque tengamos prohibido pasar de 120-, mientras los
pobres caminan varios kilómetros para llegar al lugar de
trabajo -¡de explotación!- o a la escuela.
Nosotros añadimos a nuestras comidas aperitivos que
servirían de comida a muchos hambrientos de la tierra.
Nosotros gastamos para alimentar a nuestros equipos de
fútbol cantidades que equivalen al PIB de un país
pequeño.
Y
en contraste, ante las demandas de destinar sólo el 0.7%
de nuestro PIB para ayuda al exterior, respondemos que
eso “no es todavía posible”. La “gracia” está en ese
“posible” tranquilizador.
Y
si destinamos a la ayuda externa unos céntimos suele ser
con la condición de que los inviertan en comprar
productos nuestros, que no siempre necesitan.
La
tradición cristiana vincula la paz y la justicia, no
sólo a niveles sociales, sino a niveles personales,
particulares. El Dios bíblico es un Dios de la justicia
y el don mayor de ese Dios es la paz.
Jesús de Nazaret solía repetir:
La paz os dejo, mi
paz os doy. Esa paz que buscamos con mil técnicas,
farmacológicas, de autoestima, de exotismos varios,
viene de ser “mansos y humildes de corazón”.
Y esa es la
única manera de evitar que ese afán de querer más no se
posesione de nosotros y nos haga actuar
individualistamente.
La fuente de nuestra propia paz
sería así la causa de un mundo menos injusto y, por
consiguiente, un mundo con menos empobrecidos.