¿Unidad de las iglesias?
Hola,
amigos, amigas:
Esta
semana es entre los católicos la "Semana de oración por la
unidad de los cristianos". Fue promovida
-hace
ya cien años-
por beneméritos pioneros del ecumenismo, y cada año se
convierte en una oportunidad para el encuentro, la reflexión
y la colaboración entre diversas iglesias de todo el mundo.
Eso está
muy bien. Pero esa semana me provoca interrogantes
radicales, empezando por su nombre: "Semana de oración para
la unidad de los cristianos". Los cristianos somos muy
distintos, no cabe duda, ¿pero estamos por ello
necesariamente divididos?
"Pertenecemos", sí, a muchas iglesias diferentes, ¿pero qué
hay de malo en que sigamos así? ¿Estoy yo realmente separado
en mi fe de una familia ortodoxa de Pamplona, o de unos
amigos luteranos de Bilbao? ¿Estoy más alejado de ellos que
del ultracatólico que se sienta junto a mí en la misa, se
arrodilla en la consagración y comulga en la lengua, y de
seguro vota a un partido español de derecha?
Y me
digo: si Dios necesitase que le pidiéramos algo, ¿no
debiéramos pedirle más bien que podamos sentirnos unidos
siendo muy diferentes? ¿No sería, pues, mejor organizar una
"semana de oración por la diversidad de las iglesias"?
(En
realidad, no creo que Dios necesite que le pidamos ni
siquiera por la diversidad de las iglesias, menos aún por la
unidad. Cuando hablamos de Dios siempre erramos y cuando lo
imaginamos siempre lo desfiguramos, pero yo prefiero
imaginarlo dándose y rogándonos que no haciéndose rogar.
Pero éste es otro tema).
Muchos
católicos muy bien intencionados llaman a los demás
cristianos "hermanos separados", pero es una fórmula
bastante desafortunada: a los mismos que califica
amistosamente de "hermanos" les reprocha sin pudor el estar
separados, y les recuerda en el fondo que deben volver a la
Iglesia verdadera de la que se han alejado.
Si
decimos "hermanos separados", se plantean dos
cuestiones fundamentales.
Primera
cuestión: ¿quién se ha separado de quién? ¿Se separó
Constantinopla de Roma o Roma de Constantinopla?
Segunda
cuestión: aun en el supuesto de que una iglesia se haya
separado de otra, ¿quién decide si tenía o no auténticas
razones para hacerlo?
En
definitiva, tanto en un caso como en otro, ¿quién debe
acercarse a quién, para recuperar una verdadera unidad
perdida? ¿Los ortodoxos a los católicos o los católicos a
los ortodoxos? ¿Los luteranos a los católicos o los
católicos a los luteranos? ¿Los anglicanos a los romanos o
éstos a aquellos? La pregunta decisiva es: ¿en qué consiste
realmente la unidad? ¿La unidad requiere tener todos la
misma teología, asentir a los mismos dogmas, someterse al
mismo papa?
Se lo
debiéramos preguntar a Pablo, que se enfrentó a Pedro, y
Pedro no fue quién para "excomulgarle" (ni a él ni a nadie
de otra iglesia que no fuese la que él regía, si es que
alguna vez rigió alguna iglesia).
Se lo
debiéramos preguntar a los cristianos/as que, en los
primerísimos años después de la Pascua de Jesús, siguieron
haciendo vida itinerante como Jesús y a aquellos otros que,
en la misma época, formaron comunidades estables, y no
siempre se entendían muy bien entre sí.
Se lo
debiéramos preguntar a la iglesia judeocristiana de
Jerusalén regida por Santiago y a las iglesias helenísticas,
con sus teologías y cristologías tan diversas, con sus
modelos de organización tan distintos.
Se lo
debiéramos preguntar a las "iglesias de Juan" que siempre
reivindicaron su libertad respecto de las "iglesias
principales" (que es como decir las más poderosas, las de
Pablo y Pedro).
Se lo
debiéramos preguntar a las iglesias gnósticas
-por
lo demás, tan diversas entre sí-, una de cuyas máximas figuras, Valentín, estuvo a punto de
ser "papa" (obispo de Roma) a mediados del s. II.
O se lo
debiéramos preguntar a San Ireneo de Lyón (s. II), que no
admitió que el "papa" Víctor impusiera a las iglesias de
Asia Menor la fecha romana para la celebración de la Pascua,
o a San Cipriano de Cartago (s. III) que se enfrentó al
"papa" Esteban en el asunto
-para
ellos vital-
de si había que rebautizar o no a quienes hubieran recibido
el bautismo de manos de un hereje. No acabaríamos de
preguntar y de sorprendernos.
La
conclusión es sencilla: no son las diferencias, cualesquiera
que sean, sino el modo de vivirlas lo que rompe la unidad.
Sigan, pues, las viejas iglesias monofisitas siendo
monofisitas, y las igualmente viejas iglesias nestorianas
siendo nestorianas, si eso les ayuda a seguir a Jesús, aun
cuando sus cristologías sean opuestas.
Sigan las
venerables iglesias ortodoxas manteniendo y poniendo al día
su fe y sus instituciones, anteriores al papado.
Sigan las
grandes o pequeñas iglesias inspiradas en los ilustres
reformadores (Lutero, Zwinglio, Calvino) dejándose inspirar
por sus certeras intuiciones acerca de la gracia y de la
palabra.
Sigan la
"Iglesia nacional anglicana" y su hermana la iglesia
episcopal norteamericana siendo buena noticia y levadura
para sus sociedades. Y las incontables iglesias bautistas y
evangélicas sigan siendo lo que son y transformándose al
aire del Espíritu.
Sigamos
siendo diferentes sin estar por ello divididos, dialogando
sin anatemas y dejándonos transformar por el otro y por la
vida. (Y lo que digo sobre las iglesias es aplicable a las
religiones).
En
conclusión, propongo:
·
que el
obispo de Roma deponga definitivamente su primado de
jurisdicción sobre otros obispos e iglesias, pues hoy no
tiene sentido, si alguna vez lo tuvo;
·
que
levante todas las excomuniones
-a derecha y a izquierda, todas-;
·
que la
iglesia católica romana declare unilateralmente que ella se
siente en comunión con todas las iglesias por distintas que
sean su teología, culto, organización y normas morales;
·
que
admita de buena gana que no es necesario que los cristianos
estemos más unificados para estar realmente unidos, para ser
"Uno en Jesús" y en el Misterio de Dios, pues Dios no es una
pirámide rígida, sino la pura Relación de respeto y
libertad;
·
y que, en
consecuencia, anuncie que ya no organizará más Semanas de
oración por la unidad de las iglesias, sino una Semana al
año para que cristianos y cristianas de todas las iglesias
se reúnan y se reconozcan, celebren la presencia consoladora
y universal del Espíritu, procuren ensanchar los márgenes de
la comunión en la diversidad de formas y, si quieren, elijan
a quienes les vayan a representar en un Consejo Universal de
todas Iglesias, un espacio donde gustosamente se acojan unas
a otras siendo cada cual lo que es. Como Dios nos acoge.
Como Dios
te acoge en su santa paz.
José Arregi
Para orar
Dios de todos los vivientes,
haznos capaces de abandonarnos en ti,
en el silencio y el amor.
Abandonarse en ti no es algo habitual
en nuestra condición humana.
Pero tú intervienes hasta en lo más íntimo de nosotros
mismos
y quieres para nosotros la claridad de una esperanza.
Taizé