EL AÑO QUE PASA
No hay seguramente nada
–aparte del Misterio que es en todo lo que es– más
difícil de entender que el tiempo. Nuestros ojos captan
tres dimensiones (longitud, anchura, profundidad) en una
foto cualquiera, por plana que sea, ¡y ya es admirable
ver tres dimensiones en dos! Pero ¿quién puede captar la
cuarta dimensión, la del tiempo en el espacio? ¿Quién es
capaz de dibujarlo, por artista que sea?
Siempre hemos sabido,
mucho antes de Einstein, que, para un encarcelado, una
hora de espera del vis à vis con su pareja es más
larga que una hora de disfrute con ella, por mucho que
ambas horas sean iguales en el reloj del funcionario.
Ninguna fórmula matemática podría explicarnos por qué
son tan diferentes las dos horas.
Últimamente, los físicos
del mundo entero están expectantes por saber si,
efectivamente, los neutrinos corren más que la luz, pues
si fuera así se vendrían abajo todas las medidas del
tiempo y del espacio, y también la teoría de Einstein;
sería como decir que uno corre más que su propia sombra,
o como imaginar (pero imagínelo quien pueda) que,
corriendo más que la luz, podríamos retroceder en el
tiempo, de modo que pudiéramos, por ejemplo, asistir
desdoblados a nuestro propio nacimiento, o que
pudiéramos incluso impedir nosotros mismos, por el medio
que fuere, que nuestra pobre madre nos diera a luz, en
el caso de que la vida nos fuera tan mal, cosa que a
tantos sucede.
Entendemos muy bien que
uno prefiriera no haber nacido, pero ¿cómo entender que
uno pudiera impedir su propio nacimiento? Y tantos
enigmas que guarda el tiempo dentro de sí. ¿Será que
algún día dejará de ser inexorable?
Razón tenía San Agustín
(siglo V) cuando, al final de su vida y de todo su saber
acumulado, dedicó un complicado capítulo de sus
Confesiones a esta cuestión del tiempo. Empezó el
capítulo de esta manera: “Sé bien lo que es, si no se me
pregunta. Pero cuando quiero explicárselo al que me lo
pregunta, no lo sé”. Tal vez nos ocurre lo mismo con
casi todo, no solo con el tiempo: sabemos lo que es la
belleza y el amor, la vida y la muerte, la dicha y la
desdicha, hasta que nos preguntan o nos preguntamos, y
entonces dejamos de saber, cesa la palabra y nos dejamos
llevar. ¡Bendita ignorancia!
Una cosa sabemos con
nuestra ignorante certeza: que todo pasa, que todo
fluye, como esta incesante lluvia que cae y que algún
día volverá a ser agua en las nubes o sangre en nuestras
venas, y nunca acabará. Así corre y pasa todo y todo
vuelve. Así pasa la vida, pasajera como todo y eterna
como Dios.
Sí, pasajera y eterna,
como Dios. Pues eternidad no
es la prolongación infinita del tiempo ni lo que había
antes del tiempo ni lo que habrá después del tiempo;
antes del mundo y del tiempo no había ni Dios, pues no
puede existir ningún “antes” ni “después” del tiempo;
“antes” y “después” del tiempo serían también tiempo.
Eterno es el corazón del tiempo, aunque no sabemos qué
es. Eterno es el movimiento, la energía, la dynamis,
el Espíritu. Eterna es la paz que irrumpe mansamente en
medio de todos los torrentes y torbellinos, y de los
terribles huracanes. Eterno es Dios en el corazón de
todo lo que es, vive, fluye. Eterna belleza, humildad y
ternura, entregadas al destino de nuestro pobre ser
contingente y perenne.
Pasan los días y los
años, vienen y van. Y ¿qué es un año? Sí, lo sabemos, es
el tiempo que tarda esta Tierra que somos en girar
alrededor del Sol: 365 días, como ya lo descubrieron
hace cinco mil años los sabios egipcios, instruidos por
iletrados labradores.
Ellos, al igual que
nosotros, se sentían perdidizos en la inmensidad del
espacio y del tiempo, necesitaban orientarse y midieron
el tiempo mirando al Sol para orientarse en la Tierra,
para saber cuándo cultivar y cuándo cosechar, cuándo
trabajar y cuándo descansar, y cómo dar culto a los
dioses, es decir, cómo agradecer y cuidar el misterio de
la Vida tan fugaz y mortal y, sin embargo, eterna.
Luego midieron con más
precisión, en honor de los bisiestos: la Tierra tarda en
girar alrededor del Sol 365 días, 6 horas, 9 minutos,
9,76 segundos. Y en nuestros tiempos, más exactos y
veloces que nunca, han medido también las centésimas y
las milésimas de segundo, e incluso los microsegundos
(millonésimas de segundo) y los nanosegundos
(milmillonésimas de segundo) y los psicosegundos
(billonésimas de segundos) y los femtosegundos (milbillonésimas
de segundo), y hasta los attosegundos, que no se sabe ni
cómo decir, pero baste decir que en un segundo hay
tantos attosegundos como segundos han pasado desde el
Big Bang de este universo, hace trece mil millones de
años.
Es asombroso, pero uno
se asusta de pensar que vayan a inventar relojes que
cuenten el tiempo hasta esos extremos, y nos hagan vivir
infinitamente más deprisa aún de lo que ya vivimos.
Pero todo eso no es más
que el año solar. Otro es el año lunar, de aquellos que,
como los musulmanes, miran más a la Luna que al Sol. Y
muy distinto es el año galáctico que indica el tiempo
que necesita el Sol en completar una órbita en torno al
centro de nuestra galaxia, la Vía Láctea: unos 220
millones de años. Y otro muy distinto es, en el
hinduismo, el año de Brahma: unos 3.000 millones de
nuestros años.
Y así sucesivamente,
hasta perder la medida del tiempo inmensamente grande e
inmensamente pequeño, en el que tocamos la misma
eternidad. Lo único cierto es que el tiempo pasa, aunque
no sepamos qué es. Dicen los sabios lingüistas –más
sabias son las lenguas– que “año” viene, justamente, de
la raíz indoeuropea at que significa “ir” o
“período que se va” (al encontrarse con el sufijo -no
se convierte en doble n: annus en latín, y
de ahí “año”).
Así ha pasado este año,
tan corto para algunos y tan largo para otros –¿quién
les alargará a éstos una mano amiga para que el tiempo
se les haga más corto?–. El año 2011 del calendario
cristiano, gregoriano o de la “era común”; el año
4707-08 del calendario chino, el año 5771-72 del
calendario hebreo, el año 1432-33 del calendario
musulmán. Distintos años, el mismo pasar.
Déjalo pasar. No quieras
retener el tiempo, ni quieras acelerarlo. No te aferres
al pasado, ni te atormentes por nada de lo que pasó.
Está en buenas manos. No lo olvides, no, pues el olvido
conduce al destierro y el recuerdo acelera la
liberación.
No olvides el llanto de
“Raquel que llora por sus hijos, y rehúsa el consuelo,
pues ya no viven”, como escribieron el profeta Jeremías
(31,15) y el evangelio de Mateo (2,18).
No olvides el clamor que
sube de Egipto y Siria, de Irak y Afganistán, el clamor
de África, el clamor de los incontables que mueren de
hambre. No olvides la causa que los mata, de la que
formamos parte. No olvides la codicia insaciable de los
ricos que nos ha traído a este tiempo de aprietos y
angustias con todas las alarmas encendidas.
Pero procura liberar la
memoria del pasado, curarla de sus heridas, y cuidarla
libre y sana para crear el futuro posible que nos
merecemos.
No quieras forzar el
futuro, que llegará a su tiempo. Y tampoco te aferres al
presente, eterno en su fugacidad. Vívelo como mejor
puedas. Vívelo en paz. Como la anciana profetisa Ana y
el anciano profeta Simeón hicieron en otro tiempo, alza
en tus brazos a Jesús con el nombre y la figura que tú
quieras y exclama como ellos: “Mis ojos ven la luz.
Ahora puedo morir, ahora puedo vivir, ahora es posible
la liberación del mundo en este tiempo que pasa”.
José
Arregi
Para orar
ORACIÓN POR LA PAZ
¡Qué oscuro te pones a veces, Señor!
¡Qué oscuro y qué difícil de ver!
El salmo dice que te rodeas de luz como de un manto.
Pero hoy te me rodeas de negrura y no te veo.
Las armas son oscuras, Señor.
Y quienes las fabrican son los árbitros del mundo.
¡Los jueces de la tierra vestidos de negro riguroso,
que no toleran que se les juzgue a ellos!
¡Cómo engordan sus economías los dueños del mundo!
Engordan como cebones, pero son monstruos insaciables,
con las manos manchadas de sangre
y miles de armas colgadas de sus vestidos.
¡Qué oscura es hoy mi oración, Señor,
cuando enarbolo la bandera blanca,
rodeado de niños mutilados y niñas violadas,
que gritan PAN y reciben disparos!
Pero alzaremos pesadamente la vista –arriba los
corazones –
y nos reuniremos otra vez los curas y las comunidades,
para hablar inútilmente del último documento papal sobre
la paz.
Y yo iré a la reunión tirándome de los pelos.
Y tú me dirás en la oscuridad: Vuestra inutilidad es
útil ante mí
y vuestra impotencia es mi fuerza.
Y seguiremos creyendo en plena noche,
y luchando... como enanos contra gigantes.
Patxi
Loidi