«Si no hay libertad para ofender,
no hay libertad de expresión».
Salman Rushdie
Parece
exagerado y tal vez lo sea, porque en principio a nadie le
parece bien la ofensa como norma relacional. Pero vayamos
por pasos: «el respeto debido», «la obediencia debida», ¿qué
son sino murallas para hacer intocables a quienes están
arriba?
Desde
una óptica conservadora, esta frase atribuida a Salman
Rushdie es inaceptable. Pero es que desde ese punto de vista
también lo es todo cuestionamiento del orden establecido.
El
“orden”, tal como lo entienden las mentes conservadoras, es
sagrado. Y a poco que se mire se verá que esa sacralización
incluye los privilegios de quienes lo gozan y lo sostienen,
que es tanto como decir sus logros a hierro y a fuego
consolidados luego mediante leyes y costumbres.
Si no
hay libertad para llamar a las cosas por su nombre, algo que
para quienes están instalados en la mentira es siempre una
ofensa, no hay libertad de expresión. Y si no hay libertad
de expresión no hay posibilidad alguna de cuestionar nada de
cuanto quienes ostentan el poder consideran sagrado, y todo
permanece inmóvil gracias a ese sacrosanto respeto que desde
lo alto ha sido instaurado.
Y no
por ningún dios precisamente, sino por la astucia y falta de
escrúpulos de quienes tienen su trono posado sobre lomos
ajenos.
El
orden establecido se asienta sobre la programación de las
mentes de todos y cada uno de los individuos de una
sociedad, y cambiar esa programación es muy difícil, por no
decir imposible. Cualquier cambio profundo en la mente de
alguien es un trastorno grave que el individuo intenta
evitar a toda costa porque le desestabiliza. De aquí que el
poder, una vez instaurado, cueste tanto de remover, porque
son los mismos individuos quienes lo defienden
enconadamente.
En una
sociedad gobierna y manda e impone su orden quien controla
las mentes de los individuos. De ahí que quienes ostentan el
poder muestren tanto celo en mantener intactos los
fundamentos emocionales básicos de ese control, y no dejen
el menor resquicio a nada que los pueda mermar.
A este
fin se han aplicado siempre los censores e inquisidores de
todas las épocas, quienes junto con los proselitistas han
tenido la misión de mantener y consolidar la colonización
mental de los individuos en bien del orden establecido.
Pero
ocurre a veces que ese orden no es sino aparente; un
ordenado desorden que sirve para esconder y si es preciso
justificar cuanto de inaceptable hay en una sociedad; una
falacia tan hábilmente tramada que ha calado hondo en el
alma de quienes ingenuamente la comparten. Y cuando esto
ocurre, todo cuanto se dice y se hace para desenmascarar tal
mentira será un atentado al orden y a las buenas costumbres.
No es
tan exagerada pues la frase de Salman Rushdie. Es más, yo la
ampliaría y diría: si no hay libertad para ofender, no
hay libertad de expresión ni posibilidad de cambiar el orden
establecido.
Pepcastelló