Oraciones
para la
eucaristía
INMERSOS EN DIOS
(Trinidad)
ANÁFORA
Es nuestra obligación, Señor y Dios nuestro,
darte gracias por todo y bendecirte,
pero lo hacemos de corazón, con alegría y
satisfacción,
particularmente hoy que celebramos tu más
directa festividad.
Reconocemos que apenas sabemos de ti, que sigues
siendo el inefable,
por mucho que se hayan esforzado por definirte
teólogos y concilios.
Pero creemos como cierto que eres el Creador del
universo,
que estás en todo, también en nosotros,
comunicándonos la vida.
Creemos que todo en ti es amor y bondad, y
mereces llamarte Padre.
Por eso, no podemos temerte sino quererte y
fiarnos de ti.
En este momento, Padre nuestro, nos unimos a
todos tus hijos,
sintiendo que somos todos hermanos de un mismo
Padre,
para entonar juntos y en tu honor este himno de
alabanza.
Santo, santo…
Gracias, Padre santo y bueno, por Jesús de
Nazaret,
hijo tuyo muy especial, que nos ha revelado
cuanto sabemos de ti.
En su vida, en su amor, en su palabra te hemos
visto encarnado.
Te has manifestado en Jesús y conociéndole te
hemos conocido.
En la persona de Jesús te has hecho próximo a
nosotros,
y por eso sentimos que nos acompañas en nuestro
camino.
Jesús ha hecho posible que te tratemos con
naturalidad y cariño.
Gracias una vez más por habernos dado a tu hijo
Jesús.
Su ejemplo de vida nos ilumina pero también nos
compromete,
Nos pidió no que hiciéramos gestos y liturgias
en su recuerdo,
sino que viviéramos en completa entrega al bien
de los demás.
El mismo Jesús, la noche en que iban a
entregarlo, cogió un pan,
te dio gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros;
haced lo mismo en memoria mía».
Después de cenar, hizo igual con la copa,
diciendo:
«Esta copa es la nueva alianza sellada con mi
sangre;
cada vez que bebáis, haced lo mismo en memoria
mía».
Este recuerdo de la vida que nos regaló
Jesús, nos motiva
para hacer realidad entre nosotros lo que fue su
único objetivo vital,
implantar tu reino, hacer un mundo más humano.
Necesitamos, Padre, contar con tu Espíritu,
sentir el impulso de tu fuerza, el calor de tu
compañía,
saber y sentir que no estamos solos,
vivir que tu Espíritu ya vive en nosotros.
No podemos bajar los brazos y darnos por
vencidos,
aunque esta lucha se haga cada día más
complicada,
porque no queremos otra cosa que lo que quieres
tú.
Danos fe en ti, Señor, y fe en todos los seres
humanos, creyentes o no,
que pelean por tu reino, un reino sin fronteras
ni pasaportes,
en el que todos nos hemos de sentir hermanos.
Movidos por tu Espíritu, alentados con la
cercanía de Jesús,
brindamos en tu honor, Padre Dios, ahora y
siempre.
AMÉN.